El cine y yo
Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.
Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.
El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.
El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.
No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.
Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.
El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.
El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.
No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.
domingo, 7 de abril de 2019
Espías sin fronteras
Dirección: Nicholas Meyer.
Guión: Nicholas Meyer.
Música: Michael Kamen.
Fotografía: Gerry Fisher.
Reparto: Gene Hackman, Mikhail Baryshnikov, Kurtwood Smith, Terry O'Quinn, Daniel von Bargen, Oleg Rudnik, Géraldine Danon.
Sam Boyd (Gene Hackman), ex agente de la CIA reconvertido en espía industrial, es llamado de nuevo por la agencia para una misión puntual: facilitar el intercambio de un espía soviético por otro norteamericano.
Escritor con cierto éxito, Meyer se pasó al mundo del cine y la televisión escribiendo guiones y, también, dirigiendo alguna película; en concreto es recordado por dos episodios de la serie Star Trek. En Espías sin fronteras (1991) escribió el guión y dirigió la cinta, aunque con tan poco éxito que finalmente supuso su despedida del cine como director, centrándose más desde entonces en su labor de guionista.
El principal problema, sin embargo de Espías sin fronteras no está curiosamente en la faceta de director, sino en un guión realmente flojo. La idea central es interesante, con un juego bien planteado de espías dobles. Pero todo se cae por tierra con un desarrollo de esa idea bastante pobre.
Para empezar, el guión no resulta para nada convincente, con muchos detalles que resultan incongruentes, además de esa moralidad un tanto extraña que hace que los protagonistas deban comportarse siempre con una moralidad intachable, incapaces de cualquier acto innoble, lo que no deja de ser absolutamente increíble.
Dejando de lado esa faceta moralista, la historia no termina de resultar creíble del todo. Quedan demasiadas preguntas por responder y al final, todo se asemeja a un complejo entramado donde las piezas encajan de manera demasiado artificial. Puede que el tono casi de comedia que Meyer le confiere a la historia tampoco sea de gran ayuda, pues muchos personajes parecen casi caricaturas, con lo que la intriga pierde intensidad, sin que en ningún instante se llegue a crear el clima necesario para que nos sintamos preocupados o involucrados en las peripecias de los dos protagonistas.
La relación entre ambos, además, tampoco resulta demasiado convincente. En ningún instante llegamos a comprender realmente qué es lo que motiva la actitud del espía ruso y le hace seguir siendo fiel a Sam Boyd.
En realidad, todo el argumento requiere de una gran muestra de buena voluntad por nuestra parte, lo cuál en muchos momentos resulta casi imposible.
El colmo de todo lo tenemos, por desgracia, en el desenlace. La escena del intercambio en la Torre Eiffel es casi un chiste y la resolución de todos los problemas de Boyd y Grushenko (Mikhail Baryshnikov), mientras beben vodka y sueñan con su retiro dorado, es el colmo de los despropósitos, con una simplificación insultante.
Lo bueno de Espías sin fronteras es la presencia de Gene Hackman en el papel protagonista, pues es por su presencia que la cinta puede atraer a los espectadores. Sin ser su mejor trabajo, hay que reconocer que su presencia es de lo mejor de la película.
Increíblemente, Meyer desaprovecha su mejor faceta, la de escritor, en una película que no pasa de ser un mero pasatiempo cuando, por el tema, uno tiene la impresión de que podría haber dado pie a un film mucho más intenso y apasionante.
lunes, 1 de abril de 2019
Patton
Dirección: Franklin J. Schaffner.
Guión: Francis Ford Coppola y Edmund H. North.
Música: Jerry Goldsmith.
Fotografía: Fred J. Koenekamp.
Reparto: George C. Scott, Karl Malden, Stephen Young, Michael Bates, Michael Strong, James Edwards, Frank Latimore, Morgan Paull.
Tras una severa derrota de las tropas norteamericanas en el norte de África, el General Patton, recién ascendido a tres estrellas, es enviado para revertir la situación.
Para muchos críticos, Patton (1970) es una de las mejores películas en su género. Sin duda, Schaffner acierta de lleno en muchos aspectos a la hora de narrar las peculiaridades de uno de los militares más polémicos y más dotados de la Segunda Guerra Mundial.
Schaffner arranca con el polémico discurso de Patton a las tropas que van a incorporarse a la guerra. Es una escena mítica, por su decorado minimalista, su impacto visual y las palabras del general, ajenas a cualquier compromiso político y donde, de un plumazo, queda expuesta su personalidad avasalladora, irreductible y polémica.
A partir de ahí, la película continúa con el relato de los acontecimientos bélicos más destacados de Patton en la contienda pero, especialmente, con el retrato de la personalidad del general, amante de la historia militar y que despreciaba la vulgaridad del siglo XX. Patton era un militar por convicción. Amaba la guerra más que a su propia vida, como él mismo confiesa, y no toleraba la falta de compromiso, la desidia ni la cobardía. Su temperamento y su falta de control al expresar sus peculiares pensamientos serán la causa de que sus superiores duden siempre entre si deben apoyar su carrera o poner freno a sus desmanes. De hecho, su trayectoria se jalona de grandes éxitos militares y períodos de cuarentena motivados por sus salidas de tono.
Sin embargo, a pesar de que las críticas a sus defectos quedan bien expuestas, el retrato de Patton es, básicamente, favorecedor hacia el general. La imagen que se da de él es la de un hombre valiente, exigente pero justo, y que no se mordía la lengua en virtud de las consabidas normas de cortesía o las necesidades diplomáticas. Patton era un hombre de acción, ajeno a las componendas de los despachos.
Más allá de estos aspectos de Patton, la película destaca por el magnífico ritmo que el director consigue darle a un relato de más de casi ciento setenta minutos; una extensión poco corriente pero que en ningún momento se hace excesiva; donde no sobra ninguna escena y sí que apercibimos algunos saltos en el montaje que parecen indicar los esfuerzos por no alargar en exceso el metraje. A pesar de todo, tenemos la sensación de que, aún durando algo más, la película nunca llegaría a cansarnos. Sin duda, todo un logro que habla por sí mismo del buen trabajo de Schaffner.
Y todo ello además sin recurrir a numerosas y largas escenas de lucha, pues éstas quedan reducidas a las mínimas indispensables para contribuir al modelado de la personalidad de Patton. Y es que la historia se centra más en el hombre que los aspectos más comerciales de las escenas bélicas.
En cuanto a la puesta en escena, Schaffner consigue una ambientación excelente, con un cuidado detalle de todos los elementos que revela un minucioso trabajo de documentación así como las ambiciones del proyecto.
Mención aparte merece la extraordinaria interpretación de George C. Scott, premiada merecidamente con el Oscar que el polémico actor se negó a recoger al estar en desacuerdo con la idea de la competición de los actores por estos premios. Scott fue un grandísimo actor con una personalidad compleja y su trabajo aquí es realmente impecable, al punto que en algunos momentos deja pequeño a Karl Malden, otro actor excepcional.
Patton se llevó nada menos que siete Oscars. Además del de Scott, ganó el premio a la mejor película, dirección, guión original (co-escrito por Francis Ford Coppola), montaje, dirección artística y sonido.
miércoles, 27 de marzo de 2019
Marty
Dirección: Delbert Mann.
Guión: Paddy Chayefsky.
Música: Roy Webb.
Fotografía: Joseph LaShelle (B&W).
Reparto: Ernest Borgnine, Betsy Blair, Esther Minciotti, Augusta Ciolli, Joe Mantell, Karen Steele, Jerry Paris, James Bell.
A sus treinta y cuatro años, Marty (Ernest Borgnine), que vive con su madre viuda, ha comprendido que no es el tipo de hombre que gusta a las mujeres, asumiendo que será un solterón toda su vida.
Marty (1955) es la adaptación a la gran pantalla de un modesto telefilme homónimo estrenado en 1953 escrito por Paddy Chayefsky, un guionista de enorme talento que llegó a ganar nada menos que tres Oscars, toda una proeza. Chayefsky trabajaba para la televisión, que arrancaba con fuerza en la década de los cincuenta y empezaba a hacer competencia al cine. Su talento para escribir historias sencillas pero con fuerza hizo de él uno de los guionistas más famosos y reconocidos de la época.
Y la fuerza de Marty, de hecho, reside en el perfecto guión de Chayefsky, libre de artificios y adornos, que nos describe a una persona de la calle, como uno de tantos, sensible, bondadoso y, especialmente, totalmente creíble. Marty es un ser de carne y hueso, sin ese aura de glamour de las producciones más ambiciosas de Hollywood. Y es gracias a ese aire auténtico por lo que la película, a pesar de su sencillez, logra nuestra admiración y llega a conmovernos sinceramente.
Marty expresa de manera natural los miedos de la mayoría de los hombres que no se sienten atractivos y sufren, un día tras otro, el rechazo de las mujeres, que buscan un prototipo de hombre muy diferente. Pero, por otra parte, el problema se repite en el bando femenino, y es lo que le sucede a Clara (Betsy Blair), que tampoco se ajusta al estereotipo de mujer bonita.
Será precisamente la afinidad de Marty y Clara, rechazados siempre, lo que les haga comprenderse inmediatamente, sintiéndose reconocidos al instante en los ojos del otro.
Aún así, las cosas no serán fáciles, pues los amigos de Marty critican abiertamente el físico de Clara y hasta su madre, temiendo que su hijo la abandone si llega a casarse algún día, se muestra abiertamente hostil hacia la joven.
No es, como se ve, un argumento especialmente complejo ni, en apariencia, muy atractivo: la búsqueda del amor por parte de dos personas feas y acomplejadas. Pero el guión de Chayefsky logra sacar todo lo bueno y hermoso que puede encerrarse en una historia tan simple, merced a un trabajo de sinceridad total y, en particular, por su habilidad para retratar dos personajes buenos que nos llegan al corazón con su franqueza y sus problemas tan cercanos como los de cualquier persona de la calle.
Además, Marty cuenta con un trabajo asombrosamente directo de Ernest Borgnine, verdaderamente conmovedor en un papel del todo alejado del de tipo duro en que solía encasillársele. Curiosamente, el premio por su interpretación del bueno de Marty fue el único Oscar de su carrera. Tanto Betsy Blair como el resto del reparto destilan también sencillez y naturalidad, contribuyendo así a ese toque casi documental de la cinta.
Y tampoco debemos olvidar el trabajo de Delbert Mann en la dirección, en su debut nada menos en el cine y elegido personalmente por el guionista, pues era el director también de la versión televisiva, y que supo plasmar con su trabajo ese aire de cotidianidad y sencillez de la historia, con una dirección libre de cualquier artificio. Su trabajo se vio recompensado con el Oscar al mejor director.
La película, además de los Oscars citados, se llevó también el de mejor película.
lunes, 25 de marzo de 2019
Cleaner
Dirección: Renny Harlin.
Guión: Matthew Aldrich.
Música: Richard Gibbs.
Fotografía: Scott Kevan.
Reparto: Samuel L. Jackson, Ed Harris, Eva Mendes, Luis Guzmán, Keke Palmer, Maggie Lawson, Jose Pablo Cantillo, Robert Forster.
Tom Cutler (Samuel L. Jackson) es un ex policía reconvertido en limpiador profesional de escenarios de muertes violentas. Un día, recibe el encargo de limpiar en una casa donde se ha cometido un asesinato. Sin embargo, al día siguiente, descubre que el trabajo esconde algo extraño.
Cleaner (2007) es un thriller interesante que arranca de manera muy prometedora, aunque al guión le cuesta mantener el nivel tan alto a lo largo de toda la historia.
Con cierta dosis de originalidad y un interesante sentido del humor un tanto macabro en sus inicios, lástima que ese toque se pierda inmediatamente, Cleaner sin duda crea unas buenas expectativas con un comienzo de altura: Cutler recibe un encargo más, como tantos otros, y limpia meticulosamente el escenario de un crimen. El problema es que pronto comprueba que el encargo del trabajo es falso y se da cuenta que, sin querer, ha limpiado las huellas de un crimen en el que puede verse involucrado. No sabe quién pudo hacerle el encargo ni porqué, aunque pronto comprende que el asunto puede salirle muy caro.
Al mismo tiempo, la historia se complica algo más con el pasado de Cutler como policía corrupto que parece que no quiere dejarlo tranquilo y una investigación policial en la que estaría implicada la persona asesinada cuyo escenario ha limpiado.
Para aderezar algo más el asunto, el guión se adentra en las complicadas relaciones de Cutler con su hija Rose (Keke Palmer), que arrastra el trauma del asesinato de su madre.
Puede que parezca por momentos que la trama se complica un poco, pero en realidad pronto comprobamos que no es así. En realidad, esa es al final la debilidad de Cleaner: el guionista tiene en sus manos una historia llena de posibilidades pero se decanta por la solución menos apasionante y más vulgar, con la consabida implicación personal de los protagonistas en un embrollo casi familiar.
El problema no solo es ese, sino que las falsas pistas y pequeñas mentiras del guión para despistarnos y darnos la sorpresa final no son demasiado consistentes ni demasiado elaboradas, con lo que no cuesta demasiado ponerse pronto sobre la pista e ir descubriendo las cartas, con lo que la intriga no tiene la fuerza necesaria o esperada. Es por eso que la película va perdiendo nervio progresivamente, hasta llegar al desenlace que, por desgracia, creo que es lo peor de Cleaner cuando, por mero sentido común, hubiera tenido que ser el punto álgido de la historia.
En cambio, me gustó mucho el estilo de Renny Harlin en la dirección, con un gusto por los pequeños detalles que crean un estilo propio, cuidado, con cierto ritmo y muy elegante, sin caer en el exceso.
También el reparto me pareció excelente, con un Samuel L. Jackson soberbio y, a su lado, el bueno de Ed Harris, siempre eficaz. Quizá Eva Mendes sea un poco la pieza discordante, pues cuesta imaginársela enamorándose de un policía mucho más maduro y que, en apariencia, no parece ser su tipo, si bien esto no deja de ser una apreciación personal.
Al final, tenemos un thriller con ciertas dosis de originalidad en el planteamiento, elegantemente narrado y con una intriga que nos permitirá pasar un rato entretenidos, sin más. Hubiera podido dar mucho más de sí, es cierto, y esa es la pena que nos queda al ver el giro final de los acontecimientos.
miércoles, 20 de marzo de 2019
La caja
Dirección: Richard Kelly.
Guión: Richard Kelly (Historia corta: Richard Matheson).
Música: Win Butler, Régine Chassagne y Owen Pallett.
Fotografía: Steven B. Poster.
Reparto: Cameron Díaz, James Marsden, Frank Langella, James Rebhorn, Holmes Osborne, Sam Oz Stone, Gillian Jacobs, Celia Weston.
1976. Norma Lewis (Cameron Díaz), una profesora casada con un científico de la NASA (James Marsden), recibe un día la visita de un desconocido que le ofrece un millón de dólares solo por apretar un botón de una extraña caja. Pero al hacerlo, el visitante le advierte que causará la muerte de un desconocido.
Lo primero que se viene a la cabeza al hablar de La caja (2009) es que se trata, sin duda, de una propuesta diferente, original y un tanto enfermiza quizá, pero que imagino que no dejará indiferente a todo aquel que la vea. Podrá gustarte o podrás rechazarla abiertamente, pero el caso es que invita a una reflexión interesante, más allá de sus aciertos o fallos.
La idea básica es la siguiente: ¿pulsarías el botón que te convierte en millonario de la noche a la mañana a cambio de la vida de un desconocido?, ¿cuánta gente muere cada día, muchas veces por accidentes estúpidos o enfermedades incurables?, ¿qué supone uno más? Sin duda, la tentación es enorme y las justificaciones para aceptar el reto, incontables. ¿Qué harías tú? Sin duda, esta pregunta, que resume la idea fundamental que encierra el argumento, es lo más interesante de La caja. Ponernos en la piel de Norma y su marido y saber qué haríamos. ¿Podríamos volver a ser felices o nos corroerían los remordimientos?, ¿disfrutaríamos en verdad del dinero ganado a ese precio?.
La justificación que se da a ese reto es que alguien, que no queda del todo claro de quién se trata, intenta poner a prueba a la humanidad para ver si vale la pena salvar a la especie o condenarla definitivamente. La clave del reto es saber cuántas personas serán capaces de sacrificarse por los demás o si ganarán en número aquellos que priorizarán su felicidad personal a costa de otra persona. Si ganan los segundos, evidentemente la especie humana merece ser exterminada.
La identidad de los que controlan el experimento, como decía, no será desvelada. A cada cuál de buscar su propia interpretación. Podría tratarse de seres extraterrestres que desean conocer la calidad moral de la humanidad o, tal vez, se trata de Dios, con una nueva prueba, como las que se contaban en la Biblia.
Y dejando un poco de lado la esencia de La caja, ¿qué tal resulta la exposición y el desarrollo del argumento? Aquí entramos en un terreno no tan firme. Es evidente que lo novedoso del argumento así como el dilema que plantea, con la reacción de los protagonistas y cómo sus vidas se ven envueltas en un misterio agobiante, nos proporciona la suficiente emoción e intriga como para que nos quedemos expectantes en busca de explicaciones y, claro está, de la resolución del caso. El problema, como siempre pasa en estos casos en que las expectativas son bastante altas, es conseguir un desenlace a la altura del planteamiento. Y aquí es donde la película creo que decepciona un poco. Me hubiera gustado un final menos confuso, que no quedaran tantas cosas en el aire, pues esa indefinición parece ocultar en el fondo la falta de una idea bien elaborada, quedando la impresión de que todo no es más que una especie de juego que, además, para lo que ofrece finalmente, el director se toma demasiado en serio.
Además, el desarrollo, más allá de la intriga, me pareció un tanto impreciso, dejando numerosos cabos sueltos, con personajes que no conducen a ninguna parte, escenas un tanto repetitivas y, en definitiva, una historia que no logra articularse sólidamente.
El reparto cumple de sobra, en especial Cameron Díaz, con un registro que se sale de lo que viene haciendo habitualmente.
La caja puede verse como una solemne tontería o como un film interesante y original. No es una película redonda y, una vez bajado el telón, me dejó un sabor un tanto amargo y no la volvería a ver, eso está claro.
sábado, 16 de marzo de 2019
La playa
Dirección: Danny Boyle.
Guión: John Hodge (Novela: Alex Garland).
Música: Angelo Badalamenti.
Fotografía: Darius Khondji.
Reparto: Leonardo DiCaprio, Tilda Swinton, Virginie Ledoyen, Guillaume Canet, Robert Carlyle, Hélène De Fougerolles.
Deseando vivir nuevas experiencias, el joven Richard (Leonardo DiCaprio) decide dejar atrás las comunidades de su vida y se va a Bangkok. Allí oirá hablar de una recóndita isla paradisíaca.
A pesar de las malas críticas que se pueden leer sobre La isla (2000), desde mi punto de vista es un film interesante que invita a algunas reflexiones sobre la vida y la búsqueda de la felicidad.
Ls película se centra en el personaje de Richard, un joven del primer mundo, un poco aburrido de su vida que decide partir en busca de experiencias nuevas y, sobre todo, algo de peligro, quizá para darle sentido a su vida. Y en Bangkok conoce la existencia de lo que parece ser el paraíso en la tierra: una isla perdida en medio de la nada, plagada de plantaciones de marihuana y con una pequeña playa escondida y perfecta. Allí se han refugiado un grupo de turistas que han convertido ese lugar en su hogar, formando una comunidad basada en la vida natural y la colaboración, logrando un amplio grado de autosuficiencia.
Sin embargo, Richard irá descubriendo, con el paso del tiempo, que lo que en apariencia parece un lugar y un modo de vida perfectos, tiene en realidad una cara amarga, un duro peaje que pagar por mantener aislado ese paraíso. Nadie debe revelar su existencia, no pueden llegar nuevos habitantes y los que viven allí no dudan en sacrificar cualquier cosa para preservar su seguridad. Entonces, lo que debería ser un modo de vida libre, feliz y enriquecedor, se vuelve una especie de cárcel dorada. Incluso la muerte parece aceptarse mejor que poner en peligro la continuidad de la comunidad. Es por eso que Richard va pasando de un estado de felicidad casi absoluto a sufrir serios problemas mentales cuando se cuestiona su papel en ese lugar y si su existencia lo justifica todo.
Desde este punto de vista, La isla me parece que nos plantea una serie de interesantes reflexiones a cerca de la felicidad, de la búsqueda del placer como única meta en la vida, de los límites de esa búsqueda, del precio que siempre se ha de pagar, incluso en el paraíso....
Es cierto que la película, sin embargo, no llega a ser todo lo buena que nos hubiera gustado. En general, va de menos a más. La primera parte está a un buen nivel, con una mezcla interesante de aventura y tensión, cuando vamos descubriendo a Richard y éste descubre a su vez la isla, lo que parece colmar sus expectativas vitales.
Sin embargo, la segunda parte de la película va perdiendo fuerza progresivamente, llegando, tristemente, a un bajón bastante importante en su parte final, con las paranoias de Richard y su comportamiento, que nos va mostrando a un personaje completamente diferente y, a veces, difícil de comprender. Algunas escenas, además, rozan el ridículo más espantoso.
En cuanto al reparto, destacaría especialmente el trabajo de Leonardo DiCaprio que, más allá de su físico, me parece un actor de recursos bastante solvente.
También hay que destacar la bonita fotografía, que pone de relieve los hermosos lugares en que transcurre la película, junto a una buena banda sonora.
Sin duda, no es la gran película que uno podría desear, pero al menos se sale de los caminos más vistos y propone ciertas reflexiones bastante interesantes.
lunes, 11 de marzo de 2019
El hombre sin sombra
Dirección: Paul Verhoeven.
Guión: Andrew W. Marlowe (Historia: Gary Scott Thompson).
Música: Jerry Goldsmith.
Fotografía: Jost Vacano.
Reparto: Kevin Bacon, Elisabeth Shue, Josh Brolin, Kim Dickens, Greg Grunberg, Joey Slotnick, Mary Randle, William Devane, Rhona Mitra.
Sebastian Caine (Kevin Bacon) es un brillante científico que ha conseguido la manera de convertir la materia en invisible. Sus experimentos con animales han sido un éxito y ahora quiere dar un paso más y probarlo en el hombre.
Moderna aproximación al tema del hombre invisible con el sello personal de Paul Verhoeven, El hombre sin sombra viene a ser una mezcla de ciencia-ficción, thriller y cine de terror.
Sin duda, lo que nos quedará en la memoria pasado el tiempo son los espectaculares efectos especiales de la película, merecedores de una nominación a los Oscars. La manera en que vemos reaparecer a la gorila o desaparecer a Sebastian nos dejan pasmados. Se comprende que gran parte del presupuesto se fuera en diseñar esos efectos.
Más allá de esa pericia técnica, El hombre sin sombra se orienta abiertamente hacia el espectáculo, dejando en un nivel un tanto más secundario todo lo concerniente con los debates éticos sobre los límites de la experimentación científica. Se alude, es verdad, al engreimiento de Sebastian, que se llega a comparar con dios. Sin embargo, el guión no llega a profundizar suficientemente en este dilema, más allá de las consecuencias de la osadía de la ciencia al desafiar a la naturaleza. Es éste un elemento muy habitual en los films de ciencia-ficción, donde siempre se deja la advertencia de los peligros de la arrogancia de la ciencia, un tanto acorde con la maldición bíblica de la expulsión del Paraíso.
Pero, como decía, parece que a Verhoeven le interesa más llevar la historia por caminos más comerciales y mucho más morbosos. Fiel a su estilo, el director no evita las connotaciones sexuales y, en especial, el tema de la violencia, presente como un elemento habitual en su filmografía.
En favor de Verhoeven, he de reconocer que maneja el ritmo y la intensidad con buen pulso, manteniendo el interés y acrecentando la emoción sin pausa, con lo que el film transcurre con agilidad sin hacerse pesado en ningún instante a pesar de su duración, llegando al máximo de intensidad, como es lógico, en el desenlace.
Sin embargo, lo que el director no es capaz de evitar es un final demasiado forzado y rutinario donde se cae directamente en un esperpento. Quizá a nivel de espectáculo es lo que se necesitaba, pero me parece que se podía alcanzar más o menos esa intensidad dramática sin los excesos finales. Y es que lo rocambolesco del final es, además de muy vulgar, a todas luces excesivo.
Tampoco los personajes están demasiado bien analizados, limitándose el guión a acudir a tópicos un tanto habituales, como la antigua relación de Sebastian y su ayudante (Elisabeth Shue), pero sin llegar a profundizar convenientemente en ellos.
El reparto, sin ser una maravilla, resulta eficaz, si bien Kevin Bacon no termina de cuajar una de sus mejores interpretaciones. En líneas generales, este apartado no es, desde mi punto de vista, de lo más conseguido de la película.
En definitiva, un film de ciencia-ficción sin mucha originalidad, con un buen ritmo y buenas dosis de tensión, pero que sin una personalidad definida, yendo el director por el camino más fácil y desaprovechando una parte importante del potencial del argumento. Eso sí, resulta bastante entretenido.
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