El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

viernes, 21 de abril de 2023

Dioses y monstruos



Dirección: Bill Condon.

Guión: Bill Condon (Novela: Christopher Bram).

Música: Carter Burwell.

Fotografía: Stephen Katz.

Reparto: Ian McKellen, Brendan Fraser, Lynn Redgrave, Lolita Davidovich, David Dukes, Kevin J. O'Connor, Mark Kiely, Jack Plotnick, Rosalind Ayres, Jack betts, Matt McKenzie, Todd Babcock. 

James Whale (Ian McKellen), director de El doctor Frankenstein (1931) y La novia de Frankenstein (1935) entre otras, lleva años retirado del cine y últimamente sus problemas de salud se han acentuado, aunque sigue sintiéndose atraído por los hombres, como por ejemplo por Clayton Boone (Brendan Fraser), su nuevo jardinero.

Dioses y monstruos (1998) es un perfecto ejemplo de ese tipo de cine de un director ambicioso que suele irritarme más de lo que sería aconsejable pues, pareciendo poseer la capacidad de hacer algo importante, nos acaba estafando de alguna manera. 

El principal problema de Dioses y monstruos es que parece que va a contarnos algo realmente interesante y profundo sobre la figura de James Whale y al final resulta que no cuenta nada, absolutamente nada más allá de su homosexualidad que, además, se presenta de una forma vulgar, dando la imagen de un viejo verde lascivo y irrespetuoso. Se puede ser homosexual y no estar todo el tiempo viendo a los hombres como ganado, que es la conclusión que sacamos con el comportamiento de Whale.

Da la sensación de que en realidad la figura de Whale resultaba un tanto desconocida para el director, que se limita a resaltar los escasos detalles que tal vez conocía con certeza: su enfermedad mental, su obsesión con la Primera Guerra Mundial, su afición a la pintura y su homosexualidad. Y con estos pocos elementos Bill Condon pretende hacer un retrato del personaje y lo que consigue es más bien una caricatura.

Incluso tenía la impresión de que el material para hacer esta biografía era tan escaso que el guión debía rellenarla con flashbacks que en realidad tampoco profundizaban en el personaje, sino que eran pequeños brochazos sin demasiado que aportar. Al igual que el modo tan artificial de introducir la figura de Frankenstein y del amante muerto en la guerra, tan repetitivas ambas que terminan cansando y que tampoco aportan nada especial en cuanto acaban pareciendo meros clichés.

Es verdad que el trabajo de Ian McKellen es muy bueno, pero creo que resulta insuficiente para compensar por sí solo todas las carencias de una película que me resultó tan superficial que nunca me sentí interesado por la figura de James Whale y mucho menos conmovido al faltar un enfoque preciso, profundo de la persona. De ahí que la escena del enfrentamiento de Clayton con Whale al final de la película me pareciera excesivo, pues no cuadraba de ninguna manera con esa monotonía dominante en toda la cinta y se presentaba, desde mi punto de vista, como un intento tan teatral como artificial de crear al fin una escena que insuflara algo de dramatismo a la historia, algo que el director parecía estimar necesario para ofrecer un desenlace poderoso. La indiferencia con la que contemplaba al pobre director flotando en la piscina revelaba la poca sintonía que sentí con un film pomposo y vacío.

Me parece que Bill Condon demuestra en esta película más pretensiones que talento.

jueves, 20 de abril de 2023

Acción civil



Dirección: Steven Zaillian.

Guión: Steven Zaillian (Novela: Jonathan Harr).

Música: Danny Elfman.

Fotografía: Conrad L. Hall.

Reparto: John Travolta, Robert Duvall, Stephen Fry, James Gandolfini, Dan Hedaya, Zeljko Ivanek, John Lithgow, William H. Macy, Kathleen Quinlan, Tony Shalhoub, Bruce Norris, Sydney Pollack. 

Jan Schlichtmann (John Travolta) es un abogado especializado en pleitos con lesiones que se ocupa solamente de aquellos casos en que ve una ganancia económica importante. Por ello, al principio rechaza ocuparse del caso de la señora Anderson (Kathleen Quinlan), cuyo hijo murió de leucemia debido al parecer al agua contaminada de sus tierras, pues no ve beneficio en esa causa.

Acción civil (1998) recuerda mucho a Erin Brockovich (Steven Soderbergh, 2000), por ocuparse de un tema muy parecido. Sin embargo, el tratamiento es bastante diferente.

El tema de un juicio contra dos grandes empresas sospechosas de ser las responsables de la muerte de ocho niños, entre otras víctimas, por contaminar el agua cerca de un pequeño pueblo tiene de entrada un innegable atractivo. En realidad, cualquier film con un juicio de por medio resulta muy apetecible, pues da lugar normalmente a un sutil juego del gato y el ratón entre dos partes bien definidas y claramente enfrentadas por intereses opuestos.

Que el caso que sirve de base a Acción civil sea auténtico añade un plus de verosimilitud a la historia, aunque ello solo quiera decir que se trata de una ficción con una base real.

Para salirse de los caminos más transitados en este tipo de películas, Zaillian, guionista de nada menos que La lista de Schindler (Steven Spielberg, 1993), decide orientar la película hacia los aspectos más técnicos de este tipo de procesos, además de centrarse más en los abogados que en las víctimas. Esto tiene el acierto de que la película es un interesante análisis de los procesos judiciales, con sus trampas, sus faroles y sus mentiras. No se trata, como afirma el cínico abogado Jerome Facher (Robert Duvall), de buscar la verdad, sino de un proceso civil donde parece constatarse que no gana quién tiene razón, sino quien es capaz de resistir más y para eso hace falta dinero. Como en todo, finalmente es el dinero el que mueve los hilos.

Así además es como se presenta a Jan Schlichtmann, un abogado que evalúa los casos en función de los posibles beneficios. Por eso mismo, su transformación en una persona que decide pelear por las víctimas de la contaminación resulta lo menos creíble de un film bastante comedido y realista en su concepción y desarrollo. Supongo que es el peaje que el director está dispuesto a pagar para añadir algo de ética a un relato bastante amoral y descorazonador.

Apoyando decididamente la opción elegida por su director, hemos también de convenir que ello provoca también que la película pierda intensidad, al dejar de lado el filón sentimental de las víctimas y elegir un desarrollo mucho más técnico y frío donde el único drama parece ser la ruina del modesto despacho de abogados del protagonista para poder costear un pleito farragoso y largo; y la ruina de unos abogados no inspira realmente mucha compasión en el público en general.

También hay que reconocer algunos fallos a la hora de contar la historia por parte del director que a veces parece preferir la originalidad en la narración a la eficacia probada de ciertos recursos. Sin embargo, a pesar de todo, Acción civil se mantiene como un retrato bastante coherente de los entresijos judiciales, donde la verdad o la justicia parecen quedarse al margen. Además, la cinta cuenta con un magnífico reparto con nombres tan reputados como James Gandolfini, William H. Macy, Tony Shalhoub, John Lithgow, John Travolta y Robert Duvall.

Hablando con la muerte



Dirección: Oliver Stone.

Guión: Eric Bogosian (Obra: Eric Bogosian y Tad Savinar).

Música: Stewart Copeland.

Fotografía: Robert Richardson.

Reparto: Eric Bogosian, Ellen Greene, Leslie Hope, John C. McGinley, Alec Baldwin, John Pankow, Michael Wincott. 

Barry Champlain (Eric Bogosian) es un irreverente y sarcástico locutor que tiene un programa en la radio de Dallas en el que recibe llamadas de los oyentes sobre los temas más diversos.

Hablando con la muerte (1988) es un film realmente diferente y original sobre la figura de un locutor agresivo, maleducado y cínico que, precisamente por todo eso, ha cosechado un gran éxito en una radio local. 

Barry es feliz con su programa, en el que recibe llamadas de personas con problemas de racismo, soledad, agresividad, drogas... que buscan el extraño apoyo que les brinda el locutor y que suele consistir en insultarlos o desafiarlos. Por ello, es habitual que reciba cartas amenazadoras. Es una enfermiza relación en la que oyentes y locutor parecen alimentarse mútuamente.

Sin embargo, cuando una empresa se muestre interesada en emitir el programa a nivel nacional, Barry empezará a sentirse agobiado, hasta el punto de pedirle a su exmujer Ellen (Ellen Greene) que acuda a pasar unos días a su lado. De repente, parece que empieza a cuestionarse lo que está haciendo, en qué estado está su vida y si en realidad es todo lo sincero que debiera con su público y consigo mismo.

Alimentado por las constantes llamadas de perturbados, Barry parece haber alcanzado un punto crítico en que su trabajo ha llegado a afectarle personalmente, hasta el punto de estallar en plena emisión insultando a sus oyentes y pidiendo que no le llamen y rechazando a Ellen cuando le confiesa que aún le ama. Pero es precisamente esa actitud la que alimenta la paranoia de su público, que lo aman o lo odian con la misma enfermiza pasión.

Con una puesta en escena realmente básica, que puede llegar a resultar opresiva y donde destaca el hábil uso de la cámara para dinamizar la narración, Oliver Stone realiza un retrato de una sociedad desquiciada, enferma, neurótica que acude a pedir consejo y ayuda a alguien que parece más enfermo aún. Sin embargo, a pesar de que el film se centra en un personaje demasiado especial y un público formado sobre todo por perturbados, al que parece complacerle los escarnios a los que lo somete en directo Barry, la crítica a una sociedad angustiada y unos medios de comunicación obsesionados con el éxito sin reparar en cómo lo consiguen es más que evidente. Hay una escena que explica con claridad esta irresponsabilidad de la emisora en su búsqueda de mayores audiencias a toda costa: cuando Barry estalla en plena emisión e insulta a sus oyentes, tenemos la impresión de que todo se le ha ido de las manos y, sin embargo, sus compañeros de trabajo se sienten felices augurando un futuro de éxitos.

La imagen que nos ofrece la película de una sociedad enferma es evidente. Y hoy en día, con la explosión de las redes sociales y la competencia desatada de las grandes compañías de comunicación, con la proliferación de insultos hacia cualquiera amparándose en el anonimato que proporciona internet, con comportamientos irracionales en busca de un minuto de fama, con la difusión de bulos sin confirmar, con la desinformación generalizada, con el mercantilismo sin límite y los programas basura... las denuncias de Hablando con la muerte se quedan cortas y demuestran una certera premonición.

Por cierto, la historia está basada en un hecho real ocurrido en 1984, cuando un locutor de radio fue asesinado en Denver por un grupo de neonazis.

El sueño de una noche de verano



Dirección: Michael Hoffman.

Guión: Michael Hoffman (Obra: William Shakespeare).

Música: Simon Boswell.

Fotografía: Oliver Stapleton.

Reparto: Kevin Kline, Michelle Pfeiffer, Rupert Everett, Stanley Tucci, Calista Flockhart, Anna Friel, Christian Bale, Dominic West, David Strathairn, Sophie Marceau, Roger Rees, Max Wright, Gregory Jbara, Bill Irwin, Sam Rockwell, Bernard Hill, John Sessions.

Finales del siglo XIX, en el pueblo de Monte Atena, en Italia, mientras prepara su boda, el duque Teseo (David Strathairn) debe atender la demanda de Egeo (Bernard Hill) ante la negativa de su hija Hermia (Anna Friel) a casarse con Demetrio (Christian Bale).

Seguramente los más puristas criticarán las licencias que Michael Hoffman se ha permitido al adaptar esta comedia de Shakespeare. Una vez más hemos de convenir que se trata de una adaptación, no una copia literal, y que el cine requiere de una manera de expresión diferente a la literatura. Sentado este principio, he de decir que esta adaptación me ha parecido maravillosa. Es verdad que le falta algo para alcanzar la excelencia, pero aún con sus defectos me parece un espectáculo realmente divertido y hermoso.

Uno de los detalles que han de agradecerse es que se haya conservado el texto en verso. A veces esta elección puede resultar complicada por la espesura que pueden tener las ricas expresiones de Shakespeare. Pero Hoffman ha logrado un bonito equilibrio entre el espíritu de la obra de teatro y su adaptación, de manera que gozamos de unos bellísimos diálogos sin perdernos en densas descripciones o metáforas. El resultado es de una belleza prodigiosa. 

Como lo es la banda sonora elegida para la ocasión, compuesta por reconocidos fragmentos de ópera y música clásica que realzan de manera fantástica la belleza del relato.

Sin duda, Hoffman ha demostrado un buen gusto admirable y su empeño en realizar una adaptación cuidada hasta los mínimos detalles es evidente. 

Lógicamente no podemos dejar de mencionar un reparto espectacular. Todos los actores me parece que brillan de manera especial, favorecidos sin duda por la belleza del conjunto. No es justo destacar a nadie por encima de otros, pero sí que confieso mi debilidad por Stanley Tucci. 

En el debe podríamos achacar una duración un tanto excesiva ya que si bien el nivel del relato es muy bueno, tal vez recortando un poco habría resultado mejor. Pero de todas maneras, El sueño de una noche de verano (1999) me parece una película muy cuidada, hermosa y muy divertida. Es verdad que contar con el texto de Shakespeare como punto de partida ayuda muchísimo, pero también hay que demostrar buen gusto y pericia para conseguir un conjunto tan equilibrado y tan bonito.

miércoles, 19 de abril de 2023

Toda la verdad



Dirección: Carl Franklin.

Guión: Yuri Zeltser y Cary Bickley (Novela: Joseph Finder). 

Música: Graeme Revell.

Fotografía: Theo Van de Sande.

Reparto: Ashley Judd, Morgan Freeman, Jim Caviezel, Amanda Peet, Adam Scott, Bruce Davison, Tom Bower, Michael Gaston, Jude Ciccolella, Juan Carlos Hernández, Michael Shannon, Emilio Rivera, John Billingsley.

La vida de la abogada Claire Kubik (Ashley Judd) sufre un vuelco cuando su marido Tom (Jim Caviezel) es detenido acusado de haber cometido varios asesinatos en el pasado y además descubra que en realidad su verdadero nombre es otro.

Cuando una película parte de un argumento tan rebuscado como Toda la verdad (2002) es fácil adivinar que la historia encierra alguna sorpresa final y que nos van a estar manipulando para mantenernos engañados y que el resultado sea lo más sorprendente posible. Las claves finalmente para que un film de estas características funcione son básicamente dos: que el desenlace, aunque sorprendente, resulte creíble y que el desarrollo de la historia sea interesante y esté bien llevado.

Toda la verdad cumple con estos dos requisitos con lo cuál, a pesar de no ser más que un pasatiempo sin mucho donde rascar, al menos tiene la virtud de resultar aceptablemente entretenido.

Para empezar, el punto de partida es realmente bueno: un hombre que resulta no ser quién dice ser y que ha engañado a su esposa durante bastantes años sobre su pasado, pero que resulta realmente creíble cuando afirma su inocencia y explica de manera del todo convincente las circunstancias que le han llevado a estar dónde está.

Creemos en su inocencia al igual que su esposa y dado que las dificultades para demostrarla son realmente muy elevadas, el caso tiene la suficiente fuerza como para que su desarrollo nos mantenga cautivos en espera del desenlace.

Carl Franklin sabe jugar con habilidad con los giros del argumento, las amenazas constantes que se ciernen sobre Claire, las sospechas sobre sus aliados y enemigos... La trama avanza pues con suficiente fuerza como para mantenernos en vilo todo el tiempo y los necesarios instantes de peligro e incertidumbre se suceden de manera perfectamente planificada y funcionan bastante bien.

Hay que reconocer que contar con Morgan Freeman es toda una garantía, pues su presencia siempre resulta altamente convincente. Y encima Ashley Judd consigue un equilibrio muy acertado entre la determinación por defender a su marido y las lógicas dudas que descubrir una realidad inesperada le despiertan. Además, su fragilidad aporta un elemento más muy interesante para el desarrollo de la historia. En cambio, la presencia de Amanda Peet en el papel de su hermana resulta un pegote un tanto innecesario.

Tampoco el final desentona y, aunque es bastante previsible, parece el broche más apropiado para la película. La conclusión de que todos han mentido y que no hay realmente más que víctimas en la historia es bastante consecuente con todo lo que hemos visto.

Pero no nos engañemos, Toda la verdad no pasa de ser un thriller del montón. Está bien realizado, tiene un punto de partida intrigante y el director lleva el desarrollo sin errores y con fluidez, pero el guión resulta demasiado estereotipado como para destacar.

Si buscas pasar un rato de entretenimiento sin muchas expectativas, sin duda el film cumple con ello. 

Arabesco



Dirección: Stanley Donen.

Guión: Julian Mitchell, Stanley Price y Pierre Marton (Novela: Gordon Cotler).

Música: Henry Mancini.

Fotografía: Christopher Challis.

Reparto: Gregory Peck, Sophia Loren, Alan Badel, Kieron Moore, Carl Duering, John Merivale, Duncan Lamont, George Coulouris, Ernest Clark, Harold Kasket. 

El profesor Ragheeb (George Coulouris) es asesinado para poder obtener un jeroglífico que llevaba oculto. Tanto sus asesinos como el primer ministro de un país de Oriente Medio intentan convencer al profesor Pollock (Gregory Peck), famoso egiptólogo, para que traduzca dicho mensaje.

Stanley Donen es conocido por sus impecables musicales pero en los años sesenta del siglo XX, coincidiendo con la época en que vivió en Inglaterra, le dio por probar suerte con el thriller con toques de comedia. Suya es Charada (1963) y esta Arabesco (1966), ambas de corte muy similar.

No parece que el thriller case muy bien con la comedia aunque, como siempre, dependerá de un buen guión para que esa mezcla funcione correctamente. En el caso de Arabesco por desgracia no es así y la culpa es, naturalmente, del guión, porque el tono cómico es un tanto infantil y no ayuda para nada al desarrollo de una historia bastante confusa y mal diseñada.

Para empezar, la trama se complica demasiado, a veces de manera innecesaria, con personajes que aparecen y no aportan nada y una confusión con los nombres de algunos que podría haberse resuelto de manera mucho mejor, por ejemplo, llamándole a cada uno con un solo nombre en lugar de utilizar a veces el nombre de pila y otras el apellido. Entre este detalle y los giros continuos de la historia llega un momento en que casi se pierde el interés por el enigma del jeroglífico, además de intuir que su resolución, como así ocurre, será finalmente un tanto simple y algo absurda en relación con las expectativas generadas.

Los villanos de la historia, además, son un poco idiotas como para dar la sensación de peligrosos, con lo que nunca tememos por la suerte de Pollock. Está claro que en este tipo de películas sabemos de antemano el final, pero aún así se puede añadir algo de intensidad con unos villanos creíbles y con ciertos rasgos de crueldad, por ejemplo. Pero hasta los actores elegidos resultan casi grotescos por lo mal que interpretan sus personajes. Y es que otro problema de Arabesco es que, salvo Gregory Peck y Sophia Loren, muy atractiva, el resto de actores demuestran un nivel más bien pobre.

Es cierto que con el personaje de Yasmin (Sophia Loren) el guión juega hábilmente la carta de la confusión, de manera que se tarda mucho en aclarar de qué lado está realmente, añadiendo un punto de incertidumbre que al menos en este caso funciona bastante bien, aún sabiendo que es poco probable que esté en el bando equivocado.

Otro problema añadido de las películas de la década de los sesenta es que suelen tener una estética muy personal, un tanto psicodélica, y no es algo que me entusiasme realmente. Aquí, por ejemplo, el director abusa de los movimientos de la cámara y el uso de lentes que le dan ciertamente un estilo muy personal a la cinta pero personalmente no me convence en absoluto. Incluso la estética de esos años convertía a las actrices en señoronas con peinados imposibles y vestidos absurdos que arruinaban el posible encanto para generaciones futuras.

Si además le sumamos algunas escenas realmente absurdas, como cuando intentan matar a Pollock y Yasmin con la bola de demolición o la escena en el hipódromo, por citar dos casos realmente ridículos, entendemos que más que un film de suspense parece una payasada infantil que roza a veces el esperpento.

1917



Dirección: Sam Mendes.

Guión: Sam Mendes y Krysty Wilson-Cairns.

Música: Thomas Newman.

Fotografía: Roger Deakins.

Reparto: George MacKay, Dean-Charles Chapman, Mark Strong, Andrew Scott, Richard Madden, Benedict Cumberbatch, Colin Firth.

Primera Guerra Mundial. En vísperas de un importante ataque contra las posiciones alemanas, a los cabos Tom Blake (Dean-Charles Chapman) y William Schofield (George MacKay) se le encomienda la misión de transmitir la orden de detener el ataque, que de llevarse a cabo sería desastroso para los aliados.

El cine bélico parece querer renacer con fuerza últimamente y no faltan título ambiciosos que procuran devolverle glorias pasadas. Sin embargo, 1917 (2019) resulta una propuesta realmente arriesgada pues el argumento nos recuerda irremediablemente a Salvar al soldado Ryan (Steven Spielberg, 1998) al implicar a un soldado que ha de detener un ataque en el que participa su hermano mayor, debiendo desplazarse por un terreno donde es posible que aún esté el enemigo.

Sam Mendes parece optar por un enfoque decididamente técnico, donde poder demostrar sus habilidades con la cámara. Así, hay que destacar indudablemente la puesta en escena mediante un solo plano secuencia, si bien ello no es cierto del todo, pero el director sabe disimular los cortes imprescindibles de manera que no son percibidos por el público. Se trata pues de un ejercicio sin duda complicado y que Mendes resuelve con acierto, aunque también es verdad que algunos momentos parecen algo forzados y el protagonismo de la cámara, que a mi entender debería pasar desapercibida, resulta un tanto molesto.

Pero el principal problema de 1917 no es ese protagonismo, sino que el impecable diseño de producción no tenga una réplica equivalente en cuanto a la densidad de lo que se nos cuenta. La dificultad de la misión encomendada a los protagonistas debería reflejarse en la intensidad del relato, pero lamentablemente no es así. Salvo en la escena con el bebé, realmente conmovedora, el resto de la película me pareció muy fría, incluso en los dos momentos capitales en los que desgraciadamente no sentí ninguna emoción especial, más allá de lo doloroso de cualquier pérdida.

Y por eso cobra más fuerza la alargada sombra de Salvar al soldado Ryan donde Spielberg, sin renunciar a una proeza técnica que incluso supera a la de Sam Mendes, pues el comienzo de su película es lo mejor que se ha visto en el género, demuestra que es capaz de conmovernos con una eficacia que Mendes no alcanza ni de lejos.

No digo que 1917 no sea un film interesante pero, como suele pasar a menudo en el cine actual, la pericia en la puesta en escena no tiene correspondencia en el fondo, dejando películas que, como ésta, deslumbran por su fotografía y diseño de producción pero son frías e incluso un tanto impersonales, pues cualquiera con buen gusto y medios podría crear algo parecido. Lo difícil es conseguir emocionar al espectador, contar una historia con verdadera fuerza. Mendes no lo consigue y además, cuando ha de crear momentos realmente intensos, lo estropea. Por ejemplo, no resulta muy eficaz el hacer que el cabo William escape corriendo de los enemigos sin intentar siquiera disparar ni una vez; como no se entiende que no lo dejen pasar a ver al coronel Mackenzie (Benedict Cumberbatch) a pesar de explicar que lleva una orden del alto mando y, una vez ante el coronel, éste se niegue en principio a leer la orden. Ambos momentos resultan inconcebibles y demuestran el poco sentido común de un guión que tiene que recurrir a tales artimañas para buscar un poco de dramatismo.

1917 ganó tres Oscar: a la mejor fotografía, sonido y efectos visuales. Los tres del apartado técnico, claro está.