El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

domingo, 15 de agosto de 2021

La bestia humana



Dirección: Jean Renoir.

Guión: Jean Ranoir (Novela: Émile Zola).

Música: Joseph Kosma.

Fotografía: Curt Courant (B&W).

Reparto: Jean Gabin, Simone Simon, Fernand Ledoux, Julien Carette, Blanchette Brunoy, Jean Renoir, Gérard Landry.

Lantier (Jean Gabin) es maquinista de tren en la línea París- Le Havre. Vive atormentado por sus extraños ataques de furia que le nublan la mente y que achaca a los vicios de sus antepasados por los que él tiene que pagar. Por ello, es un tipo que ha renunciado al matrimonio pero que, sin embargo, se enamorará locamente de Sévérine (Simone Simon), una mujer casada, manipuladora y promiscua.

Adaptación de la novela de Zola, tendencia ésta de las adaptaciones muy querida por el cine francés en determinada épocas, Renoir nos ofrece en La bestia humana (1938) una curiosa mezcla de realismo y cine negro donde las pasiones más poderosas parecen escapar al control humano.

La película gira en torno a tres personajes curiosos. Por un lado, Roubaud (Fernand Ledoux), empleado de la compañía de ferrocarriles y casado con la bella Sévérine. Roubaud se debate entre su pasión por su mujer, a la que desea de manera irrefrenable, y unos celos que lo consumen y que es incapaz de controlar, llegando a comportamientos de violencia física. Fruto de esos celos, Roubaud llegará a asesinar a un antiguo amante de Sévérine, buscando en ese crimen venganza y también una manera de retener a Sévérine a su lado como cómplice.

Ella, por su parte, dentro de su apariencia frágil e inocente, esconde una personalidad manipuladora y no duda en usar su atractivo con los hombres para conseguir lo que se proponga. Es la típica mujer fatal del cine negro y el rostro angelical de Simone Simon encaja a la perfección con su papel.

Lantier, por su parte, es otro ser extraño, solitario, atormentado por sus antepasados, borrachos, a los que achaca el que tenga esos momentos de ira ciega en que pierde el control de sus actos. Según él, está expiando las culpas de su familia. A pesar de su miedo a comprometerse con una mujer, precisamente por esos arrebatos violentos, no puede evitar enamorarse de Sévérine, aún sabiendo cómo es ella y dudando de sus intenciones. Lantier sabe que está siendo manipulado, pero su pasión es demasiado fuerte como para vencerla.

Los tres, en cierto modo, parecen marcados por el destino, incapaces de reconducir sus vidas, de controlar sus impulsos, de cambiar la negra sombra que parece cernirse sobre ellos. Sus actos parecen dominar su voluntad: en uno, los celos; en Sévérine la manipulación y en Lantier la violencia ciega. Es una lucha contra su propia condición donde no pueden ganar.

Renoir construye un film sombrío, lleno de miradas inquietantes, de una violencia contenida que estalla cuando menos se espera. Un drama humano que tiende sin remedio a la tragedia.

La pega que se le puede hacer a La bestia humana viene precisamente de esa dualidad que mencionaba antes: esa mezcla de realismo y cine negro. Alternan así los pasajes en que Renoir se detiene en mostrar la vida de los empleados del tren, con sus rutinas, los viajes, las anécdotas diarias, con los momentos centrados en ese triángulo amoroso. Y en esas alternancias el film pierde algo de intensidad, con momentos en los que se rompe el ritmo y la película se estanca.

En cuanto al reparto, nada que objetar. Jean Gabin fue uno de los grandes actores del cine francés de aquella época y es un actor que desprende naturalidad al tiempo que muestra una fuerza interior especial. Simone Simon es una perfecta mujer fatal, con una belleza dulce que explica su poder sobre los hombres y que esconde bajo su dulce mirada sus oscuras intenciones. Quizá Fernand Ledoux me haya parecido un escalón por debajo de sus compañeros, pero sin desentonar para nada.

La bestia humana puede que no esté a la altura de las obras maestras de Renoir, La gran ilusión (1937) y La regla del juego (1939), pero no deja de ser una muy buena película donde podemos disfrutar de un estilo de hacer cine que, por desgracia, parece perdido en la actualidad y que nos invita a reflexionar sobre la naturaleza humana más allá de lo evidente. 

miércoles, 11 de agosto de 2021

La última película



Dirección: Peter Bogdanovich.

Guión: Peter Bogdanovich y Larry McMurtry (Novela: Larry McMurtry).

Música: Phil Harris, Johnny Standley y Hank Thompson.

Fotografía: Robert Surtees (B&W).

Reparto: Timothy Bottoms, Jeff Bridges, Cybill Shepherd, Ben Johnson, Cloris Leachman, Ellen Burstyn, Eileen Brennan, Sam Bottoms, Randy Quaid, Sharon Taggart, John Hillerman, Clu Gulager.

Principios de los años 50. Sonny (Timothy Bottoms) y Duane (Jeff Bridges) están a punto de hacerse mayores, pero aún no han llegado a la madurez y pasan los días con sus novias, en el billar o en el cine de Anarene (Texas), un polvoriento y triste pueblo sin futuro.

Amante del cine clásico, homenajeando en la película explícitamente a Howard Hawks, Peter Bogdanovich nos ofrece un film que debe mucho a esos directores clásicos tan admirados por él, quizá de ahí el espléndido blanco y negro, y compone un retrato sincero, seco y amargo del mundo rural y, especialmente, del período crucial de la vida de las personas en que van perdiendo la inocencia y los sueños de la adolescencia para toparse de lleno con la realidad desnuda de la edad adulta.

Cinéfilo reconocido, el director no se limita a una sola referencia clásica. En la marquesina del cine se puede ver en un momento determinado cómo se anuncia el film Winchester 73 (1950), de Anthony Mann; y vemos también el encuentro en el cine de Sonny y su novia mientras se proyecta El padre de la novia (Vicente Minnelli, 1950), contemporánea del momento en que transcurre La última película y donde se puede comprobar la enorme distancia entre lo que nos cuenta el cine y la realidad de la vida cotidiana de Sonny.

Peter Bogdanovich no cede al optimismo, pero tampoco a la sensiblería. Su visión de la vida cotidiana en Anarene es tan seca como el pueblo. No emite juicios sobre nada, sencillamente ofrece un fresco de la vida que sentimos como verdadero, no solamente por la sinceridad de lo que cuenta, sin adornos, sino también por la estupenda entrega de un reparto lleno de caras nuevas y actores ya consagrados que parecen compartir la franqueza del relato con unos trabajos directos, sin adornos, pero tremendamente convincentes. De ahí los Oscars como mejores secundarios que ganaron Ben Johnson y Cloris Leachman.

Tanto Sonny como Duane viven al día y parecen preocuparse, inocente y torpemente, de los asuntos propios de su edad: el despertar sexual, buscarse un futuro, modesto eso sí, y poco más. Sin embargo, vemos cómo las personas adultas, con la experiencia y el desencanto del que ha probado la derrota, el desamor y la rutina, van advirtiendo a los dos jóvenes y anunciándoles que sus sueños juveniles no siempre encuentran su fruto. 

La visión del mundo adulto que nos presenta el director es bastante negro y parece el destino marcado de antemano para Sonny y Duane. Porque en La última película (1971) no hay falsas esperanzas. Bogdanovich no nos ofrece el final feliz al uso, porque su historia quiere ser más un lienzo social auténtico que una historia edificante. Y aún así, La última película no es un film deprimente en realidad. Más bien, es un relato cargado de nostalgia, triste, que nos invade de melancolía, quizá porque recordamos nuestros mismos sueños de adolescencia, la simplicidad de aquellos años y la bendición de conservar aún cierta inocencia, una esperanza sin mácula, antes de que la realidad fuera imponiendo su implacable lección de dolor y desilusión. Es una etapa en la vida que, aunque no siempre culmine en la materialización de nuestros sueños, es imposible no recordar con cierta ternura, de ahí que la película no provoque en nosotros una profunda amargura después de todo.

La carga de tristeza y ese poso constante de nostalgia que desprende La última película provienen de su autenticidad; lo que vemos se asemeja tanto a la realidad que somos conscientes que no es un relato de ficción, sino algo que nos están contando alguien que lo ha vivido (Larry McMurtry vivió el final de su adolescencia en un pueblo parecido al del film) y sabe de lo que habla. 

Bogdanovich también se muestra bastante valiente para la época con las escenas de desnudos, por ejemplo, que causaron cierto comprensible revuelo en su momento. Actualmente, por suerte, esas escenas se aceptan con menos polémica. Y digo por suerte porque el film es tan especial y contiene momentos tan logrados que sería una pena que esos desnudos eclipsaran los verdaderos logros y méritos de la película.

La última película recibió nada menos que ocho nominaciones a los Oscars, ganando finalmente los dos a los actores secundarios antes mencionados.

domingo, 1 de agosto de 2021

El más valiente entre mil



Dirección: Tom Gries.

Guión: Tom Gries.

Música: David Raksin.

Fotografía: Lucien Ballard.

Reparto: Charlton Heston, Joan Hackett, Donald Pleasence, Lee Majors, Bruce Dern, Ben Johnson, Slim Pickens, Clifton James, Jon Gries.

Tras llevar un rebaño al ferrocarril desde Texas, Will Penny (Charlton Heston), un vaquero veterano, se dirige a un rancho donde puede encontrar un trabajo con el pasar el invierno.

Primer film como director de Tom Gries, que exigió dirigir él mismo el guión que había escrito. Will Penny, con el curioso título en España de El más valiente entre mil (1967), es un western tardío, de cuando el género había ido sufriendo importantes variaciones en su lento declive.

Así, acorde con los años sesenta y el nuevo enfoque del género, Will Penny, el protagonista, no es ya el héroe típico del western clásico, sino que se trata de un vaquero maduro, al comienzo de su declive personal, que no tiene familia ni dinero para poder dedicarse a otra cosa. Hecho a sí mismo, sin estudios, se ha ido ganando la vida día a día y ahora, en la madurez, se encuentra solo. Hasta que conoce a Catherine (Joan Hackett) con la que podría cambiar su vida. Sin embargo, Will cree que es ya demasiado tarde y no se ve capaz de afrontar una nueva vida con esa mujer y su hijo Horacio (Jon Gries). 

Como se ve, el acercamiento al mundo del viejo oeste ya no comporta ese aire épico de los westerns de la etapa clásica. La visión es más cercana a la realidad, con el sacrificado trabajo del vaquero y su vida precaria y dura. Por eso sorprende aún más el título español, pues lleva inequívocamente al engaño.

La película, sin embargo, me pareció un tanto desigual. Los momentos de convivencia de Will y Catherine me resultaron los más interesantes de la película; es ahí donde se afrontan sin reservas los sentimientos de los protagonistas, se ahonda en su vida, difícil, llena de desencantos, sin un horizonte de esperanza. De aquí nacen los momentos más bonitos y con más sentido de El más valiente entre mil. 

Por contra, la parte del film más genuinamente del oeste, especialmente el conflicto con el predicador Quint (Donald Pleasence) y sus hijos, me pareció la menos lograda. De hecho, la disputa con el predicador no termina de encajar convenientemente con el resto de la historia e incluso me pareció carente de emoción y hasta de cierta lógica (no se entiende que el deseo de venganza de Quint nunca llegue a concretarse); y eso a pesar del buen trabajo de Pleasence, con un talento especial para componer a este tipo de individuos medio desequilibrados. 

También Charlton Heston me pareció mucho más natural en esta ocasión. Encasillado en el rol de tipo duro, a menudo su trabajo me resultaba algo artificial. Pero en esta ocasión, lejos de esos papeles, Heston es más convincente, sin sus típicos modales un tanto arrogantes. Como curiosidad, decir que el pequeño Horacio era en realidad el hijo del director.

Con una correcta ambientación, El más valiente entre mil es un film que desprende honestidad a la hora de afrontar el tema de la vida de los vaqueros, huyendo de efectismos. Quizá hubiera debido quedarse ahí el guión, porque cuando intenta darle algo de acción al relato es cuando Gries se muestra menos eficaz. En todo caso, un western menor pero con interesantes alicientes para los amantes del género.

martes, 6 de julio de 2021

Hoosiers: Más que ídolos



Dirección: David Anspaugh.

Guión: Angelo Pizzo.

Música: Jerry Goldsmith.

Fotografía: Fred Murphy.

Reparto: Gene Hackman, Barbara Hershey, Dennis Hopper, Sheb Wooley, Chelcie Ross, Fern Persons.

Después de más de diez años sin ejercer de entrenador, Norman Dale (Gene Hackman) es contratado por un viejo amigo suyo para entrenar al equipo de baloncesto de un pequeño pueblo de Indiana. Dale no será precisamente muy bien recibido por la comunidad.

Una proeza lograda por el equipo de baloncesto de Milan, una pequeña población rural de Indiana, en 1954 es la base de Hoosiers: Más que ídolos (1986), que recoge el sueño americano aplicado en esta ocasión al mundo del baloncesto. Sin embargo, el que se inspire en algo que realmente sucedió sólo ayuda a hacer creíble la difícil victoria del equipo local, pero no es suficiente para conseguir un film interesante.

Las carencias de Hoosiers: Más que ídolos vienen de varios apartados. Quizá la más importante tenga que ver con el guión. Se trata de un trabajo bastante plano, sin verdadero nervio. Sigue los acontecimientos originales con algún añadido extra para aportar cierto envoltorio dramático, como por ejemplo la figura de Wilbur Flatch (Dennis Hopper), el padre alcohólico de un jugador del equipo. Pero aún así, el guión es muy flojo, sin tensión dramática y, además, demasiado previsible, con todos los elementos que cabría esperar pero sin ningún tipo de originalidad. 

Angelo Pizzo no consigue dar vida a ninguna de las tramas de la historia; ni la progresión del equipo de baloncesto está bien narrada, sino que tampoco los partidos cruciales logran que sintamos auténtico interés por el equipo, quizá también porque es muy fácil predecir su éxito. Tampoco la vida personal del entrenador Dale, con su pasado tormentoso o su romance con la profesora Myra (Barbara Hershey) tienen la intensidad necesaria para que lleguen a emocionarnos lo suficiente. El resto de pequeñas historias secundarias que jalonan el film (el padre borracho, el devoto jugador, el amigo de Dale) se quedan también en meras anécdotas sin desarrollar.

Tampoco los diálogos ayudan en absoluto. Se trata la mayor parte de las veces de frases repetidas, especialmente en los partidos, y que de nuevo aportan muy poco dramatismo a la historia. A menudo me esperaba una frase inteligente o una réplica aguda en alguna escena y me quedaba tristemente con las ganas.

Pero además, tendríamos que añadir el trabajo del director, que se limita a una puesta en escena sin imaginación, lo que nos da como resultado un trabajo rutinario.

Lo único interesante del film está los actores principales, como el siempre eficaz Gene Hackman, bien acompañado por Barbara Hershey. Mención especial merece Dennis Hopper, un actor que no siempre me ha fascinado, pero que en esta ocasión hace un muy buen trabajo, perdonando, es verdad, su conocida tendencia a ciertos excesos, y por el que fue nominado al Oscar como mejor secundario. Pero ahí también acaban las virtudes del reparto, con un elenco de secundarios sin brillo.

Hoosiers: Más que ídolos nos deja una sensación final de película sin pulir, con fallos en todos los terrenos posibles y que desperdicia las posibilidades reales de la historia.

jueves, 1 de julio de 2021

E.T. el extraterrestre



Dirección: Steven Spielberg.

Guión: Melissa Mathison.

Música: John Williams.

Fotografía: Allen Daviau.

Reparto: Henry Thomas, Dee Wallace, Robert MacNaughton, Drew Barrymore, Peter Coyote, C. Thomas Howell, K. C. Martel, Sean Frye, Erika Eleniak.

Un pequeño extraterrestre se queda en la tierra cuando la nave en que viaja debe abandonar el planeta precipitadamente. Asustado, encuentra en el joven Elliott (Henry Thomas) un amigo que lo protegerá.

Hablar de E.T. el extraterrestre (1982) es hablar de una de esas películas que se han ganado un puesto de honor en la historia del cine. Vista por millones de personas, premiada, con algunas escenas mágicas que se han quedado para siempre en nuestras retinas, el film es un ejemplo perfecto del genio de su director para hacer del cine algo mágico y conmovedor.

Steven Spielberg se había inventado un amigo extraterrestre imaginario con el que sobrellevar el divorcio de sus padres. De aquí nació el germen de la película, a la que había ido dando forma con el tiempo hasta decidirse finalmente a realizarla.

La historia de la amistad entre dos almas puras, el niño terrestre y el niño extraterrestre, es tan sencilla como eficaz. Spielberg desmonta de un plumazo el mito de los extraterrestres invasores y sanguinarios y nos ofrece una alternativa mucho más amable y enternecedora. Además, el film se puede ver también como un canto a la tolerancia hacia lo diferente, un invitación a ser generosos y con un espíritu abierto, algo que Spielberg, acertadamente, sitúa en el corazón de los niños, aún puro y sin prejuicios.

De hecho, Elliott percibe en seguida que las personas mayores no deben conocer la existencia de E.T. y lo oculta incluso a su madre. Cuando finalmente las autoridades localizan al extraterrestre, los peores temores de Elliott se concretan y los doctores y científicos no son capaces de comprender los sentimientos del niño y su amigo, que se va apagando sin remedio. Será la amistad, el cariño y la complicidad con Elliott lo que devolverá la vida a E.T., lo que redunda en la romántica idea de que las cosas esenciales son invisibles a los ojos.

Filmada con un ritmo perfecto, apoyándose en una fotografía mágica que hace un uso muy inteligente de las luces y sombras, Spielberg va construyendo un relato soberbio, desde el medido misterio inicial, donde no se nos permite ver con claridad al extraterrestre, manteniéndonos en vilo durante un buen rato, continuando el relato con el perfecto dominio de la narración, con acertados y maravillosos momentos llenos de humor y ternura, con el aprendizaje de E.T. y su complicidad con Elliott, hasta llegar al tramo final, donde Spielberg demuestra de nuevo su absoluto control de las emociones y la tensión, llevándonos en volandas hasta un desenlace épico, lleno de belleza y sentimientos que a más de un espectador le habrá desatado las lágrimas.

En cuanto al reparto, destacar que el film reposa casi por entero en tres actores infantiles, lo que sin duda es también un gran mérito del director a la hora de dirigir a estos jóvenes. Henry Thomas nos emociona siempre desde una actuación sencilla, Robert MacNaughton es su hermano mayor y, aunque carece del encanto de los menores, su trabajo no tiene fallos; y Drew Barrymore, que contaba con siete años, es fascinante, plena de ternura e inocencia y unas tablas sorprendentes para su edad.

Pero el otro gran protagonista es el propio E.T., un muñeco feúcho pero que en seguida se hace entrañable y que, con los recursos de la época, logra emocionarnos y divertirnos a partes iguales desde una simplicidad casi total en cuanto a gestos y lenguaje en la que reside, precisamente, su eficacia a la hora de trasmitir sentimientos y emociones.

No podemos olvidar tampoco la maravillosa música de John Williams, que se ha convertido en un clásico y que acompaña algunas de las escenas más memorables del film de manera que no se entienden las unas sin la otra.

No me resisto a mencionar el homenaje que le rinde Spielberg a su admirado John Ford con la escena en que John Wayne besa apasionadamente a Maureen O'Hara en El hombre tranquilo (1952) y que recrea Elliott con su compañera de clase, una joven Erika Eleniak, famosa años después por su participación en la serie Los vigilantes de la playa. 

Con nueve nominaciones, la película ganó cuatro Oscars: mejor banda sonora original, mejor sonido, mejores efectos visuales y mejor edición de sonido. Curiosamente, el premio a la mejor película fue para Gandhi, de Richard Attenborough.

Mágica, tierna, divertida y entrañable, E.T. el extraterrestre sigue proporcionando una experiencia única. La película más personal del director es ya un clásico eterno.

domingo, 27 de junio de 2021

Un traidor como los nuestros



Dirección: Susanna White.

Guión: Hossein Amini (Novela: John le Carré).

Música: Marcelo Zarvos.

Fotografía: Anthony Dod Mantie.

Reparto: Ewan McGregor, Stellan Skarsgård, Damian Lewis, Naomie Harris, Alicia von Rittberg, Grigoriy Dobrygin, Jeremy Notham, Mark Gatiss.

De vacaciones en Marruecos con su esposa Gail (Naomie Harris), Perry MacKendrick (Ewan McGregor) conoce a un adinerado ruso, Dilma (Stellan Skarsgård), que resulta que trabaja para un capo de la mafia de su país. Temiendo por su vida y la de su familia, Dilma le pide a Perry que le ayude a huir a Inglaterra. 

John le Carré ha destacado especialmente por sus primeras novelas sobre la Guerra Fría y el mundo del espionaje, que conocía de primera mano. Luego, con el paso del tiempo, se ha ido reciclando hacia otro tipo de temas, como los turbios negocios de farmacéuticas (El jardinero fiel) o el integrísimo islámico (El hombre más buscado). En Un traidor como los nuestros (2016) se centra en la mafia rusa, un tema que parece bastante interesante y capaz de aportar muchas posibilidades, como por ejemplo la acertada crítica a los políticos corruptos y el poder absoluto del dinero, aunque la adaptación de Susanna White me ha parecido un tanto floja.

Quizá el principal problema del film es que la directora no es capaz de crear tensión ni sensación de peligro en ningún momento. Esto, en un thriller, se comprenderá que es un pecado capital que lastra definitivamente la película. En parte se puede deber a que el argumento es bastante previsible y el desarrollo del mismo no aporta ninguna sorpresa, con lo que siempre vamos un paso por delante de lo que vemos en pantalla. Pero la mayor parte de culpa la tiene el hecho de que White no consigue dotar de fuerza al relato. Por un lado, los personajes de los malos se quedan siempre en un segundo plano, con lo que no llegan a cobrar auténtica entidad y si los malos no son un elemento primordial la emoción y la sensación de peligro se ven rebajas sustancialmente; la directora tampoco sabe filmar convenientemente las escenas más cruciales, donde prefiere centrarse en lo secundario dejando que imaginemos lo esencial, como en el asalto a la cabaña en los Alpes franceses, donde vemos a la familia de Dilma en el refugio en vez de asistir a la lucha fuera. El colmo de la frialdad viene en el desenlace, cuando Dilma (Stellan Skarsgård) sube al helicóptero; es el momento fundamental de la película y Susanna White sigue con ese distanciamiento que nos deja del todo fríos, casi indiferentes a todo.

Tampoco el estilo de White a la hora de filmar me resulto del todo convincente. El juego con los desenfoques me resultó del todo superfluo y, de nuevo, pienso que no aporta nada realmente interesante al film, más allá de un toque estético que puede gustar más o menos, pero creo que en un thriller lo esencial es poner en valor la trama y por aquí la directora falla sin remedio.

Comprendo que no siempre es sencillo adaptar una novela al cine y más teniendo en cuenta que le Carré es un escritor que no prima la acción en sus obras, que suelen tener mucho de reflexivas y críticas, pero ha habido adaptaciones de su trabajo muy logradas, lo que vuelve a incidir en el deficiente trabajo de Susanna White.

Lo mejor con diferencia es el reparto. Stellan Skarsgård siempre me ha gustado mucho y creo que aquí da vida de manera perfecta a Dilma, con ese aire rudo, vulgar, peligroso. Ewan McGregor, por su parte, está correcto, aunque un tanto más gris frente a la contundencia de Skarsgård, tal vez porque su personaje también está peor definido. El que sí que también me convenció fue Damian Lewis, siempre inquietante, dejando ciertas dudas en torno a las lealtades de su personaje.

Definitivamente, Un traidor como los nuestros se queda en un quiero y no puedo y nos vamos con la sensación de que se han desaprovechado las muchas posibilidades que ofrecía el material de partida, quedando una película sin nervio y muy previsible.

martes, 1 de junio de 2021

Cometieron dos errores



Dirección: Ted Post.

Guión: Leonard Freeman y Mel Goldberg.

Música: Dominic Frontiere.

Fotografía: Richard H. Kline y Leonard South.

Reparto: Clint Eastwood, Inger Stevens, Ed Begley, Arlene Golonka, James MacArthur, Pat Hingle, Ben Johnson, Ruth White, Bruce Dern, L. Q. Jones, Dennis Hopper.

Pensando que es un cuatrero y un asesino, un grupo de hombres decide linchar a Jed Cooper (Clint Eastwood), un vaquero que transporta reses y que es salvado in extremis por un shérif que pasaba por el lugar. 

Tras su exitosa experiencia italiana, Eastwood regresa a u país y decide fundar su propia productora, Malpaso, que se estrena precisamente con Cometieron dos errores (1968).

La película sigue la tendencia de moda del spaghetti western, aunque logra una mayor profundidad en el guión y un mejor diseño de los personajes, que ya no son meras caricaturas o figuras de cartón piedra. Así, por ejemplo, Cometieron dos errores se presenta como un alegato contra la pena de muerte, por los riesgos que entraña y su indudable crueldad; el linchamiento de Cooper habría sido un error irreversible de haberse consumado; pero incluso cuando la sentencia de muerte es dictada tras un juicio, sigue presentándose como algo terrible, convertido en un espectáculo bochornoso. El film aboga claramente por la compasión y el perdón, lo que nos aleja claramente de la simplicidad absoluta de los argumentos del spaghetti western.

Y los personajes también son más profundos. Jed Cooper, por ejemplo, se mueve por la venganza, pero no de manera ciega, sino amparándose en la ley, y tampoco duda en perdonar al anciano que participó en su linchamiento pero se ha arrepentido, e incluso intercede por los jóvenes hermanos cuatreros ya que considera que su ahorcamiento es excesivo y merecen una oportunidad. Tampoco el juez Fenton (Pat Hingle) es un personaje de una sola cara; a su implacable aplicación de la ley también opone cierto remordimiento y el deseo de no tener que llevar el solo esa carga, aunque termine por ceder a su sentido del bien último, como es imponer la ley en una región plagada de delincuentes. Incluso los malos de turno ofrecen un lado humano y no son meras bestias despiadadas. 

Donde, sin embargo, la influencia del spaghetti western es más evidente es en el uso reiterado y machacón de la banda sonora, que termina por resultar tremendamente cansina. 

Clint Eastwood deseaba que Sergio Leone dirigiera esta película pero al estar dirigiendo Hasta que llegó su hora, no pudo aceptar el ofrecimiento y el actor tuvo que recurrir a Ted Post, un director de la televisión sin demasiado talento, lo que repercute en el resultado final. Post, seguidor no muy aplicado de Sergio Leone, imita sin mucha inspiración el estilo del director italiano, pero fracasa a la hora de filmar con emoción las escenas de acción y convierte el interludio amoroso de Cooper y la viuda Rachel Warren (Inger Stevens) en algo empalagoso y sin interés.

En cuanto al reparto, Cometieron dos errores cuenta con buenos secundarios, como Pat Hingle o Ed Begley, por ejemplo. Sin embargo, a su lado parecen otros actores muy poco convincentes, como es el caso de la hierática Inger Stevens. Sorprende además que se cuente con actores del nivel de Ben Johnson, Bruce Dern o Dennis Hopper y que su presencia sea casi testimonial. 

Cometieron dos errores fue muy poco valorada por la crítica en su momento, si bien el público la recibió con entusiasmo en una época en que el western empezaba a declinar sin remedio. Vista en la actualidad, la película no deja de ser un western menor, con más carencias que aciertos. Sirve para seguir la evolución de Clint Eastwood como actor, pero objetivamente me parece un film mediocre en su conjunto.