El cine y yo
Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.
Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.
El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.
El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.
No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.
Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.
El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.
El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.
No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.
martes, 28 de agosto de 2018
Cold Mountain
Dirección: Anthony Minghella.
Guión: Anthony Minghella (Novela: Charles Frazier).
Música: Gabriel Yared.
Fotografía: John Seale.
Reparto: Jude Law, Nicole Kidman, Renée Zellweger, Brendan Gleeson, Ray Winstone, Donald Sutherland, Natalie Portman, Philip Seymour Hoffman, Giovanni Ribisi, Jena Malone, Eileen Atkins, Kathy Baker.
Ada (Nicole Kidman) y su padre (Donald Sutherland), el reverendo Monroe, se mudan a Cold Mountain en busca de un clima más beneficioso para la salud de él. Allí conocerá a Inman (Jude Law), del que se enamorará casi al instante. Sin embargo, el estallido de la Guerra de Secesión les separará.
No sé como decirlo, pero creo que tengo un sexto sentido que me previene contra films pretenciosos, de manera que, o los esquivo como si fueran veneno (nunca veré, por ejemplo, Leyendas de pasión, si puedo evitarlo), o, si me animo a verlos, lo hago con ciertas reservas y un espíritu un tanto crítico. Y esto me sucedió con Cold Mountain (2003), título que me producía bastante desconfianza.
Lo primero que llama la atención son los paralelismos con el gran éxito anterior de Minghella, El paciente inglés (1996): escenario bélico, enamorados en apuros, final terrible, gran duración y despliegue técnico impecable. Da la sensación que el director buscó repetir la fórmula en post de similar resultado. Pero si El paciente inglés, con sus limitaciones, me pareció un film cargado de sentimientos y cierta sinceridad que compensaba a todas sus luces su pretenciosidad, en Cold Mountain tuve la impresión de que estaba ante una película mucho más vacía de contenido, ampulosa pero fría.
Quizá el principal problema venga ya del principio, de lo mal planteada que está la historia de amor entre Ada e Inman. No solo me parece que esta parte tan importante del relato está tratada de manera precipitada, sino que incluso me parece un tanto superficial. No digo que no pueda existir el amor a primera vista, que es lo que les sucede a los protagonistas, pero está muy mal explicado. En lugar de centrarse en los sentimientos, Minghella se recrea en conversaciones estúpidas y encuentros donde prima más lo anecdótico. El resultado es que nunca me terminé de creer su amor o, al menos, no me trasmitía la impresión de ser tan fuerte que constituyera el eje poderoso de la historia. Mi sensación ante sus ardientes deseos de reencontrarse era bastante fría.
Y ese es quizá el mayor defecto de la película: la frialdad, con momentos en que parece que la historia no avanza, aburridos, y todo por esa manía de algunos directores de cuidar al detalle cualquier aspecto técnico dejando de lado lo más importante, el alma del relato.
Y Cold Mountain, técnicamente, es un film muy bueno. Recrea a la perfección el ambiente de la guerra, la miseria, el hambre, la pobreza. La fotografía es espectacular y el reparto, pues típico de una super producción. La banda sonora demuestra también la ambición del director, si bien me pareció un tanto estridente en las escenas de la batalla inicial. Pero todo esto no vale nada cuando la historia te deja frío, y más estando ante un drama que pretende, precisamente, todo lo contrario, conmovernos. Pero, como decía, creo al relato le falta alma, convicción, originalidad, ternura, centrarse más en los personajes y dejar de lado la ambiciosa puesta en escena.
Y, consecuencia de todo ello, es que la película se hace demasiado larga, con muchos momentos en que me costaba mantenerme frente a la pantalla, porque lo que veía no me emocionaba, más allá de algunos pequeños momentos en que, de alguna manera, el director sabía recrearse en un detalle mínimo y ahí sí que parecía cobrar vida el relato. Pero eran momentos muy escasos, que estaban ahí, se diría, casi por casualidad.
Otro detalle que no me gustó demasiado es esa férrea moralidad que recorre la historia y que lleva a Inman a actuar como un monje, por fidelidad a un amor de un beso y tres conversaciones; y que provoca que, antes de tener relaciones íntimas, Ada e Inman concierten una especie de boda que les permita acostarse por vez primera. No es que esté en contra o a favor de ninguna postura concreta, pero la manera del director de plantear estas escenas me pareció innecesaria y un tanto ridícula.
En cuanto al reparto, destacar a Jude Law, un actor que siempre trasmite algo, casi si esfuerzo. En cambio, Nicole Kidman me parece una actriz fría que no te llega. La ves distante, incluso en las escenas de más tensión dramática. Y en una historia conmovedora en su planteamiento, su elección resulta cuestionable. Renée Zellweger tenía un papel muy atractivo, de esos para lucirse. Y por eso mismo no me gustó. No digo que lo hiciera mal, pero su papel me parecía tan forzado que me costaba tomarla en serio. Pasaba un poco lo mismo con el de P. Seymour Hoffman, con un personaje tan excesivo que no terminas de creértelo.
Quizá lo más auténtico de la película sea el mensaje anti belicista que trasmite, no solo por lo devastador de la guerra en el campo de batalla, sino por las consecuencias para la gente que se queda atrás, y más si te toca el bando perdedor. El hambre, el dolor por las pérdidas de los hijos en la guerra y la maldad de los que se aprovechan de las debilidades ajenas son el mensaje que mejor me llegó de toda la historia.
No dudo que a mucha gente le parezca una gran película, y quizá mi crítica sea demasiado personal, pero Cold Mountain me pareció un film pretencioso y poco convincente. Quizá el director deba pensar mejor que quiere trasmitir con sus películas y perder parte de su ambición en post de propuestas más sinceras.
De siete nominaciones, la película finalmente solamente obtuvo un premio, el Oscar a mejor actriz secundaria para Renée Zellweger.
viernes, 24 de agosto de 2018
Encuéntrame
Dirección: Zack Whedon.
Guión: Zack Whedon.
Música: Nate Walcott.
Fotografía: Sean Stiegemeier.
Reparto: Aaron Paul, Annabelle Wallis, Garret Dillahunt, Valerie Tian, Zachary Knighton, Terry Chen.
David (Aaron Paul) conoce por casualidad a Claire (Annabelle Wallis), su vecina, y termina enamorándose de ella. Un día, tras un tiempo viviendo juntos, Claire desaparece sin dejar rastro.
Debut en la dirección de Zack Whedon, un guionista proveniente de una familia escritores, con un thriller escrito por él mismo y que nos deja un buen sabor de boca, a pesar de sus defectos.
Para empezar, hay que reconocer que la historia te engancha y, a pesar de las casi dos horas de metraje, el film no se hace pesado casi en ningún momento. Mérito pues de un guión bien trabajado y una dirección astuta y eficaz. La clave está en la alternancia del presente con continuos flash-backs por medio de los cuales vamos descubriendo cómo se conoció la pareja protagonista y cómo comenzó su relación, aparentemente tan normal como la de cualquier otra pareja. Este recurso permite agilizar el relato, al romper la linealidad de manera eficaz. El riesgo podría ser romper el ritmo dramático de la búsqueda de David, pero Whedon inserta los recuerdos con precisión, no los hace demasiado largos y siempre nos cuenta en ellos algo interesante, de manera que no llegan a resultar pegotes sin sentido.
A lo largo del film se va alternando, por lo tanto, la historia romántica con el thriller de un modo equilibrado y eficaz. Quizá la historia de amor sea la más agradecida, pues siempre es más bonito ver la felicidad y complicidad de una pareja que historias más sórdidas. Pero lo que nos mantiene en vilo es, por supuesto, la parte de la búsqueda de Claire, donde vamos descubriendo, siguiendo el punto de vista de David, que en realidad está buscando a alguien que no conocía en absoluto.
Poco a poco, se va revelando una identidad oscura de Claire, mezclada en asuntos muy peligrosos, si bien no llegamos a descubrir su naturaleza exacta, en la mejor tradición de Alfred Hitchcock, donde las causas eran meras excusas para servirnos la intriga en bandeja. Y es lo que hace aquí el director y guionista, crear una intriga que va ganando en intensidad porque los peligros no dejan de acechar a David que, como nosotros, avanza sin ver claro en ningún momento.
Quizá donde la historia se desfonda un poco es en el final. Parece un tanto precipitado y no resulta del todo convincente. Hubiera sido mucho mejor resolverlo de otro modo, quizá sin llegar a encontrar nunca a Claire. Sin embargo, el director prefiere ofrecernos el reencuentro de los dos en un último guiño a su amor, si bien no hay futuro para ellos. La última escena tiene algo de poético, un brindis a la vida y la felicidad, escapando del presente. A pesar de ello, creo que el desenlace ensombrece un poco la historia.
Aaron Paul, conocido por su participación en la serie Breaking Bad, sostiene sin problemas el peso de la historia sobre sus hombros. Me pareció un actor bastante convincente, más quizá en la parte del thriller, donde muestra verdadera indefensión, que en la parte romántica, quizá porque me costaba verlo con Annabelle Wallis; había algo descompensado en ellos.
En todo caso, sin ser un film redondo, al menos cumple con una de las cosas que le pedimos a un thriller: que nos mantenga intrigados, expectantes, en tensión, buscando constantemente respuestas, se encuentren o no.
La cena de los acusados
Dirección: W. S. Van Dyke.
Guión: Albert Hackett y Frances Goodrich (Novela: Dashiell Hammett).
Música: William Axt.
Fotografía: James Wong Howe.
Reparto: William Powell, Myrna Loy, Maureen O´Sullivan, Nat Pendleton, Minna Gombell, Porter Hall, Henry Wadsworth, William Henry, Harold Huber, Cesar Romero.
Nick Charles (William Powell) es un detective que ha cambiado su trabajo por un matrimonio con una mujer rica, Nora (Myrna Loy). Sin embargo, su fama le precede allá donde va. Por eso no tarda en verse implicado en la investigación de una serie de asesinatos.
La enorme química entre William Powell y Myrna Loy en la película El enemigo público número 1, del mismo Van Dyke y también de 1934, hizo que el director no dudara en volver a juntarlos para esta comedia detectivesca.
El argumento es un tanto enrevesado, con múltiples personajes que se relacionan entre sí, tres asesinatos y todo girando alrededor de la pareja protagonista, de visita en la ciudad. Más que intentar seguir el hilo de los acontecimientos, La cena de los acusados tiene más de comedia sentimental. No podemos hablar quizá de guerra de sexos, pues Nick y Nora son un matrimonio ejemplar, que se quiere, confían el uno en el otro y además se divierten juntos. Pero sí que es un placer ver como se meten el uno con el otro, lanzándose ingeniosos dardos, y sin perder nunca el buen humor y la elegancia. Y está claro que tanto William Powell como Myrna Loy son la pareja perfecta para ello.
Él es un alcohólico astuto, gracioso y un poco infantíl, pero no ha perdido su olfato de detective, aunque se tome a broma hasta su propia reputación. Nora es una mujer alegre, atractiva y que admira a su marido por encima de todo. Lo mima, lo pasa bien a su lado y le ayuda a no perder el interés por resolver un buen crimen. Juntos forman un matrimonio envidiable.
Sin embargo, a pesar de que parte del encanto de la película es su tono de comedia, donde los protagonistas nunca se toman nada en serio, eso mismo llega a parecer, por momentos, un poco excesivo, provocando escenas en las que Nick parece más un tipo idiota que otra cosa. Este sería quizá el mayor pero que se le puede hacer al film. En este sentido, no es el único personaje dibujado quizá con trazos demasiado gruesos, lo que se explica por la época en que está rodado el film.
Por suerte, el final es lo mejor de todo, aunando la intriga y emoción por descubrir al asesino con una espectacular cena donde se reúnen todos los sospechosos y donde Nick va desplegando su ingenio hasta acorralar al culpable. Sin duda, lo mejor de la película, junto a los diálogos ingeniosos y alocados, en especial del matrimonio protagonista, repletos de frases para enmarcar.
El trabajo de Van Dyke en la dirección es correcto, sin interferir en las secuencias, limitándose a una puesta en escena lo más sencilla posible, sin adornos, al servicio siempre de lo que está contando.
La película se rodó en apenas catorce días y fue tal éxito de taquilla que dio lugar nada menos que a una saga de films protagonizados por esta pareja de actores, encarnando al matrimonio Charles: Ella, él y Asta (W. S. Van Dyke, 1936), Otra reunión de los acusados (W. S. Van Dyke, 1939), La sombra de los acusados (W. S. Van Dyke, 1941), El regreso de aquel hombre (Richard Thorpe, 1945) y La ruleta de la muerte (Edward Buzzell, 1947); además de estar en la base de lo que serían, mucho más tarde, series de televisión donde un matrimonio de detectives resuelven juntos los casos que se les presentan, como McMillan y esposa (1971-77), con Rock Hudson y Susan Saint James o Hart y Hart (1979-84), protagonizada por Robert Wagner y Stefanie Powers.
jueves, 23 de agosto de 2018
La cuadrilla de los once
Dirección: Lewis Milestone.
Guión: Harry Brown y Charles Lederer.
Música: Nelson Riddle.
Fotografía: William H. Daniels.
Reparto: Frank Sinatra, Dean Martin, Sammy Davis Jr., Peter Lawford, Angie Dickinson, Richard Conte, Cesar Romero, Akim Tamiroff, Joey Bishop, Patrice Wymore, Henry Silva, Ilka Chase, George Raft, Shirley MacLaine.
Once amigos, antiguos compañeros de armas en la segunda Guerra Mundial, planifican un golpe muy ambicioso: robar durante la noche de fin de año en cinco de los principales casinos de Las Vegas.
Quizá lo más significativo de La cuadrilla de los once (1960) es que se trata de un film rodado entre amigos. Parte del reparto lo forman los conocidos como Rat Pack (Pandilla de ratas): un grupo de músicos y actores que actuaban frecuentemente en Las Vegas. El grupo original se formó en torno a Humphrey Bogart, con Frank Sinatra entre los miembros. Al morir Bogart, Sinatra quedó al frente. De ese grupo, en la película participan, además de Sinatra, Sammy Davis Jr., Dean Martin, Peter Lawford y Joey Bishop. También se sospecha que tenían contactos con la mafia.
Planteada con un claro tono de comedia, la película cuenta la reunión del grupo de amigos tras años sin verse, la planificación del robo y su ejecución, con una ingeniosa, aunque previsible, sorpresa final. Y quizá sea ese tono ligero lo que más perjudica al argumento, pues se hace complicado tomarse en serio la empresa que, por muy complicada que se diga que es, viendo la facilidad con la que se planifica y se ejecuta, produce casi risa, aunque, sobre todo, incredulidad.
Además, el guión no se tomó demasiado trabajo a la hora de perfilar a los miembros de la banda, que se presentan a base de grandes brochazos y tópicos, como el de tipos guapetones, despreocupados y vividores, que quizá es lo que el fondo eran en la vida real.
Tampoco ayuda mucho la dirección de un Lewis Milestone en horas bajas. Su puesta en escena es demasiado vulgar, sin pizca de emoción u originalidad. Prueba de ello es la absurda manía que tiene de repetir la preparación y la ejecución del robo en los cinco casinos, lo que provoca que tengamos que presenciar la misma escena cinco veces seguidas, a lo que se suma la cansina melodía que acompaña en todo momento estas secuencias. El resultado, como se puede prever, es aburrido a más no poder y alarga sin motivo una película que termina resultando demasiada larga para el interés que despierta.
En cuanto al reparto, no podemos hablar de grandes interpretaciones, pues tampoco estamos ante grandes actores, sino un grupo de amigos, principalmente cantantes, metidos a una comedia sin demasiadas pretensiones.
El resultado es una película a la que cuesta tomarse en serio. No funciona como comedia ni tampoco como film de robos. Parece más una especie de broma cara, un pasatiempo rodado sin mucha convicción. En este sentido, la reacción de la banda cuando pierden el dinero, entre resignación y sorpresa, es similar a la nuestra después de estar más de dos horas viendo esta comedia insustancial.
Lo curioso es como este film dio lugar al remake Ocean's Eleven (Hagan juego) en 2001, y de aquí salió luego Ocean's Twelve en 2004, ambas de Steven Soderbergh.
miércoles, 22 de agosto de 2018
Acción judicial
Dirección: Michael Apted.
Guión: Carolyn Shelby, Christopher Ames y Samantha Shad.
Música: James Horner.
Fotografía: Conrad Hall.
Reparto: Gene Hackman, Mary Elizabeth Mastrantonio, Colin Friels, Joanna Merlin, Laurence Fishburne, Donald Moffat, Jan Rubes, Matt Clark, Fred Dalton Thompson.
Jed Ward (Gene Hackman), un abogado que siempre ha defendido a los más débiles, acepta un caso de un hombre que resultó gravemente herido por culpa de un fallo de construcción de su coche. El problema es que tendrá que enfrentarse a su propia hija Maggie (Mary E. Mastrantonio) en el juicio, pues es la abogada defensora de la compañía automovilística.
Lo más interesante de Acción judicial (1991), y lo que animó a verla, además del atractivo intrínseco de los films judiciales, es la presencia la frente del reparto de Gene Hackman, un actor sólido que siempre dignifica los trabajos en que participa. Y finalmente, hay que reconocer que es lo más interesante de esta película, junto al buen trabajo de Mary Elizabeth Mastrantonio. Ambos llevan el peso de la historia y la salvan de un descalabro seguro.
Porque el problema de Acción judicial es que tiene un argumento de telefilm barato, sensiblero y llorón. Ya el detalle de enfrentar en un juicio a padre e hija chirría un poco de entrada, pero con los detalles que va desplegando el argumento la cosa no mejora en absoluto.
Por un lado, disputa familiar en el juzgado pero, además, enfrentamiento personal: la hija no perdona a su padre sus infidelidades matrimoniales pasadas, con lo que se unen asuntos personales a los meramente profesionales. Y el problema es que el film va a centrarse mucho más en esta vertiente sentimental que en lo meramente judicial. Y por si las disputas y rencores de padre e hija no fueran suficientes, lo cuál ya nos plantea qué demonios hace Maggie aceptando un caso que agravará su relación con su padre, incluso contra los consejos de Estelle (Joanna Merlin), su madre, se añade la muerte repentina de ésta, en la mejor tradición de los dramones televisivos. Se trata, por lo que se ve, de atacar el lado sensible del espectador sin ningún disimulo.
El problema principal es que todo ello relega el caso judicial a una mera comparsa de los problemas familiares, dejando la intriga en un mero acompañamiento. Y cuando llega la hora de la verdad, pues el caso ha de resolverse inevitablemente, la trampa argumental salta a la vista en seguida, con lo que no hay ninguna sorpresa posible. Y encima, el desarrollo del juicio, sin duda una parte a la que podría habérsele sacado bastante jugo, es totalmente desaprovechada con un planteamiento rácano y un desarrollo precipitado y sin nervio.
No ayuda nada la labor de Michael Apted, que realiza un trabajo rutinario, carente de imaginación y que da lugar a un desarrollo sin chispa, falto de emoción y de ritmo. Es cierto no ayuda nada que, a parte de Hackman y Mastrantonio, el resto del reparto resulte bastante flojo, incluido un joven Laurence Fishburne al que se notaba la inexperiencia. Sorprende que el director de Gorilas en la niebla (1988) sea capaz de realizar ahora un film tan pobre como este.
Definitivamente, un guión muy flojo y que el director no supo tampoco poner en valor, dejándose llevar por un desempeño rutinario y desperdiciando la vertiente judicial en favor del retrato de las desavenencias familiares de los protagonistas, que tampoco resultan lo suficientemente originales como para compensar el resto. Una película para olvidar.
domingo, 19 de agosto de 2018
Adiós pequeña, adiós
Dirección: Ben Affleck.
Guión: Ben Affleck y Aaron Stockard (Novela: Dennis Lehane).
Música: Harry Gregson-Williams.
Fotografía: John Toll.
Reparto: Casey Affleck, Michelle Monaghan, Ed Harris, Amy Ryan, Karen Ahern, Carla Antonino, John Ashton, Morgan Freeman.
Una niña de cuatro años es secuestrada en uno de los barrios más pobres de Boston. Los tíos de la pequeña contratan a una pareja de detectives privados para que les ayuden en la búsqueda.
Debut en la dirección del actor Ben Affleck que, además, participa en la elaboración del guión. Quizá por esa sobrecarga de trabajo no extraña que no sea él el protagonista, aunque para ello recurrió a su hermano Casey.
Adiós pequeña, adiós (2007) llama la atención, en primer lugar, por la realista y eficaz puesta en escena, que la aleja de los típicos films preciosistas y estéticamente cuidados para ofrecernos un punto de vista mucho más auténtico. Por momentos, casi olvidamos que estamos ante una obra de ficción. El retrato del barrio marginal en el que transcurre la acción, y especialmente de sus habitantes, transmite autenticidad por los cuatro costados. Hasta llegué a preguntarme si todos los que salen en la película son verdaderos actores o simples personas anónimas reclutadas para pequeñas apariciones.
En cuanto a los actores principales, creo que su trabajo es bastante bueno, especialmente de los veteranos, como Ed Harris, impecable, o Morgan Freeman, con una aparición bastante corta, es cierto, pero siempre convincente. Casey Affleck no está mal, aunque sin llegar a entusiasmarme. Me gustó mucho más Michelle Monaghan o Amy Ryan, la madre drogadicta de la pequeña secuestrada, que borda el papel, hasta el punto de haber sido nominada al Oscar como mejor secundaria.
Pero es que la historia no se merece otra puesta en escena: la sórdida trama, la marginalidad, la miseria en que transcurre la búsqueda de la niña nos llevan a lo peor de la sociedad, a un mundo de perdedores, de miserables, de criminales sin escrúpulos, de gente mala, terriblemente mala. Y todo eso no admite más que esa puesta en escena, donde llegamos a respirar la podredumbre y el asco que nos produce lo que vemos en la pantalla en muchas secuencias. Eso sí, el director, en una muestra de elegancia, evita la recreación en los detalles más sórdidos.
El trabajo de Ben Affleck detrás de la cámara también es impecable. Me gustó la elegancia con la que filma las secuencias, el acertado uso de unos primeros planos muy cerrados, pero certeros, y el ritmo a veces casi ceremonioso que no nos deja escapar del ambiente que describe. Es todo un acierto y demuestra un dominio de su oficio que no parece el de un debutante.
Pero el plato fuerte está en la historia que cuenta o, quizá, en los protagonistas. Porque el retrato de los detectives privados es impecable, así como de los policías o de la familia de la niña y, por descontado, del resto de personajes que pululan por la historia: drogadictos, borrachos, enfermos mentales, degenerados, pordioseros, ... Es el punto fuerte de Adiós pequeña, adiós, el fiel reflejo de un mundo al que no nos gustaría visitar, pero que está ahí y en el que se detiene el director para darle solidez al relato, hasta el punto que en muchos momentos no es la investigación lo que nos ocupa, sino el dónde, el quién. El thriller se convierte en un film social, en un retrato de los desheredados, de los marginales que a nadie importan, ni a ellos mismos. Esa es la fuerza y lo novedoso de esta historia.
Porque la investigación en sí de la desaparición de la niña es, al final, casi lo menos importante. Incluso, es por aquí por donde le podemos poner algún pero al trabajo de Affleck. Y es que la trama pierde fuerza en muchos momentos, eclipsada por el retrato social, y cuando se retoma, lo hace de manera un tanto forzada, no del todo convincente, precipitadamente incluso. Y para rematarlo todo un poco más, el desenlace se alarga de manera un tanto forzada, con comportamientos extraños, deducciones surgidas como de la nada y, finalmente, un descubrimiento sorprendente, que cuesta asimilar, y que parece casi como una especie de truco de magia, de sorpresa inesperada que cuesta asimilar del todo.
Lo mejor de este desenlace, sin embargo, es la reflexión final que nos provoca: ¿qué es lo mejor para un niño que vive en la marginación?, ¿quién tiene moralmente la capacidad de decidir?, ¿es lo más justo lo mejor? Se agradece que un film de este corte sea capaz de sacar a la luz algo más que una trama policíaca y nos lleve a estas y otras reflexiones a las que es difícil responder sin dejarnos muchas dudas pendientes.
Sin ser un film redondo, Adiós pequeña, adiós contiene muchas cosas notables que merecen destacarla por encima de la media. Veremos si Ben Affleck continúa por este camino. De ser así, podemos estar ante el descubrimiento de un director sensible y con mucho oficio.
jueves, 16 de agosto de 2018
Luna nueva
Dirección: Howard Hawks.
Guión: Charles Lederer (Teatro: Ben Hecht y Charles MacArthur).
Música: Morris Stoloff.
Fotografía: Joseph Walker.
Reparto: Cary Grant, Rosalind Russell, Ralph Bellamy, John Qualen, Helen Mack, Gene Lockhart, Porter Hall, Ernest Truex, Cliff Edwards, Clarence Kolb, Roscoe Karns, Frank Jenks.
Hildy Johnson (Rosalind Russell), reportera del Morning Post y ex-mujer de su director, Walter Burns (Cary Grant), hace una última visita al periódico para anunciar que se casa y renuncia a su trabajo. Burns intentará "convencerla" de que cambie de idea.
Luna nueva (1940) es la segunda de las cuatro adaptaciones cinematográficas de la pieza de teatro The Front Page de Ben Hecht y Charles MacArthur. En 1931, Lewis Milestone había realizado la primera adaptación, Un gran reportaje y Billy Wilder rodaría Primera Plana (1974), con Walter Matthau y Jack Lemmon, quizá la más conocida de las cuatro versiones. Por último, hasta la fecha, en 1988 el director Ted Kotcheff hizo una nueva adaptación, Interferencias, con Kathleen Turner y Burt Reynolds.
Quizá lo más característico de Luna nueva es que a Howard Hawks le pareció mucho más prometedor cambiar al personaje del periodista que quiere cambiar de vida, que en la obra de teatro era un hombre, por una mujer. Hawks creyó que el cambio, con el añadido de que la protagonista además sería la ex-mujer del director del periódico, añadiría un toque romántico a la intriga y una pequeña guerra de sexos al argumento. Esta variante se recogería después también en Interferencias.
Por lo demás, el resto del argumento nos mete de lleno una comedia disparatada sobre el mundo de la prensa y la política donde no se deja a nada ni a nadie en pie. De ahí la curiosa advertencia inicial en la que se asegura que lo que se va a contar ocurrió en la época oscura del periodismo, cuando por una noticia un reportero era capaz de todo; algo que, se aclara, ya no sucede en la actualidad. Explicación un tanto absurda e innecesaria, pero justificada por la imagen que se da en el film de esa profesión: mentiras, manipulación de la verdad, vida miserable sin futuro claro, horas de trabajo ingrato y falta total de ética. No queda un solo aspecto de la profesión sin demoler.
Pero el mundo de la política no va a salir tampoco bien librado. El shérif local y el alcalde quieren ahorcar a un pobre hombre, sin importarles lo más mínimo si es inocente o no, sólo para ganar las elecciones, y también están dispuestos a eliminar cualquier obstáculo que pueda impedir su reelección, lo que les lleva a intentar sobornar al funcionario que les quiere entregar el indulto firmado por el gobernador.
Pero en medio de tantas críticas demoledoras, no menos punzantes por tratarse de una comedia, la historia también tiene momentos conmovedores, como es la relación entre el condenado (John Qualen) y la única persona que se apiada de él, Mollie Malloy (Helen Mack), la cuál, desesperada ante las mentiras y la falta de compasión de los periodistas e intentando salvar al reo de la horca, se tira por la ventana en un intento de suicidio redentor. A pesar de estar en medio de una comedia disparatada y de que Mollie no muere, la escena es demoledora.
Debido al origen teatral de la película, la acción transcurre casi por completo en una sala de prensa. La base de la película son, por lo tanto, los diálogos, cuya agilidad, velocidad, confusión y atropello están calculadas al milímetro. Hawks quería que parecieran lo más auténticos posible, de ahí esa cuidada puesta en escena, con los teléfonos sonando a la vez que se habla alocadamente, conversaciones que se solapan, personajes entrando y saliendo... Al final, el director consigue no solo ese aire de autenticidad, sino que también dinamiza la acción de manera que la película, con mínimos escenarios y escasos movimientos de cámara, tiene una agilidad endiablada y se pasa en un suspiro.
Una pieza fundamental para que todo este engranaje funcione de maravilla es la presencia al frente del reparto de Cary Grant, un galán único en la historia del cine y que donde mejor funcionaba era en este tipo de comedias, donde sabía dar el tipo sin perder jamás esa dignidad y ese porte elegante marca de la casa. La sorpresa aquí es el gran trabajo también de Rosalind Russell, que alcanzó la fama con esta película, sin duda la mejor de su carrera.
En dura pugna con Primera plana para llevarse el mérito como la mejor versión cinematográfica de The Front Page, Howard Hawks logró con esta película uno de sus mejores trabajos, quedando para la historia como un magnífico ejemplo de la llamada screwball comedy.
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