El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Máximo riesgo




Dirección: Renny Harlin.
Guión: Michael france y Sylvester Stallone (Historia: Michael France).
Música: Trevor Jones.
Fotografía: Alex Thomson.
Reparto: Sylvester Stallone, John Lithgow, Michael Rooker, Janine Turner, Rex Linn, Caroline Goodall, Leon, Max Perlich.

Gabe Walker (Sylvester Stallone) es un experto alpinista, miembro de un equipo de rescate de alta montaña en Las Rocosas. Desgraciadamente, durante el rescate de su amigo Hal Tucker (Michael Rooker) y su novia Sarah (Michelle Joyner), no logra sujetar a Sarah, que muere despeñada. Agobiado por los remordimientos, Gabe abandona el trabajo. Cuando regresa, casi un año después, en busca de su novia Jessie (Janine Turner), se verá implicado en una peligrosa misión, la más arriesgada de su vida.

La carrera de Stallone, tras los éxitos de Rocky (John G. Avildsen, 1976) o Acorralado (Rambo) (Ted Kotcheff, 1982), había ido perdiendo fuerza a base de interpretar secuelas de esos films y otros de menor interés, tocando fondo con una poco afortunada inclusión en la comedia con ¡Alto! o mi madre dispara (Roger Spottiswoode, 1992). Así pues, Máximo riesgo (Renny Harlin, 1993) era una especia de apuesta para devolverlo al camino del éxito. Y la verdad es que la película tuvo una buena aceptación en su momento, aunque finalmente no consiguió relanzar la carrera de Stallone.

El principal problema de Máximo riesgo es su guión, en el que participa el propio Stallone. Se trata de un guión muy poco original, que abunda en tópicos, como el héroe atormentado por un accidente mortal o unos malos malísimos pero, a la vez, de dudosa credibilidad; una simplista e infantíl separación de buenos y malos sin medias tintas y con unos trazos tan claramente delimitados como artificiosos; una amistad a prueba de bombas que ha de superar un duro trance; los buenos son un dechado de virtudes sin tacha, etc, etc. En realidad, parece que se trata de crear un soporte más o menos interesante, con sus dosis de violencia y de drama lacrimógeno, para lo que de verdad es el eje de la película: una colección de imágenes impactantes y espectaculares de montañas y hombres escalándolas y luchando contra una naturaleza agreste. Esta es la verdadera fuerza de la película, lo único que puede justificar verla, pues la historia, como decía, no es más que un cúmulo de tópicos sin mucho interés.

A nivel de reparto, Sylvester Stallone es la figura principal, el alma de la película. Conocidas sus limitaciones como actor, el film parece que solo pretende poner en evidencia su espectacular físico en un escenario impresionante. Junto a él, un elenco de actores más o menos correctos y con alguna cara bonita en medio, como Janine Turner. Quizá se podría destacar a John Lithgow, el malo de turno, de una crueldad enfermiza, pero sin que su interpretación sea tampoco nada del otro mundo.

Renny Harlin, que había dirigido La jungla 2: Alerta roja (1990), muestra cierta pericia para filmar este tipo de historias, aunque es verdad que tampoco nos va a sorprender con un estilo novedoso u original. Se limita a filmar con criterio y dejar que el escenario y los efectos especiales hagan el resto.

Máximo riesgo es, en pocas palabras, un film de acción sin más, como tantas otras películas que se ruedan cada temporada. Cuenta con la ventaja de tener a Stallone, con el tirón que eso suponía en la época, y el detalle original de desarrollarse en medio de un paisaje espectacular. No le pidan mucho más que hacernos pasar un rato más o menos entretenido. Si tienen un espíritu crítico o una mirada escrupulosa, descubrirán todas las limitaciones y exageraciones del film y, entonces, mejor no pierdan el tiempo con esta historia.

martes, 13 de septiembre de 2011

El ultimátum de Bourne



Cuando un periodista de The Guardian, Simon Ross (Paddy Considine), empieza a publicar una serie de artículos sobre la figura de Jason Bourne (Matt Damon) y un programa llamado Treadstone, tanto los servicios secretos norteamericanos como el propio Bourne se lanzarán sobre él para intentar averiguar lo que sabe y, sobre todo, quién es su fuente de información. Sin embargo, cuando Bourne consigue contactar con Ross, éste será eliminado. Jason Bourne deberá seguir buscando pistas que le lleven a descubrir su pasado.

El ultimátum de Bourne (Paul Greengrass, 2007) es la tercera y definita entrega de la trilogía inaugurada en el año 2002 por El caso Bourne (Doug Liman) y que tendría su continuación con El mito de Bourne, dirigida también por Greengrass en el año 2004. Y la verdad es que, vista esta entrega, parece ser que la trama estaba ya en las últimas.

Si el fuerte de las dos películas precedentes residía en un ritmo trepidante y una apasionante intriga, por un lado, y la sensación de total verosimilitud de la historia, en El ultimátum de Bourne empiezan a flaquear un poco estos fundamentos. En parte, porque la historia ya parece haber dado de sí cuanto podía; en parte, por un guión que no parece tan sólido como los anteriores, careciendo de la originalidad y la intensidad de aquellos. Puede ser porque la historia repite un tanto la intriga de El mito de Bourne, apareciendo más traidores en el seno de la CIA que de nuevo intentan eliminar a toda costa a Jason Bourne, enviando otra vez a un asesino implacable detrás de sus pasos. La trama se repite y, por tanto, pierde frescura y hasta credibilidad en algunos momentos. Hasta los diálogos parecen más banales.

El resultado es que, eliminado el factor sorpresa, la intriga decae y con ello nuestro interés. Hasta el punto que, bien mirado, el origen de Bourne, lo que le llevó a convertirse en un asesino implacable, deja de parecernos el verdadero centro de interés. Incluso la escena en que se enfrenta al doctor Albert Hirsch (Albert Finney), el creador de su programa de entrenamiento, no está resuelta con brillantez, quedando casi como un trámite necesario pero sin mucha fuerza. De nuevo, un guión que ha ido perdiendo intensidad.

En cambio, la labor de Greengrass en la dirección resulta mucho más equilibrada que el El mito de Bourne, donde abundaban los movimientos constantes de cámara. Aquí sabe dosificar mejor el uso de las cámaras y deja los movimientos nerviosos para las escenas de acción donde, como en la entrega precedente, vuelve a mostrar su talento para filmar persecuciones realmente soberbias. En este caso, una a pie por las calles de Tánger y otra de coches, también de un gran nivel. Sin duda, lo mejor de esta película.

En cuanto a los actores, repite, lógicamente, Matt Damon, de nuevo impecable en su papel, y también repiten las dos actrices principales, Julia Stiles, con presencia en las tres entregas, como Nicky Parsons, enlace de Bourne en su época en activo, y Joan Allen, como Pamela Landy, la única en la CIA que parece confiar en Bourne y que repite prácticamente su rol de la segunda entrega. Ambas resuelven con solvencia su trabajo. Los malos de turno en este caso son David Strathairn, bastante bien en su papel, y Scott Glenn y Albert Finney, correctos pero con una presencia demasiado breve.

Así pues, El ultimátum de Bourne me parece la más endeble de las tres entregas. El ritmo decae un poco, la trama pierde frescura, el factor sorpresa desaparece casi por completo y, en definitiva, el film nos demuestra que la historia ha dado de sí todo cuanto podía dar. Con todo, no es una mala película, ni mucho menos, pero se sitúa un escalón más abajo que las anteriores. Curiosamente, El ultimátum de Bourne fue la única de la trilogía que recibió el premio de los Oscars, ganando en los tres apartados en los que fue nominada: mejor montaje, sonido y efectos sonoros. 

El mito de Bourne



Segunda entrega de la trilogía de Bourne, tras la soberbia El caso Bourne (Doug Liman, 2002). El mito de Bourne (Paul Greengrass, 2004) tenía la difícil tarea de mantener el nivel alcanzado por la primera parte. Afortunadamente, Tony Gilroy, co-guionista de la primera entrega, se encarga también del guión de esta película. El resultado es de nuevo notable.

Jason Bourne (Matt Damon) ha desaparido del mapa, refugiándose en Goa, en la India, con su novia Marie (Franka Potente). Sin embargo, un día aparece un extranjero que va tras su pista. Bourne inicia la huída con Marie perseguidos por el que parece ser un asesino enviado a matarlo. Desgraciadamente, será Marie la que resulte muerta en la persecución. Al mismo tiempo, en Berlín, son asesinados un agente norteamericano y un confidente soviético cuando realizaban una transacción y las pruebas halladas incriminan directamente a Bourne.

El caso Bourne había dejado muy alto el listón y realizar esta película entrañaba no pocos riesgos. Para empezar, El mito de Bourne partía con la desventaja de no contar con el factor sorpresa de la primera entrega. Pero para paliar este detalle, El mito de Bourne comienza con la muerte de Marie, un detalle que nos deja descolocados, al estilo de Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960), y que nos pone en guardia de manera que no tengamos ninguna idea preconcebida. El golpe es eficaz, pues a partir de ese momento permaneceremos en un estado de alerta que ya no nos abandonará en toda la película.

El argumento parece complicarse un poco en esta ocasión. Es algo consustancial a este tipo de películas de espionaje, traiciones y mentiras. Pero ahí reside a la vez lo que puede hacer creíble a este tipo de argumentos, que no sean excesivamente lineales y simplones. Además, el mérito del guión es notable al conseguir que sigamos la trama sin demasiadas complicaciones, a base de un recurso tan elemental como eficaz: mostrar en lugar de contar. Se elude el riesgo evidente a marearnos con nombres y todo termina por comprenderse sin mucho problema.

Pero el punto fuerte de esta trilogía es, principalmente, la acción y la tensión. Y Paul Greengrass se encarga de no darnos muchos momentos de tranquilidad. En esta entrega asistimos a algunas de las mejores escenas de acción de los últimos tiempos, en especial la persecución en coche por las calles de Moscú, y eso que es un recurso que hemos visto cientos de veces, pero el dinamismo de la persecución y lo maravillosamente que está filmada hacen de esta secuencia una pequeña joya. Es cierto, también, que Greengrass recurre durante toda la película a unos movimientos nerviosos de la cámara que, si bien cumplen de manera notable con la misión de dinamizar la acción y mantenernos en vilo, a la larga resultan un poco molestos y pueden cansarnos la vista. Tal vez hubiera sido mejor dosificarlos algo más. Junto a esta cámara nerviosa, Greegrass utiliza con muy buen criterio la música como un elemento más para generar tensión. El resultado es que la película se pasa muy rápidamente y no tenemos tiempos muertos.

Pero para que la historia funcione, ciertamente debe ser creíble. El mérito de la película, y en general de las otras que componen la serie, es que tanto la figura de Bourne, una especie de super hombre, como las tramas y las escenas de acción resultan del todo creíbles, a pesar de la espectacularidad de las mismas. Mérito, sin duda, de un guión bien trabajado donde prima la inteligencia a la hora de plantear situaciones y darles solución, evitando los engaños o soluciones fáciles a base de sorpresas de última hora. De esta manera nos implicamos mucho más en la historia, que nos resulta en todo momento plausible. Pero tampoco todos son aciertos; algunos momentos están traídos un tanto por los pelos, pero la imagen global que sacamos del argumento es que está bien construido y nos propone una historia ciertamente atractiva e interesante.

Y en esta línea, es evidente que el personaje de Bourne debe resultar también creíble. Y la verdad es que Matt Damon encarna de manera brillante a su personaje. Sin exageraciones, resulta un agente del todo creíble. Imprime a su personaje una seguridad y un aplomo genuinos sin carecer, a su vez, de un toque humano y unas debilidades que lo alejan, afortunadamente, de la imagen de tantos héroes de cartón piedra que pueblan muchas películas de aventuras. El resto de actores también resultan muy convincentes, cada uno en su papel, contribuyendo a reforzar la imagen de autenticidad de la trama.

Resulta casi inevitable establecer comparaciones entre esta entrega y la primera. Seguramente, habrá opiniones para todos los gustos. Personalmente, me quedo con El caso Bourne por dos razones fundamentales: la trama de la primera, más original y con el factor sorpresa que ya no tiene El mito de Bourne y, en segundo lugar, por gustarme más el trabajo de Doug Liman tras la cámara que la nerviosa puesta en escena de Paul Greengrass.

Pero, comparaciones a parte, estamos ante un film apasionante, lleno de intriga y tensión, que mantiene en todo lo alto el pulso de la trilogía. Muy, muy recomendable.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Independence Day




Dirección: Roland Emmerich.
Guión: Dean Devlin, Roland Emmerich.
Música: David Arnold.
Fotografía: Karl Walter Lindenlaub.
Reparto: Will Smith, Jeff Goldblum, Bill Pullman, Mary McDonnell, Judd Hirsch, Randy Quaid, Margaret Colin, Robert Loggia, James Rebhorn, Harvey Fierstein, Vivica A. Fox, Harry Connick Jr., Dan Lauria, Adam Baldwin, Brent Spiner, Lisa Jakub, James Duval, Mae Whitman, Leland Orser, Erick Avari, Derek Webster.

Estamos ante un gran éxito de taquilla en su momento, con recaudaciones millonarias; lo que viene a confirmar que el cine espectáculo tiene tirón, el inestimable papel de un atractivo envoltorio, con el que los norteamericanos saben arropar sus productos, y la eficacia de una buena promoción, aunque el resultado final no esté a la altura de las espectativas.

En vísperas del cuatro de julio, fiesta nacional norteamericana, gigantescas naves espaciales hacen su aparición por todos los continentes. A la expectación y curiosidad inicial le sigue el pánico a nivel mundial a descubrir que los visitantes pretenden exterminar a la raza humana. Además, se trata de seres muy superiores con una tecnología bélica demoledora y aparentemente inexpugnable.

Independence Day (Roland Emmerich, 1996) es, ante todo, un film de ciencia ficción que lo basa todo en una acción trepidante y unos efectos especiales espectaculares. Es el cine de palomitas puro y duro, con un envoltorio de lujo, fruto de unos medios lo suficientemente generosos. Por lo tanto, a nivel visual, la película es realmente impactante, con efectos colosales y un despliegue de medios sorprendente. La pregunta que se plantea es si ello es suficiente para contentarnos. Evidentemente, la película resulta entretenida, gracias a esos efectos especiales que mencionaba, y tiene un ritmo bastante ágil, que alterna las espectaculares escenas de acción con breves momentos de contenido humano que pretenden implicarnos en las vicisitudes de los protagonistas. Y es aquí donde Independence Day muestra unas carencias y unas debilidades demasiado importantes como para pasarlas por alto.

En primer lugar, el guión es realmente flojo; está plagado de tópicos, de personajes simplificados al máximo, diálogos sin chispa y una trama tan básica y tan manida que por momentos produce vergüenza ajena. Ello convierte a la película no sólo en absolutamente previsible, sino en un film empalagoso, ramplón, tendencioso y de un patriotismo rancio y repelente. Un ejemplo, la derrota de los invasores se culmina un cuatro de julio, gracias a la inicitiva norteamericana, que coordina a todos los países del globo en una lucha común contra el invasor. ¿Consecuencia? ese día pasará a ser, en el film, una fiesta no solo americana, sino mundial. ¿Otro ejemplo? el mismo presidente de los Estados Unidos será quién lidere el escuadrón de cazas en el ataque final.

Pero hay muchos más momentos ridículos e increíbles que convierten a Independence Day en un film lleno de momentos absurdos, como que el capitán Steven Hiller (Will Smith) afirme que puede pilotar una nave extraterrestre sólo con verla volar o las fantasmadas típicas del peor cine propagandístico norteamericano, con actos heróicos grandiosos y personajes de cartón piedra que no dejan de mostrar el camino correcto y virtuoso. No faltan tampoco momentos lacrimógenos, donde no se duda en recurrir a tiernos niños de corta edad para aumentar el dramatismo, pero todo dentro una trama tan burda, tan elemental y tan previsible que no consiguen más que aumentar la impresión de manipulación tosca, de maniqueismo de catecismo por parte de los padres de este film. Sencillamente, lamentable.

Evidentemente, se ve que todos los medios se desplegaron en el apartado técnico. El resto del film se ha quedado en un mero armazón de muy pobre construcción. Incluso a nivel de los actores, el resultado es bastante pobre, y eso que el reparto incluye actores de cierto renombre. Personalmente, Will Smith me resulta un actor simpático y aquí cumple con cierta holgura con su papel, que recuerda otros trabajos suyos, de militar algo chulito pero lleno de talento. Un personaje lleno de tópicos que, sin embargo, no es de los peores. A su lado, Jeff Goldblum cumple sin más; no está mal aunque cuesta creerse su papel. Quién sale quizá peor parado es Bill Pullman como presidente de los Estados Unidos. No sólo no resulta creíble, sino que no da la talla y se muestra casi apático en muchas escenas cruciales del film. El resto del plantel, con secundarios muy experimentados, como Robert Loggia o James Rebhorn, el malvado y torpe director de la CIA, cumplen sin más; no se puede decir que desafinen, pero tampoco nos seducen porque al final uno no termina de creerse a los personajes. Puede que parte de la culpa se deba al ya mencionado guión, rematadamente malo, que no termina de definirlos y se limita a poblar la historia de arquetipos muy elementales muy poco convincentes. Como en los peores folletines, al final todos los personajes principales terminan por estar tan estrechamente relacionados entre sí que más parece tratarse de un patio de vecinos que de una trama a nivel mundial.

En cuanto a su director, el alemán Roland Emmerich, decir que este tipo de films parecen ser su debilidad. Especializado en películas de ciencia ficción enfocadas primordialmente a la taquilla, como Soldado Universal (1992) o Stargate (1994), parece moverse bien en este terreno, siendo unos de los directores con más millones recaudados en los últimos tiempos. Sabe mantener el ritmo y garantiza el espectáculo, pero parece despreciar el resto de elementos de una película, empezando por el guión, del que Emmerich es autor junto con Dean Devlin.

Una pena, por tanto, que con tal cantidad de medios y tantas posibilidades, Independence Day termine resultando una especie de caricatura de sí misma y de tantas buenas películas de ciencia ficción, más modestas en medios y pretensiones, pero mucho más auténticas.

domingo, 28 de agosto de 2011

West Side Story



Sin duda, uno de los musicales estrella de Hollywood. West Side Story (Robert Wise y Jerome Robbins, 1961) es una de esas películas que estás obligado a ver aunque, como en mi caso, el género no me entusiasme lo más mínimo.

Los Jets, de origen irlandés, y los Sharks, portorriqueños, son dos bandas que se disputan la supremacía en las calles del West Side. Las peleas son contínuas, hasta que los Jets deciden retar a los Sharks a una pelea definitiva. Con lo que nadie ha contado es con que María (Natalie Wood), hermana de Bernardo (George Chakiris), jefe de los Sharks, y Tony (Richard Beymer), un ex miembro de los Jets, se enamoren perdidamente.

West Side Story es la adaptación del éxito de Broadway de mismo título, estrenado en 1957, basado en la obra Romeo y Julieta de William Shakespeare y que contaba con la coreografía de Jerome Robbins, que codirigirá esta versión para el cine, además de colaborar en el guión, encargándose de los números musicales, mientras que Robert Wise filma el resto.

La idea de adaptar el drama de Romeo y Julieta a las luchas juveniles en calles de Nueva York venía a aportar una línea novedosa a la temática del musical. En este sentido, West Side Story parece situarse en la vanguardia del momento, buscando adaptar el género a los nuevos tiempos. Los números de baile se funden con el argumento y no falta la crítica social hacia el problema de la inmigración, el racismo o el paro juvenil. Incluso la música compuesta por Leonard Bernstein ofrece también ciertas novedades, como son la aparición de ritmos latinos o de jazz. También resulta novedoso, en parte, el uso de los colores, en especial el rojo, como un elemento más para resaltar la carga dramática de las escenas. Incluso se recurre a utilizar los desenfoques en un par de escenas (cuando María y Tony se encuentran en el baile y cuando cantan junto a la casa de ella). Visualmente, por tanto, se trata de una obra especialmente bien cuidada.

Sin embargo, bajo estas novedades, lo que subyace en el fondo es otro musical de corte clásico que recuerda a aquellos de la época dorada en cuanto a gusto por la aparatosidad, la grandiosidad y el espectáculo sin restricciones. Así, la teatralidad de muchos de los números es evidente, al igual que la sensación de artificiosidad y una manera de sobreactuar que no termina de seducirme. Es cierto que la música de Bernstein es notable. De hecho, es lo mejor de la película, junto a unos decorados que me han sorprendido muy gratamente: las casas del West Side, sus callejuelas, las ropas tendidas..., de lo mejor del film para mí.

Como decía, la banda sonora contiene temas que ya son verdaderos clásicos, como "María" o "Tonight", destacando quizá por encima de todos "I like to Be in America", por la carga de denuncia y de crítica del sueño americano, así como una coreografía muy buena. Pero he de confesar que la proliferación de tantos números musicales terminó por cansarme. Puede que porque este género no me guste mucho, pero también porque creo que junto a esos números clásicos hay otros muchos de un nivel bastante inferior. Además, el guión no es nada del otro mundo y, quitando los números musicales, la otra parte de la película no tiene demasiada fuerza, con algunas escenas un tanto empalagosas y diálogos no muy inspirados. Además, al tratarse de un musical, he sentido que el drama de la historia perdía fuerza, intensidad. No sé si por un fallo del guión, pero entre tanto número musical, que le da a la película un tono algo irreal, el drama de los enamorados perdía carga dramática, con lo que no terminaba de implicarme en la tragedia, que tenía lugar sin llegar a conmoverme realmente.

En cuanto al reparto, hay de todo. Me gustó mucho Natalie Wood, con ese rostro angelical y desprendiendo inocencia por los cuatro costados. En cambio, Richard Beymer, en el papel de Tony, me resultaba un poco empalagoso. Hubiera estado mejor Elvis Presley, en quién se pensó para el papel, pero al que su manager disuadió de aceptar. Por cierto, ni Natalie Wood ni Richard Beymer sabían cantar ni bailar, por lo que tuvieron que ser doblados y se limitaron sus pasos de baile. Rita Moreno, por el contrario, estaba brillante en los números de baile, llena de gracia y sensualidad. El resto del reparto, incluyendo claro está al oscarizado George Chakiris, me pareció muy bueno en sus coreografías, pero con esa tendencia tan típica de los films clásicos del género a la sobreactuación, algo que no termina de gustarme.

Pienso que la película acusa, además, el paso del tiempo. En general, el argumento resulta un tanto blando; bajo las críticas sociales se percibe un tono bien intencionado, una especie de fe en el futuro basada en la condescendencia y por esa tendencia de Hollywood a no ceder al pesimismo. De ahí el rayo de esperanza que se adivina al final de la película, cuando las bandas rivales ayudan a transportar el cuerpo de Tony. La historia de amor está tratada también de manera un poco cursi y aquí si que se nota con fuerza el paso de los años.

Sin embargo, West Side Story fue un éxito tremendo en su momento. Logró nada menos que once nominaciones y de ellas se llevó nada menos que diez Oscars: mejor película, mejor director (Wise y Robbins), mejor actor secundario (George Chakiris), mejor actriz secundaria (Rita Moreno), mejor dirección artística, mejor fotografía, vestuario, montaje, banda sonora y sonido. Solamente se quedó sin premio el guión de Ernest Lehman.

En resumen, un clásico del musical un tanto envejecido y quizá sobrevalorado, pero que forma ya parte de la historia del género y hasta del cine y que, por unas razones u otras, es necesario ver, al menos, una vez.

domingo, 21 de agosto de 2011

Shoot 'Em Up (En el punto de mira)




Dirección: Michael Davis.
Guión: Michael Davis.
Música: Paul Haslinger.
Fotografía: Peter Pau.
Reparto: Clive Owen, Paul Giamatti, Monica Bellucci, Greg Bryk, Stephen McHattie, Daniel Pilon, Sidney Mende-Gibson, Lucas Mende-Gibson, Ramona Pringle.

El primer impulso que se tiene a los cinco minutos de empezar a ver Shoot 'Em Up (2007) es el de apagar el televisor y hacer otra cosa. El film comienza con un derroche de sangre increíble, sorprendente, irreal y gratuito que parece que no va a ninguna parte. Si nos quedamos hasta el final, seguramente que no variará nuestra opinión sobre la película, aunque algunos detalles merecen un pequeño comentario.

El Sr. Smith (Clive Owen), un personaje solitario y algo huraño, se ve envuelto en una misteriosa conspiración cuando decide ayudar a una mujer embaraza perseguida por un matón despiadado. Aunque no consigue salvar la vida de la mujer, sí que salva a su hijo, al que ayuda a nacer, y al que intenta eliminar un ejército de matones.

Escrita por el propio director, Shoot 'Em Up es un film de pura acción, prácticamente sin más que ofrecer. En este sentido, su guión muy elemental y la sucesión de escenas de acción desde el mismo comienzo de la película, cuando aún no conocemos ni a los personajes, la emparentan muy de cerca con ese cine barato e incluso algo cutre que no llega ni a serie B. Pero, a pesar de su planteamiento directo y descarado hacia un cine de acción pura y dura, la película no es mala técnicamente, lo que la eleva un peldaño por encima de otros productos similares pero visual y técnicamente mucho más limitados y burdos.

Sin embargo, que Michael Davis se esfuerce en ofrecernos un producto visualmente bien trabajado, con cierta dosis de preocupación estética, no implica que estemos ante un film de una simpleza argumental total y, por momentos, rozando lo absurdo. El problema, tal vez, es no haber potenciado más el humor a la hora de diseñar el guión. Tanta simplicidad, tal grado de irrealidad y tanta violencia gratuita habrían salido ganando si Davis se hubiera decantado por reirse abiertamente de su historia. Y hay pequeños detalles de humor negro que le sientan bastante bien a la película, pero a la larga son demasiado escasos y se ven devorados por el tono sangriento y fantástico de la cinta.

Como decíamos, el argumento es de lo más sencillo y, al final, comprendemos que tan sólo sirve como frágil armazón a lo que de verdad persigue el director: presentarnos una sucesión constante de escenas de tiros, con muchos detalles realmente sangrientos y rozando lo grotesco, a cada cuál más increíble y absurda que la siguiente. Es en medio de un tiroteo, por ejemplo, que nuestro héroe ayuda a la mujer a dar a luz, matando a diestro y siniestro mientras hace de comadrona. En otra secuencia, se carga a otra partida de matones mientras hace el amor con la hermosa Monica Bellucci, que disfruta de un orgasmo mientras el Sr Smith dispara a cuanto pistolero asoma la nariz. Las proezas del protagonista no sólo son increíbles y exageradas hasta límites sorprendentes, sino que pienso que hasta físicamente imposibles muchas de ellas. Y así a lo largo de toda la película. Es, parece ser, el único medio con que cuenta Davis para sorprendernos y mantenernos enganchados a la pantalla. Llega un momento en que tantas proezas imposibles del protagonista, acompañadas de algunas de las frases más estúpidas que he escuchado en una película, consiguen que soltemos más de una carcajada. El problema es que me temo que no era esa la intención del director-guinosta.

El trabajo de los actores, en realidad tan sólo deberíamos hablar de Clive Owen, Monica Bellucci y Paul Giamatti, pues el resto se limitan a muy breves apariciones, es elemental, tosco y muy poco convincente. Quizá Giamatti destaque un poquito más que Owen y Bellucci, ambos limitándose a lucir su físico.

Previsible y muy estereotipada, con abundantes detalles ridículos y una historia absurda, Shoot 'Em Up requerirá del espectador, para que éste pueda tal vez disfrutarla mínimamente, que desconecte el cerebro y la afronte con una mentalidad sin el mínimo espíritu crítico. La película sirve exclusivamente para pasar el rato, siempre que la violencia no nos resulte insoportable, porque en ese caso ni para eso servirá, y con la condición de que no nos tomemos en serio semejante patochada. Si es así, hasta puede hacernos reir por momentos. Para aquellos espectadores más serios y sensibles les recomiendo que huyan de esta película como alma que pesigue el diablo.

martes, 2 de agosto de 2011

A las nueve cada noche



Dirección: Jack Clayton.
Guión: Jeremy Brooks y Haya Harareet (Novela: Julian Gloag).
Música: Georges Delerue.
Fotografía: Dennis C. Lewiston.
Reparto: Dirk Bogarde, Margaret Brooks, Pamela Franklin, Louis Sheldon-Williams, Mark Lester, John Gugolka, Phoebe Nicholls.

A las nueve cada noche (1967) es el título que en España le dieron al film británico Our Mother's House, mucho más preciso y acorde con la historia que se nos cuenta en este extraño y hasta cierto punto fascinante relato, a medio camino entre el terror y el drama infantil.

Cuando muere su madre, tras una larga enfermedad, sus siete hijos deciden enterrarla en el jardín de la casa y ocultar al resto del mundo su fallecimiento, para poder así permanecer unidos y evitar que los lleven a un orfanato. Al principio, las cosas parecen ir bien, pero un día, la llegada de su padre Charlie (Dirk Bogarde) será el comienzo de un cambio radical en sus vidas.

Curiosa película donde unos niños han de continuar sus vidas a la muerte de su madre, solos frente al mundo de los adultos, y donde se refleja con gran acierto su pequeño universo y como la educación, los miedos y la necesidad de sobrevivir les lleva a crear unas normas y unas rutinas, como la que originó el título en castellano, a las que se aferran con terquedad. Quizá el gran acierto resida en el trabajo del director, sobre todo en la primera parte de la película, antes de la aparición de la figura paterna, creando una atmósfera opresiva, a base de planos cortos y una iluminación especial donde predominan las sombras. Esta primera parte resulta especialmente turbadora, en parte también porque la historia se sale de lo conocido y nos desconcierta, al no poder adivinar el camino que puede tomar. Clayton, además, sabe sacar partido perfectamente a la extraña historia y deja constantes elementos turbadores, como algunas miradas de los niños o el primer plano de la difunta madre, especialmente macabro, y va tejiendo un camino a medias entre el drama y el terror que nos deja descolocados.

También se agradece que el director escape del melodrama, riesgo evidente al tratarse de plasmar la vida de unos niños desamparados. Pero Clayton sabe salirse de lo habitual y, si bien no faltan momentos angustiosos, el tono que da a la historia es más de misterio que de drama puro y duro. Acertada también es la imagen que nos brinda del mundo infantíl, bastante real, donde no se puede hablar abiertamente de maldad, pero donde existe cierto grado de crueldad, mucha ignorancia y, sobre todo, el efecto de una educación especialmente rígida, basada en la religión, que les lleva a ese rito extraño y un tanto macabro de acudir cada noche a hablar con el espíritu de su madre. El mundo de los adultos, por su parte, se queda siempre en medio de las sombras, sombras que planean sobre la figura materna, de la que no tendremos una imagen nítida a lo largo de la película.

Con la aparición del padre, sin embargo, la película entra en un terreno mucho más previsible, con lo que se pierden el misterio y la incertidumbre anteriores. Se entra en un terreno mucho más cotidiano y podemos casi adivinar con bastante exactitud lo que va a suceder. La película pierde así gran parte del misterio y la impredecibilidad iniciales. Una lástima, sin duda, pues de haber mantenido el tono de la primera parte a lo largo de toda la historia estaríamos hablando de un film excepcional.

Sobresaliente también el final de la película, abierto a diferentes interpretaciones y que no zanja la historia de un plumazo, muy en la línea de suspense de toda la historia. En este sentido, los films europeos suelen estar un paso por delante de los norteamericanos, más anclados en el final feliz convencional.

El trabajo con niños no es sencillo, pero el resultado en este caso es muy notable, y eso que estamos hablando de actores de muy corta edad. En especial, me gustaría resaltar el gran trabajo de Pamela Franklyn, sobrecogedora cuando habla por boca de su difunta madre y conmovedora en su amor por su padre. Lástima del doblaje en español, pues algunas voces de los niños resultan molestas, sobre toda una especialmente estridente. Dirk Bogarde está colosal y, en parte, con su presencia, mitiga un tanto el menor nivel de la segunda parte de la película. Como curiosidad, recordar que la actriz Yootha Joyce, que encarna a la mujer que limpiaba en la casa de los niños, será la famosa señora Roper de la serie británica Un hombre en casa (1973-1976) y su secuela Los Roper (1976-1979).

En definitiva, A las nueve cada noche es una película muy recomendable, diferente a lo que estamos acostumbrados a ver; difícil de encasillar en un género concreto pero, en muchos momentos, cautivadora, fascinante a veces, turbadora y misteriosa y que nos da a conocer una faceta más personal del director Jack Clayton, conocido sobre todo por su película El Gran Gatsby (1974).