El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

martes, 1 de diciembre de 2020

Lost in Translation

 



Dirección: Sofia Coppola.

Guión: Sofia Coppola.

Música: Brian Reitzell y Kevin Shields.

Fotografía: Lance Acord.

Reparto: Bill Murray, Scarlett Johansson, Giovanni Ribisi, Anna Faris, Fumihiro Hayashi, Akiko Takeshita, Catherine Lambert.

Bob Harris (Bill Murray), actor en decadencia, viaja a Tokio para rodar un anuncio de whisky. En el hotel conocerá a Charlotte (Scarlett Johansson), una joven que, al igual que le pasa a él, no puede dormir por las noches.

Lo mejor que se puede decir de Lost in Translation (2003) es que es un film atípico en la industria del cine actual, especialmente si nos referimos a Hollywood. Es reconfortante ver que aún queda gente, Sofia Coppola en este caso, con una visión personal y diferente del cine, de qué puede expresar y transmitir.

Lost in Translation es un film especial que no se puede clasificar con las típicas etiquetas de comedia, drama o romance. Y es que es todo eso y un poco más. La primera impresión que me viene a la cabeza es que se trata de un acercamiento muy directo a la soledad y quizá Tokio, donde tiene lugar la historia, es un buen lugar para hablar de ella, con las personas reducidas a casi nada, a hormigas en medio de rascacielos, anuncios y tráfico. Y en esas personas, además, que son extranjeras, con un desconocimiento total del idioma, la soledad y el aislamiento son aún más evidentes, más acuciantes.

Pero no solo es eso. Es que tanto Bob como Charlotte son dos personas perdidas, que parecen dejarse llevar, sin lucha, sin esperanza, sin metas. Él porque está en una crisis profesional que parece irremediable y personalmente también ha perdido la ilusión. Ella porque no ha encontrado aún su meta en la vida y está unida a un hombre en un matrimonio sin pasión. Unidos además por el insomnio, parece casi imposible que no terminen encontrándose, reconociéndose en medio del ajetreo diario, del humo del bar. Es el reconocimiento mutuo de dos almas gemelas, dos personas cuya única oportunidad es compartir su descontento, su cansancio, por unos pocos días, sin esperanza.

Pero cuidado, Sofia Coppola evita caer en lo que sería lo más evidente: convertir la historia en un romance entre el hombre maduro y la joven. No busca eso y, sin embargo, finalmente termina por dibujar una hermosa historia de amor, triste, sin pasión, pero quizá más auténtica, pues se basa en la identificación mutua, en la complicidad total de dos personas aquejadas del mismo mal y, por lo tanto, verdaderas almas gemelas. Pero es un amor imposible y, por lo tanto, el film roza el drama, porque la visión del futuro de Bob y Charlotte no puede ser más decorazonadora. No se puede atisbar una mínima redención. Al seguir cada uno su camino, es como si se hundieran en una noche muy oscura.

Hay, eso sí, algunas notas de comedia. En el desconcierto de Bob en medio de un país que no entiende y que tampoco intenta entender. En su docilidad al rodar el anuncio, con su sorpresa por la surrealista traducción por parte de la intérprete de las instrucciones dadas por el director del spot. Ironía en la visión del frenesí de la noche de Tokio, llena de personajes curiosos, donde parece que todo tiene cabida dentro de una mezcla surrealista donde diferentes individuos conviven en un ordenado caos.

Lost in Translation tiene un poco de todo, como la vida misma. Y también tiene muchos momentos en que no pasa nada memorable, rutinas, aburrimiento, expectativas..., como la misma vida. Quizá se le puede achacar al guión cierta frialdad, es cierto. A la película le falta quizá tensión, algún momento álgido, pasión entre Bob y Charlotte. Pero entonces, no sería la misma película. Lo fácil hubiera sido sucumbir a esa tentación de aumentar el dramatismo o intensificar el lado romántico de la relación de los protagonistas. Eso sería más del estilo de Hollywood. Pero la intención no era esa. No lo creo. Con lo que nos cuenta Sofia Coppola y con cómo nos lo cuenta es como consigue hacer este film tan personal, tan suyo, diferente y único, original y sorprendente, íntimo, sincero, sencillo y conmovedor. Es casi una porción de realidad, no un film comercial. Y por ahí habría que valorar e intentar entender Lost in Translation.

No puedo dejar de mencionar el excelente trabajo de Bill Murray, un actor que nunca fue de mis predilectos pero que tiene aquí quizá la mejor interpretación que le he visto. Transmite esa apatía existencial como nadie; es un actor desencantado, resignado, igual que en su matrimonio. Al lado de Charlotte encuentra un soplo de aire puro, aunque sabe que será solamente un instante fugaz, irrepetible e imposible de dilatar.

Scarlett Johansson es sencillamente fresca, encantadora, irresistible. Y su frescura da sentido a la relación con Bob. Su sola mirada, su sonrisa, lo explican todo.

Lost in translation no es un film sencillo de digerir. Carece de las fórmulas habituales de las películas comerciales a que estamos acostumbrados. Hemos de verlo sin prejuicios, dejándonos llevar por su ritmo pausado, los silencios, ciertas repeticiones. Si conseguimos empatizar con sus protagonistas, disfrutaremos de una historia muy personal y muy sincera.

Nominada a cuatro Oscars, la película ganó el premio al mejor guión original.

domingo, 1 de noviembre de 2020

Ultimátum a la Tierra

 



Dirección: Robert Wise.

Guión: Edmund H. North (Historia: Harry Bates).

Música: Bernard Herrmann.

Fotografía: Leo Tover (B&W).

Reparto: Michael Rennie, Patricia Neal, Hugh Marlowe, Sam Jaffe, Billy Gray, Frances Bavier, Lock Martin.

Un OVNI aterriza en Washington. De la nave un extraterrestre llamado Klaatu (Michael Rennie), que anuncia que trae un mensaje importante para el planeta y pide que se organice una reunión de los líderes mundiales para comunicarles dicho mensaje.  

Cuando la ciencia ficción era aún un género menor, básicamente una especie de sub-género del cine de terror a base de alienígenas beligerantes, algunas películas buscaron nuevas vías dentro del género y Ultimátum a la Tierra (1951) es un perfecto ejemplo.

Lo novedoso del film es cómo, en medio de la Guerra Fría y con el temor de un nuevo conflicto mundial extendiéndose entre la población, aboga por un pacifismo manifiesto como solución a los problemas de la humanidad. Y la novedad también estriba en que la idea la traen los extraterrestres, que ya no son seres destructivos, sino abanderados de la paz y la convivencia. Tendríamos que esperar hasta Encuentros en la tercera fase (Steven Spielberg) en 1977 para volver a disfrutar de una idea similar.

Pero también es cierto que la simplicidad con que se expone esta idea pacifista denota la ingenuidad del género en esos momentos, con unos planteamientos bastante elementales en su concepción y su puesta en escena. Claro ejemplo es el aspecto humano del extraterrestre, que simplifica mucho las cosas pero denota lo sencillo de todo el planteamiento, así como la evidente limitación presupuestaria.

Pero el pacifismo extraterrestre es, en esencia, una advertencia contra la estupidez humana y su nula capacidad para aprender de los errores pasados; así como una prueba de a dónde podría llegar la humanidad si aplicara sus investigaciones hacia fines útiles que beneficiaran a todos. Como ocurría en otros films de la época, como en La humanidad en peligro (Gordon Douglas, 1954), de nuevo el foco de atención se pone en la bomba atómica, de reciente invención y cuya fuerza devastadora era el mejor ejemplo del peligro real de utilizar la ciencia con fines perversos.

La originalidad de estas ideas choca, sin embargo, con los medios utilizados en el film, que ponen en evidencia que estamos ante un serie B. La limitación de medios es evidente en la figura del autómata Gort (Lock Martin), tan rudimentario que provoca risas.

Robert Wise, en su primera incursión en la ciencia ficción, realiza un trabajo sencillo, sin adornos, en beneficio de una narración fluida y el reparto está más o menos en la misma línea, sin grandes trabajos pero tampoco sin desentonar. Michael Rennie era un rostro bastante desconocido pero resultó ser todo un acierto por su hieratismo que, sin embargo, también dejaba ver cierta ternura hacia los humanos, en especial con el niño.

La música merece una mención aparte por el uso del theremin, un instrumento electrónico, con el que Bernard Herrmann reproduce el supuesto sonido producido por el OVNI, quedando ya como todo un clásico del género.

En definitiva, una film interesante, más en su vertiente de precedente de lo que llegó a ser el género y, por lo tanto, con cierto valor histórico evidente.

La humanidad en peligro

 



Dirección: Gordon Douglas.

Guión: Ted Sherdeman.

Música: Bronislau Kaper.

Fotografía: Sidney Hickox (B&W).

Reparto: James Whitmore, Edmund Gwenn, Joan Weldon, James Arness, Onslow Stevens, Chris Drake, Leonard Nimoy.

En Nuevo México, la policía localiza a una niña caminando sola en estado de shock y también una caravana destruida, así como una tienda y a su propietario muerto. Lo que no consiguen averiguar es qué o quién pudo haber causado eso.

La ciencia ficción no dejaba de ser un género menor en los años cuarenta y cincuenta del siglo XX, propio de películas de serie B. Sin embargo, en la opulenta sociedad estadounidense surgida tras la Segunda Guerra Mundial comenzaron a aparecer algunos films que ponían en duda la aparente tranquilidad y prosperidad del momento. Y eran, sobre todo, películas de ciencia ficción que, de manera metafórica, advertían de los peligros del comunismo, la experimentación científica o el desarrollo militar. Y es en este contexto que debemos situar a La humanidad en peligro (1954) que, con el paso del tiempo, se ha convertido en un clásico que sirvió de modelo a muchas películas posteriores.

El hecho de que la Warner Bros se encargara de la película demuestra la aceptación que empezaba a tener el género y cómo un estudio importante veía la posibilidad de rentabilizar la incursión en el mismo. Así todo, tanto por medios empleados como por reparto, La humanidad en peligro no escapa de la serie B.

La película tiene un comienzo muy interesante, al ocultarse durante la introducción muy hábilmente el origen de las misteriosas destrucciones y muertes sucedidas en Nuevo México. El guión estira lo suficiente la intriga como meternos de lleno en la historia de manera muy astuta. Una vez desvelado el misterio, las hormigas mutantes, el film opta por un desarrollo en el que prima la búsqueda de verosimilitud en detrimento de una orientación más enfocada a la acción pura y dura. Sin duda, una decisión que encuentro acertada, pues hace que la película adquiera cierta entidad y no se pierda en una simple sucesión de efectos especiales y peleas desatadas, además de conferir una dosis de plausibilidad a una premisa a todas luces absurda. Sin embargo, hay que reconocer que ello penaliza un poco la carga dramática de la historia, pues quizá el guión se excede un poco con las explicaciones científicas y las investigaciones sobre la expansión de la plaga. Ello además se hace más evidente en contraste con el eficaz arranque del film. 

Técnicamente, la película iba a ser filmada en color y en 3-D, aunque los responsables del estudio, disconformes con los resultados previos, terminaron optando por el blanco y negro, que resultaba más económico y, quizá, sea más adecuado, en especial a la hora de filmar a las hormigas o, mejor dicho, a la hormiga. Debido a limitaciones de presupuesto, se optó por construir una sola hormiga a tamaño natural y la maqueta de la cabeza otras solamente. Hábilmente, el director supo paliar la economía de medios filmando en lugares oscuros y con marionetas en último plano. A pesar de estas limitaciones económicas y especialmente técnicas, el resultado es más que satisfactorio en este apartado.

El reparto, como es lógico, se confeccionó con actores habitualmente secundarios, aunque brillantes, como James Whitmore, en la piel del sargento de policía Peterson, cuyo papel más destacado había sido en La jungla de asfalto (John Huston, 1950). Edmund Gwenn, el científico Medford, había ganado un Oscar en De ilusión también se vive (George Seaton, 1947) y James Arness se haría muy conocido en España años más tarde por su trabajo en televisión como el shérif Matt Dillon en la serie La ley del revólver. En cuanto a Joan Weldon, como la doctora Pat, hija del doctor Medford, no es un rostro conocido y su papel es casi decorativo y solo para aportar la inevitable dosis de romanticismo a la historia, que está cogida en realidad con alfileres y tampoco tiene un peso específico en el desarrollo del film.

Como viene siendo habitual en las películas de ciencia ficción, las advertencias sobre los peligros de la ambición científica del hombre dejan siempre un final abierto, cargado de amenazas. Es el aviso, con toques bíblicos, de que el ser humano puede acarrear su propia destrucción. En esta ocasión por el desarrollo de un arma tan devastadora como la bomba atómica. 

La humanidad en peligro pertenece a la historia de la ciencia ficción por méritos propios y es por ello que resulta un título que los amantes del género, y del cine, apreciarán en su justa medida, dentro de su modestia, claro, pero sin perder de vista su influencia en la evolución de un género que, poco a poco, se fue ganando el respeto del público y la crítica a partir de estos comienzos modestos.

viernes, 23 de octubre de 2020

El sargento negro


Dirección: John Ford.

Guión: James Warner Bellah y Willis Goldbeck.

Música: Howard Jackson.

Fotografía: Bert Glennon.

Reparto: Jeffrey Hunter, Constance Towers, Billie Burke, Woody Strode, Juano Hernández, Willis Bouchey, Carleton Young, Judson Pratt.

El sargento Rutledge (Woody Strode), un soldado ejemplar del Noveno de Caballería, se enfrenta a un consejo de guerra en el que se le acusa de violar y estrangular a una joven y matar también a su padre, el mayor Dabney.

En plena lucha de la población negra por los derechos civiles y cuatro años antes de que se apruebe la ley que elimina la segregación racial en escuelas, empresas o cargos públicos, John Ford rueda El sargento negro (1960), un western un tanto atípico en el que defiende sin reservas a los soldados negros del ejército norteamericano del siglo XIX y, por extensión, a todos los negros, poniendo acertadamente el acento en que se ha de valorar a un hombre por sus actos, no por el color de su piel.

En El sargento negro tenemos una vez más las señas de identidad de Ford. La principal, sin duda, es su defensa de unos valores que estima justos. En esta ocasión, como había hecho también con los indios, Ford defiende a una minoría marginada: los negros. El Noveno de Caballería es un regimiento de soldados negros, muchos esclavos liberados, bajo las órdenes de oficiales blancos. Y aunque luchan por un mismo país, las diferencias siguen ahí, como demuestra el hecho de que casi lo peor que le puede pasar a un negro es que se sospeche que pueda tener alguna relación no meramente formal con una mujer blanca. 

A pesar de que Rutledge es un soldado ejemplar, es consciente de que siempre estará discriminado por el color de su piel. Y cuando se le acusa de los dos crímenes, sabe que no puede confiar en una justicia impartida por los blancos.

La labor de Ford es ensalzar las virtudes del sargento por encima del color de su piel. Es un hombre íntegro, valiente, esforzado, disciplinado y leal. Y aquí encuentro el primer pero que podría ponerle a esta película: Ford quizá exagera un poco las grandes cualidades de Rutledge, haciendo de él un personaje que a veces roza lo poco creíble o lo exagerado. El mismo porte altivo de Woody Strode es, en la actualidad, un tanto teatral.

Aún así, John Ford sigue demostrando su maestría a la hora de narrar historias, sabiendo dosificar el ritmo, las escenas, los momentos dramáticos con sus reconocibles dosis de humor, en esta ocasión centradas en el matrimonio del juez, con una esposa un tanto simple y caricaturesca, es verdad, pero que cumple con eficacia la misión de aportar pequeñas gotas de humor que aligeran el relato y lo humanizan también. 

Y tampoco podía faltar Monument Valley, casi un personaje más en los westerns de Ford y que nos sirve de contraste con la oscuridad y estrechez de la sala donde tiene lugar el consejo de guerra y donde se puede apreciar el racismo en toda su crudeza en la figura del fiscal.

John Ford cuenta la historia a base de flashbacks, como sucede también, por ejemplo, en El hombre que mató a Liberty Valance (1962), y en cuyo guión también participa Willis Goldbeck, como en esta ocasión. Ford consigue un discurso ágil al alternar inteligentemente el uso de este recurso con los intermedios del juicio, de manera que se añade dinamismo a la historia al tiempo que se mantiene una interesante dosis de intriga.

Quizá donde podemos ver otra pequeña debilidad de El sargento negro es en el reparto. Es evidente que Jeffrey Hunter no posee el carisma de John Wayne y Constance Towers tampoco es una primera estrella. Con los secundarios vuelve a estar acertado a la hora de darles el protagonismo en momentos puntuales, pero se echa de menos a algunos habituales del director.

Sin ser una de sus grandes películas, El sargento negro cobra importancia sobre todo por su decidida defensa del ser humano por lo que vale, no por el color de la piel. Y es una defensa planteada desde la lógica más incuestionable, sin prejuicios, abierta y contundente. No la pondría a la altura de sus grandes obras maestras, pero sigue siendo un film del maestro.

lunes, 5 de octubre de 2020

El espía


 Dirección: Billy Ray.

Guión: Billy Ray.

Música: Michael Danna.

Fotografía: Tak Fujimoto.

Reparto: Ryan Phillippe, Chris Cooper, Laura Linney, Dennis Haysbert, Kathleen Quinlan, Gary Cole, Bruce Davison, Caroline Dhavernas, Mary Jo Deschanel.

Eric O'Neill (Ryan Phillippe), cuya meta es llegar a ser agente especial en el FBI, es elegido por sus superiores para vigilar a Robert Hanssen (Chris Cooper), un agente veterano al que acusan de ser un pervertido sexual.

El espía (2007) está basada en un caso real, el del agente del FBI Robert Hanssen, que resultó ser uno de los mayores espías en la historia de los Estados Unidos. Este hecho lo conocemos nada más arrancar el film, que está contado en flashback, lo que ya nos da una idea de por donde van los tiros: no estamos ante un thriller al uso, donde el interés principal resida en desvelar la intriga; puesto que desde el inicio conocemos el final, de lo que se trata es de adentrarnos en conocer a los protagonistas, sus aspiraciones, sus motivaciones, sus debilidades y hasta sus locuras. En ello reside la originalidad de El espía, que nos ofrece un punto de vista diferente y muy original dentro del género.

Al centrarse exclusivamente en la personalidad de Hanssen y O'Neill, el film deja bastante de lado cualquier detalle de las actividades del primero. Incluso la parte final de su detención con la colaboración de O'Neill no queda tampoco relativamente bien explicada. Ello puede molestar en alguna medida, pero hemos de entender que la finalidad de Billy Ray no era ofrecer un film con la consabida intriga, sino centrarse en la relación que se establece entre los protagonistas, marcada por la extraña personalidad de Hanssen, obsesionado con la religión y empeñado en guiar los pasos de O'Neill en ese camino, y las dudas de este último cuando comienza a sentir cierto respeto y admiración hacia Hanssen, dudando de la veracidad de que sea, como le han dicho sus superiores, un pervertido sexual.

Es cierto que el personaje de Hanssen quizá podría haberse aprovechado mejor, incidiendo más en su inteligencia y experiencia. Sin embargo, tras una frialdad inicial un tanto hostil hacia su nuevo ayudante, Eric O'Neill, el guión se centra casi por completo en la obsesión de Hanssen por la religión, dejando muchos otros detalles de su personalidad en el tintero.

Pero quizá sea la relación entre O'Neill y su esposa (Caroline Dhavernas), con la un tanto tópica curiosidad de ella hacia el trabajo de su marido, la parte menos solvente del film. Entiendo que cumpla su función para dar algo de variedad y alternativas al devenir del relato, pero es lo menos sólido de la historia y donde el guión pierde originalidad. 

Esta relación entre el topo y el joven agente es, por tanto, la base de El espía y hay que reconocer el mérito del guión al saber mantener el interés durante toda la duración de la cinta solamente con este juego de personalidades. También debemos reconocer el gran trabajo de Chris Cooper, que llena la pantalla con su sola presencia y dota a su personaje de multitud de matices inquietantes. Ryan Phillippe, sin llegar a su altura, cumple con cierta solvencia. En el trabajo de ambos se sustenta parte del buen funcionamiento de la historia. Tampoco hay que olvidar a Laura Linney, con menos presencia pero demostrando su talento cada vez que sale en escena.

Sin ser una película excepcional, ni mucho menos, la originalidad del planteamiento, el buen hacer de los actores y la eficacia del guión hacen que El espía merezca nuestra atención.

domingo, 4 de octubre de 2020

Nowhere Boy

 


Dirección: Sam Taylor-Wood.

Guión: Matt Greenhalgh (Memorias: Julia Baird).

Música: Alison Golgfrapp y Will Gregory.

Fotografía: Seamus McGarvey.

Reparto: Aaron Johnson, Kristin Scott Thomas, Thomas Brodie-Sangster, Anne-Marie Duff, David Morrissey, Ophelia Lovibond, Josh Bolt, Sam Bell, David Threlfall.

El joven John Lennon (Aaron Johnson) vive con sus tíos George (David Threlfall) y Mimi (Kristin Scott Thomas), que lo acogieron cuando tenia cinco años. Tras la repentina muerte de George, John entra en crisis y decide ir a conocer a su verdadera madre, Julia (Anne-Marie Duff), cuyo carácter es totalmente opuesto al de la estricta Mimi.

La adolescencia de John Lennon, el mítico líder, con Paul McCartney, de The Beatles, para mí la mejor banda de la historia, era un aliciente más que suficiente para acercarme a Nowhere Boy (2009) con una mezcla de emoción y temor, pues siempre que esperas mucho de un film el peligro de la decepción no anda lejos.

Sin embargo, había un elemento que aportaba esperanza y es que se trata de un film británico, lo que auguraba cierto rigor, contención dramática y elegancia a la hora de tratar un tema tan delicado, pues es bien conocido que los primeros años de la vida de Lennon no fueron un camino de rosas precisamente. A lo que tampoco ayudaba el carácter indisciplinado y gamberro de John, tal vez fruto precisamente de esa infancia complicada. 

Y es ahí donde se centra más el guión de Nowhere Boy, más que en rendir culto al talento del músico y a un posible enfoque desde un punto de vista estrictamente musical. Es uno de los grandes aciertos del film: tratar a Lennon como un adolescente más, con sus problemas en casa o en la escuela; su interés por las chicas y, especialmente, las relaciones con su tía Mimi, la mujer que lo crió desde los cinco años, de carácter autoritario y estricta, y con su madre, a la que vuelve a encontrar a los quince años y que es una mujer alegre y un tanto irresponsable y por la que el adolescente se debatirá entre el amor filial y el rencor por haber sido abandonado por ella.

Una muestra de que la película busca más el retrato del adolescente que una tópica visión del futuro genio es el hecho de que en toda la película no se nombra a The Beatles en ningún momento y es justo cuando se forma el grupo con ese nombre cuando se pone punto y final al film, con lo que queda claro que lo que importaba era la figura de John Lennon antes de ser el John Lennon famoso. Lo que se buscaba era contar su adolescencia, como la de cualquier muchacho de su edad, donde la música no era, en principio, el eje de su vida. Y en este retrato se percibe una buena documentación y la intención de hacer no un film de alabanza ciega hacia Lennon, sino más bien de comprensión hacia una etapa de su vida muy importante, con los problemas cotidianos, las dudas, las búsquedas y donde el futuro era aún una página en blanco.

El acierto de Nowhere Boy también está en no cargar las tintas en exceso, pues el material daba para un drama intenso, lo que podría haberse dado de no tratarse de un film británico. Pero la filmografía de ese país tiene la virtud de la contención, de saber tratar con elegancia este tipo de argumentos, lo que para algunos puede traducirse en cierta frialdad, aunque creo que no es el caso aquí y los momentos cumbres de la película no carecen de intensidad, pero se evita con acierto caer en excesos.

Mención especial merecen los principales actores de Nowhere Boy. Sobre Aaron Johnson, más allá de buscar el parecido físico, que no es muy evidente en general, lo que habría que destacar es su perfecta encarnación de un joven complejo, que busca su identidad y que sufre sin remedio el abandono de su infancia, pasando del dolor a la rebeldía, del enfado a la comprensión en un revoltijo de sentimientos que el actor sabe trasmitir con solvencia. De Kristin Scott Thomas poco se puede decir a estas alturas de su carrera; cualquiera que aprecie a una buena actriz se quedará una vez más maravillado con su gran trabajo, que parece ganar fuerza con los años. Y la sorpresa vino de la mano de Anne-Marie Duff, actriz desconocida para mí y que está a un gran nivel, compitiendo sin miedo al lado de Scott Thomas.

En definitiva, Nowhere Boy va un paso más allá de la típica película sobre la vida de un famoso y no se queda en lo obvio, sino que busca ser un film que abarque más, un retrato de una adolescencia compleja y de una época de importantes cambios sociales; y lo hace sin excesos, dentro de la mesura y la elegancia. Más allá de la curiosidad por conocer los primeros años en la vida de John Lennon, es un film interesante en sí mismo.

viernes, 2 de octubre de 2020

Tener y no tener


Dirección: Howard Hawks.
Guión: Jules Furthman y William Faulkner (Novela: Ernest Hemingway).
Música: Franz Waxman.
Fotografía: Sidney Hickox (B&W).
Reparto: Humphrey Bogart, Lauren Bacall, Walter Brennan, Dolores Moran, Hoagy Carmichael, Sheldon Leonard, Walter Szurovy.
La Martinica, 1940. Harry Morgan (Humphrey Bogart) posee un barco en el que lleva a turistas en excursiones de pesca. Cuando miembros de la resistencia francesa a la ocupación nazi intentan contratar sus servicios, Harry prefiere mantenerse al margen y rechaza ayudarles.

Con una adaptación muy libre de la novela del mismo título de Hemingway, Hawks construye un film en torno a Bogart, hecho a su medida y aprovechando su momento de gracia tras el éxito de Casablanca (Michael Curtiz, 1942). La película nace de una apuesta entre escritor y director por la que Hemingway reta a Hawks a hacer una buena película a partir de una mala novela suya.

Desgraciadamente, muchos elementos de este film nos recuerdan a esa obra. Así, el argumento transcurre en una posesión francesa durante el gobierno de Vichy; gran parte de la acción se desarrolla de nuevo en un café donde un pianista ameniza las veladas; el protagonista (Bogart) se ve involucrado en la lucha de la resistencia contra su voluntad. Demasiadas similitudes que nos llevan inevitablemente a la comparación, de la que Tener y no tener (1944) no sale muy bien parada. El personaje de Bogart carece, creo yo, del carisma que tenía en Casablanca, la trama aquí está tratada de manera más somera, sin lograr tanta complicidad del espectador. El personaje de Bogart responde a unos mismos patrones vitales, lo que ya deja de ser una sorpresa, por lo que nos causa menos impacto. 

Quizá lo más destacable es el papel de Lauren Bacall, con una magnífica interpretación en el que fue su debut en escena, con diecinueve años, y unos diálogos con frases memorables ("¿Sabes silbar, no? Sólo tienes que juntar los labios y ... soplar"). Las escenas de juego amoroso entre Bogart Y Bacall, si bien algo anticuadas hoy en día, conservan un atractivo singular, por el que intuimos el efecto que pudieron causar en su momento.

También es de destacar el papel de Walter Brennan, un vejete borrachín al que el actor dota de toda la humanidad que este gran secundario sabía insuflar a sus personajes. Recordemos de paso su frase sobre la abeja muerta.

A pesar de todo lo dicho, estamos ante un film con un encanto especial, por el gran reparto y un nivel en los diálogos que desgraciadamente se ha perdido hoy en día. Quizá lo previsible del desenlace lastre un poco la emoción, aunque es la atmósfera general lo que consigue finalmente engancharnos a una historia sencilla que disfrutamos con agrado.