El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

domingo, 16 de agosto de 2020

Desmontando a Harry

 



Dirección: Woody Allen.
Guión: Woody Allen.
Música: Johnny Green, Edward Herman y Antonio Carlos Jobim.
Fotografía: Carlo Di Palma.
Reparto: Woody Allen, Elisabeth Sue, Robin Williams, Demi Moore, Judy Davis, Kristie Alley, Amy Irving, Billy Cristal, Julia Louis-Dreyfus, Tobey Maguire, Mariel Hemingway.

Harry Block (Woody Allen) es un escritor de éxito que utiliza, a menudo, sus propias experiencias vitales como argumento de sus novelas y cuentos, lo que termina pasándole factura en sus relaciones personales.

Desmontando a Harry (1997) es, a parte de un homenaje de Woody Allen a Ingmar Bergman, uno de sus directores preferidos, y su célebre Fresas salvajes (1957), una de las obras del director más personales y también más experimentales, motivo por el cuál quizá no fue muy acogida en su momento.

Ya el comienzo del film, con cortes de una misma escena que se repite durante los títulos de crédito, nos anuncia un aire diferente para esta película donde Allen vuelve a sus temas fetiches (el judaísmo, la familia, el pecado, la religión, el sexo o la muerte), sin que ese volver a unos temas más que tratados a lo largo de su carrera suponga para nada una mera repetición o el agotamiento de sus puntos de vista, siempre sorprendentes, hilarantes y reflexivos. Woody Allen, como un mago, siempre sabe tratar estos temas cruciales para él con un punto de vista diferente, original y sorprendente.

En esta ocasión Allen da vida a un escritor que parece moverse mucho mejor en el universo de sus libros que en la vida real, donde no consigue tener una relación estable y sincera con ninguna mujer y en el que sobrevive a base de pastillas, alcohol y mentiras. Harry Block es un tipo inmaduro, mujeriego, ateo y deprimido que no encuentra la felicidad en la vida cotidiana, llena de obstáculos insalvables. Es en sus relatos donde parece liberarse; aunque su fuente de inspiración, sus relaciones personales, al igual que parece ocurrir con la filmografía de Allen, le acarreen no pocos problemas con alguna de sus ex-mujeres.

Este personaje le da pie a Woody Allen para adentrarse, con su penetrante sentido del humor, en los problemas de una persona que, a pesar de su edad, aún es tremendamente inmadura. Puede que Block sea una especie de alter ego de Allen, pero también, de alguna manera, retrata las inseguridades y miedos de muchos hombres maduros que viven la vida que todo el mundo espera que vivan sin estar seguros de por qué lo hacen. Block está perdido, fracasando como marido, como padre, y ni el alcohol ni las pastillas ni las prostitutas pueden ayudarle. De ahí su evasión en unos relatos en los que busca arreglar su mundo, sin ser consciente que, en muchos aspectos, aún lo empeora más. Pero es todo lo que tiene y renunciar a ello sería su perdición.

La escena final, en que sus personajes le rinden un cálido homenaje es, tal vez, el resumen de todas las frustraciones buscando un instante de realización personal que rediman al perdido Harry.

La experimentación de Woody Allen, muy presente en su obra, como pudimos ver desde Annie Hall (1977) y en títulos como La rosa púrpura de El Cairo (1985) por ejemplo, le lleva aquí a mezclar realidad con ficción, utilizando para ello a diferentes intérpretes según se nos muestre la vida de Block o uno de sus relatos, lo que me parece sin duda muy inteligente, pero que puede resultar confuso en algún momento. Sin embargo, esa desbordante imaginación da pie también a algunos momentos únicos de Desmontando a Harry, como la secuencia del infierno, quizá uno de los momentos más genuinamente divertidos de la película.

De nuevo, Woody Allen juega con maestría con el tiempo, sin seguir un orden lineal, algo en lo que se mueve como pez en el agua y cuyo mejor ejemplo es, de nuevo, Annie Hall. Este tratamiento hace que la historia se enriquezca y que nos movamos de manera ágil por la vida de este escritor neurótico, en aparente desorden, pero sin perder nunca de vista lo fundamental: el desmenuzamiento de la personalidad de Harry.

El reparto es otro de los regalos que nos brinda Desmontando a Harry: Billy Cristal, Elisabeth Sue, Robin Williams, desenfocado (otro más de los recursos interminables de Allen), Demi Moore, Kristie Alley o Mariel Hemingway, con quién había trabajado ya en la maravillosa Manhattan (1979).

Es difícil situar Desmontando a Harry entre lo mejor del director, tarea complicada dadas las grandes películas con las que cuenta en su haber. Puede que sea necesario dejar pasar algún tiempo y que vaya madurando, como un buen vino. Porque Desmontando a Harry es otro ejemplo más del talento de Allen para crear historias sobre las relaciones humanas; en ellas siempre hay mucho de auténtico, de profundo, un acercamiento tremendamente lúcido al drama de la existencia, pero sin perder ese sentido del humor tan personal que realza aún más sus reflexiones. Sin duda, Woody Allen es, para mí, un director imprescindible.

miércoles, 12 de agosto de 2020

Una cara con ángel



Dirección: Stanley Donen.
Guión: Leonard Gershe.
Música: Adolph Deutsch y Roger Edens.
Fotografía: Ray June.
Reparto: Audrey Hepburn, Fred Astaire, Kay Thompson, Michel Auclair, Robert Flemyng, Dovima, Suzy Parker, Sunny Hartnett.

Una conocida revista de moda intenta buscar una nueva modelo que represente a la mujer americana para su próxima publicación. El fotógrafo de la revista, Dick Avery (Fred Astaire), cree haber encontrado a la chica perfecta.

Stanley Donen es un clásico del género musical. En su carrera figuran títulos como Un día en Nueva York (1949), Cantando bajo la lluvia (1952), codirigidas ambas junto a Gene Kelly, o Siete novias para siete hermanos (1954), títulos que se encuentran entre lo mejor del género. Así pues, no extraña en absoluto que fuera el elegido para dirigir Una cara con ángel (1957), primer musical de Audrey Hepburn y donde tiene a sus órdenes al otro gran intérprete del musical clásico, el gran Fred Astaire.

Una cara con ángel representa uno de los últimos musicales clásicos, pues la década de los sesenta del siglo XX fue un punto importante de cambio en cuanto a tendencias y gustos en el cine. De hecho, bien mirado, tanto el estilo como la mentalidad que subyacen en esta película parecen remitirnos a unos años atrás. Como también es verdad que en esos aspectos la película no ha envejecido del todo bien. La culpa sin duda está en el guión, demasiado simplista y cargado de tópicos. Guión que ni afronta bien la parte romántica del film, que se queda en algo sin profundidad ni emotividad, ni logra tampoco brillar en la parte de comedia, demasiado tosca para ser eficaz.

La película intenta contraponer el mundo frívolo del mundo de la moda y el intelectual, representado por Jo Stockton (Audrey Hepburn), una gris dependienta de una librería que se ve de pronto lanzada al mundo de la moda. El guión ridiculiza ambos mundos sin demasiada sutileza, lo que no terminó de convencerme en absoluto. La simplicidad del planteamiento quizá se pueda excusar en que estamos en una comedia ligera, sin más pretensiones que entretener y servir de base a los números musicales del film. Aún así, vista en la actualidad, Una cara con ángel se queda, a nivel argumental, en muy poca cosa y se demuestra así que un musical no solamente debe contar con grandes números, sino que una buena historia en los que se asienten también es parte primordial para el resultado final.

También se nota cierto envejecimiento con algunos números musicales, sobre todo los que transcurren a las afueras de la iglesia rural, pues denotan un tono demasiado antiguo que hacen que rocen lo cursi. A pesar de ello, hay algo casi mágico en ellos que, particularmente, hizo que el tono relamido de esas secuencias se me quedara en un segundo plano.

En cuanto a los números musicales, éstos tampoco están a la altura de los grandes clásicos del género, quedándose en un nivel inferior en lineas generales, especialmente en lo referente a las letras, algunas muy poco inspiradas. Pero aquí es donde entran en juego el director y los actores principales para sacar petróleo de donde no lo había. Stanley Donen da muestras de nuevo de su talento para el musical y logra hacer brillar unos números que, en otras manos, quizá no fueran igual de bonitos. Pero además cuenta con la ayuda inestimable de una radiante Audrey Hepburn, repleta de frescura y encanto, y el maravilloso Fred Astaire que, a pesar de contar ya con 58 años en el momento de rodar esta película, sigue demostrando su agilidad y elegancia con algunos bailes realmente sublimes. 

Precisamente, la diferencia de edad entre Fred Astaire y Audrey Hepburn es unos de los problemas importantes del film, pues el romance entre ambos sin duda podría no resultar demasiado creíble. Sin embargo, el encanto de ambos actores, especialmente en los números musicales, hace que uno llegue a olvidarse casi por completo del detalle de la diferencia de edad.

Una cara con ángel me parece, en resumen, un ejemplo de segunda fila de la época dorada del musical de Hollywood. Tiene serias limitaciones para poder competir con los grandes títulos del género, pero aún así guarda cierto encanto fruto del talento del director y nos hace disfrutar una vez más del genial Fred Astaire, lo cual de por sí ya es maravilloso.

lunes, 27 de julio de 2020

Nathalie X



Dirección: Anne Fontaine.
Guión: Jacques Fieschi, François-Olivier Rousseau y Anne Fontaine (Idea: Philippe Blasband).
Música: Michael Nyman.
Fotografía: Jean-Marc Fabre.
Reparto: Fanny Ardant, Emmanuelle Béart, Gérard Depardieu, Judith Magre, Wladimir Yordanoff.

Catherine (Fanny Ardant) descubre las infidelidades ocasionales de su marido (Gérard Depardieu) y decide contratar a una prostituta (Emmanuelle Béart) para que intente seducirlo.

Me da la impresión que el cine francés tiene una notable obsesión con cierto tipo de mujer fatal, esa que encarnaría la Lolita de Nabokov. Además, ayuda mucho a esa búsqueda el gran éxito que obtuvieron con Brigitte Bardot, convertida de la noche a la mañana en el "producto" francés más exportado en su momento. Cada cierto asistimos al intento de crear un modelo parecido que lleve al cine francés a una expansión internacional que les haga competir, en su medida, con su despreciado cine norteamericano. En Nathalie X (2003) me pareció descubrir algo así en la figura de Emmanuelle Béart, cuyo rostro es más que reverenciado por la cámara, buscando resaltar esa belleza entre infantil y salvaje reforzada por su oficio, que añade un plus profesional a sus artes amatorias, con el morbo que ello puede acarrear.

Sin negar un evidente atractivo en Emmanuelle Béart, con esos inmensos ojos azules, la idea de recrear otro mito erótico de la talla de Bardot es, en la actualidad, algo impensable. Brigitte Bardot funcionó en su momento por su evidente atractivo, pero también por la época en que surgió, mucho más reprimida y puritana y donde con mucho menos que en la actualidad se podía llegar mucho más lejos en el imaginario sexual colectivo.

Centrándonos más en Nathalie X en su conjunto, la idea inicial de la película me parece interesante: la esposa que, tras descubrir las infidelidades de su marido, intenta descubrir qué busca él en otras mujeres a través de los servicios de una prostituta. No es una cuestión de venganza, sino más bien de exploración y, en cierto modo también, de poder vivir unas relaciones sexuales ausentes en su vida a través del relato de otra mujer. 

El problema viene principalmente del origen mismo de la idea: Francia. El cine francés peca habitualmente de un exceso de pedantería, una necesidad de alcanzar cierta categoría intelectual en su cine que lo hace un tanto rígido, encorsetándolo en estrictos corsés que, como sucede aquí, ahogan el mensaje. Nathalie X peca de una ambición que convierte el relato en frío, sin nervio, repetitivo y distante; todo lo opuesto a lo que debería ser una historia basada en el sexo, en los encuentros clandestinos, en la obsesión de la esposa por vivir una relación sexual a distancia.

Acierta el film al sustituir la imagen por al palabra en los encuentros de Nathalie y Bernard. Algo necesario por la propia historia, pero además original. El sexo nos llega no por la vista, sino por la palabra y esa falta de imágenes puede resultar más poderosa, dejando a cada espectador la tarea de pintar su propio cuadro. Sin embargo, la pedantería del guión le quita frescura y fuerza a la película y pronto caemos en una sucesión de secuencias repetitivas y sin pasión. Sin duda no ayuda mucho la elección de Fanny Ardant en el papel de Catherine, pues es fría e inexpresiva durante todo el relato, de manera que no trasmite ninguna emoción y es incapaz de contagiar nada al espectador. Emmanuelle Béart tiene el atractivo necesario para su papel, pero tampoco destaca especialmente en su interpretación, le falta frescura y, sin llegar al nivel de Fanny Ardant, por momentos es demasiado rígida. Gérard Depardieu, el tercero en discordia, tiene mucho menos peso en el relato.

Anne Fontaine queda atrapada en sus propias convicciones y en su falta de modestia y convierte un argumento con ciertas posibilidades en un relato acartonado, pedante y carente de pasión que convierten a Nathalie X en un film fallido, con menos contenido y fuerza de lo que parecía prometer. Para colmo de males, el final es bastante endeble.

Aún así, se realizó un remake de esta obra, Chloe (Atom Egoyan, 2009), película canadiense protagonizada por Julianne Moore, Liam Neeson y Amanda Seyfried.

miércoles, 1 de julio de 2020

Código de defensa



Dirección: Kasper Barfoed.
Guión: F. Scott Frazier.
Música: Paul Leonard-Morgan.
Fotografía: Óttar Guónason.
Reparto: John Cusack, Malin Akerman, Liam Cunningham, Richard Brake, Bryan Dick, Finbar Lynch, Lucy Griffiths, Joey Ansah, Victor Gardener, Hannah Murray. 

Tras una misión especialmente traumática, donde una niña muere, el agente especial Emerson Kent (John Cusack) es enviado a un destino más tranquilo para que intente recuperarse: custodiar a una cifradora de claves en una remota estación secreta en Inglaterra.

Código de defensa (2013) tiene uno de esos planteamientos interesantes que nos invitan a participar de los serios problemas de los protagonistas, encerrados en un búnker, sin saber quienes ni por qué los amenazan y con escasas perspectivas de sobrevivir. Un planteamiento sin duda atractivo pero que condiciona siempre el resultado final: si el desarrollo y desenlace mantienen el nivel, la película funciona; si no, fiasco total.

Para empezar, para mí, Código de defensa dista mucho de ser un fiasco. La intriga funciona correctamente, si bien en este tipo de films tenemos ciertas certezas sobre el destino final de los protagonistas, lo que rebaja un poco el nivel de tensión. Es verdad que el guión no es capaz de moverse con total originalidad y cae en algunos tópicos muy vistos, como el del agente traumatizado que ha de espantar sus demonios; pero en general juega con acierto sus bazas, en especial cuando casi todo el desarrollo tiene lugar en un espacio cerrado con nuestros dos protagonistas copando la mayor parte del metraje. Hay que saber dosificar bien los tiempos para no caer en escenas muertas que corten el ritmo y aquí tanto el guión como el director resuelven con acierto el reto.

También me pareció bastante acertado el recurso de los audios, acompañados de flashbacks, para ir desvelando lo acontecido en el búnker que además, con el juego de luces y sombras, Kasper Barfoed sabe convertir en un escenario amenazador y misterioso. Incluso se introduce una leve sombra sobre el comportamiento de Emerson Kent, que añade cierta intriga adicional. Es un buen recurso, aunque siempre supeditado a la mayor o menor credulidad del espectador.

Pero también es cierto que el planteamiento, tanto los problemas de conciencia del protagonista como la trama, bien analizado, no termina de resultar del todo convincente; es todo demasiado simple, demasiado esquemático como para que podamos tomarlo en serio completamente. Al final, nos quedamos con la lucha de los protagonistas por su vida y todo lo demás termina siendo bastante secundario. Y tampoco el final es especialmente brillante, es cierto. 

En cuanto al reparto, protagonismo casi completo para John Cusack y Malén Akerman. El primero es un actor que desde siempre me ha parecido dotado de un gran talento. Sin embargo, en esta ocasión no me gustó especialmente. Me dio la sensación de que pasaba un poco superficialmente por su personaje. Malén, lejos de sus papeles más "decorativos", resulta mucho más convincente. Quizá sean los malos los que mejor casen con sus papeles, aún siendo breve su presencia.

A pesar de sus limitaciones, Código de defensa me resultó un film entretenido. No podemos pedirle más de lo que es pero, en su medida, cumple con lo que se propone.

martes, 9 de junio de 2020

La fría luz del día



Dirección: Mabrouk El Mechri.
Guión: Scott Wiper y John Petro.
Música: Lucas Vidal.
Fotografía: Remi Adefarasin.
Reparto: Henry Cavill, Sigourney Weaver, Bruce Willis, Joseph Mawle, Caroline Goodall, Verónica Echegui, Rafi Gavron, Jim Piddock.

Will Shaw (Henry Cavill) viaja a España para reunirse con su familia. Pero durante su estancia, unosdesconocidos secuestran a su familia y exigen la devolución de un misterioso maletín para liberarla.

Con solo un film a sus espaldas, JCVD (2008), falso biopic protagonizado por Jean-Claude Van Damme, Mabrouk El Mechri vio como Hollywood le abría sus puertas y le ofrecía la posibilidad de rodar un thriller ambientado en España, La fría luz del día (2012), donde desgraciadamente se nota la falta de experiencia del director en este tipo de empresas.

La película, sin embargo, comienza despertando cierto interés ante una intriga que parece prometedora, con un joven que descubre que su familia ha desaparecido de repente y, cuando acude a la policía en busca de ayuda, se encuentra teniendo que escapar de ella para ponerse a salvo. El problema de este tipo de propuestas es que, una vez creadas unas interesantes expectativas, es indispensable mantener el listón. Si al final todo se convierte en un absurdo, la sensación en el espectador es de total desengaño. Y algo así es lo que sucede con La fría luz del día que en cuanto va descubriendo sus cartas va destapando sus miserias. El guión es un tanto absurdo y que el joven Will pase de ser un empresario arruinado a una especia de Rambo resulta un tanto incongruente. Si el guión se hubiera orientado más hacia un desarrollo basado en la investigación y no en la acción pura y dura, que es el recurso más fácil, sin duda la película hubiera resultado mucho más creíble.

Por otro lado, el argumento pronto pierde también cualquier elemento de sorpresa, convirtiéndose en algo totalmente banal, previsible y sin originalidad, de manera que pasamos gran parte del film esperando a ver cómo se las ingenian los guionistas para preparar un desenlace que se adivina sin mucha dificultad. E incluso aquí, en el desenlace, el guión no consigue salir de la mediocridad y plantea un final aparatoso y muy poco convincente, cayendo además en todos los tópicos posibles.

Si la historia ya no es muy interesante, el trabajo en la dirección de El Mechri ayuda muy poco a salvar los muebles. El Mechri opta por la aparatosidad y convierte la cámara en un ojo nervioso que se pasea por el Madrid más típico creando confusión y buscando cierta originalidad que no terminó de gustarme. Es, una vez más, la salida más sencilla, que no la mejor, cuando uno intenta hacer algo espectacular sin las bases necesarias. Veremos en que queda la carrera del director, pero en esta ocasión demuestra muy poco.

El reparto es una mezcla de caras nuevas y veteranos y tampoco termina de funcionar del todo. Bruce Willis no me pareció demasiado convincente, lo mismo que Sigourney Weaver, y como son actores con experiencia, creo que el problema reside en sus personajes, que tienen tan poca credibilidad como el resto del argumento. Henry Cavill hace lo que puede con su personaje y, en general, salva su papel, aunque no parece un actor con carisma, al menos no en esta película.

Así pues, estamos ante un film del todo prescindible, sin nada realmente interesante que pueda aportar, salvo el rutinario recurso a una acción desenfrenada, una intriga mediocre y más apariencia que entidad.

lunes, 8 de junio de 2020

La residencia



Dirección: Narciso Ibáñez Serrador.
Guión: Narciso Ibáñez Serrador (Historia: Juan Tébar).
Música: Waldo de los Ríos.
Fotografía: Manuel Berenguer.
Reparto: Lilli Palmer, Cristina Galbó, John Moulder-Brown, Cándida Losada, Maribel Martín, Pauline Challoner, Mary Maude, Paloma Pages, Teresa Hurtado, Blanca Sendino.

La señora Fourneur (Lilli Palmer) dirige de manera muy estricta un internado para señoritas, a las que pretender enderezar con una severa disciplina. Teresa (Cristina Galbó), una joven de dieciocho años, es la nueva residente y pronto empezará a comprobar el extraño ambiente que rige en el internado.

Debut en la dirección cinematográfica de Narciso Ibáñez Serrador, cuyo trabajo había sido hasta entonces en la televisión, argentina primero y española después. De hecho, la televisión sería el medio que acapararía su trabajo, puesto que en el cine solo llegaría a firmar La residencia (1969) y ¿Quién puede matar a un niño? (1976), ambas películas de terror, un género por el que el director sentía manifiesta predilección.

La residencia es un film atípico dentro de la tradición española, más inclinada a la comedia y a historias costumbristas. De ahí la importancia de la película dentro de su valor histórico, pues abrió la puerta para que este género se fuera desarrollando en España en la década de 1970.

La residencia nos hará pensar de inmediato en las producciones de la Hammer, especializada en películas de terror gótico, y también contiene elementos que nos llevan directamente a Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960) e incluso al monstruo de Frankenstein, fuentes de las que parece beber Ibáñez Serrador.

Vista hoy en día, es evidente que la película no ha envejecido del todo bien. Se nota el cuidado en la producción, pero aún así tenemos consciencia de que se trata de un film de serie B, empezando por lo limitado de los medios y la ambientación y siguiendo por un reparto con actrices y actores no muy buenos en líneas generales. Tampoco el ritmo es el adecuado, con muchos momentos que no hacen avanzar la acción realmente y donde se abusa demasiado de cierta aparatosidad, cuya finalidad no es otra que intentar atraparnos en un clima de miedo y tensión, aunque ciertos efectos parecen en la actualidad un tanto desfasados o ingenuos. Incluso la intriga no es demasiado rebuscada y resulta relativamente sencillo adivinar quién es el asesino. Dicho esto, habría que ver el impacto de la cinta en el momento de su estreno.

¿Qué méritos entonces nos ofrece La residencia? De nuevo aquí tenemos que referirnos a su valor histórico dentro del panorama cinematográfico español. Y es que el guión de la película resulta sorprendentemente atrevido para la época y para el país, la España de la dictadura. El film está repleto de tendencias sexuales atípicas, como el sadomasoquismo, el amor maternal insano, el lesbianismo y el voyerismo; hay un ambiente malsano en las relaciones entre las residentes, con una mezcla de represión y moralidad castradora; y especialmente la señora Fourneur resulta una persona de lo más perniciosa.

Para sortear la inevitable censura, Ibáñez Serrador supo jugar las bazas de la insinuación, que resulta a veces mucho más turbadora que si hubiera podido ser más directo con las imágenes, dando lugar a momentos tan surrealistas e insinuantes como la ducha en camisón de las internas.

A pesar de su valor innovador y su atrevimiento, La residencia me parece un film menor, con evidentes carencias que, en mi opinión, no consiguen equilibrar sus méritos.

martes, 2 de junio de 2020

Misión imposible



Dirección: Brian De Palma.
Guión: Robert Towne y David Koepp (Historia: Steven Zaillian y David Koepp).
Música: Danny Elfman (Tema: Lalo Schifrin).
Fotografía: Stephen H. Burum.
Reparto: Tom Cruise, Emmanuelle Béart, Jon Voight, Jean Reno, Vanessa Redgrave, Kristin Scott Thomas, David Schneider, Emilio Estévez, Henry Czerny.

Jim Phelps (Jon Voight) recibe la misión de impedir que un agente enemigo venda una lista, la lista NOC, con las identidades de los agentes de Estados Unidos desplegados en Europa central. Sin embargo, la misión se convertirá en un fracaso absoluto, muriendo casi todo el equipo de Phelps.

En busca de inspiración, la industria de cine norteamericana decidió volver sus ojos a todo cuanto pudiera suponer una suculenta receta en taquilla. Si antaño eran las novelas la primera fuente a la que acudía Hollywood, ahora se busca en el mundo de los cómics y también en el de las series de televisión. De ahí películas como Los ángeles de Charlie (Joseph McGinty Nichol, 2000) y sus secuelas, las versiones para el cine de otra mítica serie de los sesenta del pasado siglo, Star Trek, o la más reciente Superagente 86 de película (Peter Segal, 2008) y, naturalmente, la que nos ocupa: Misión imposible (1996), basada en una serie de los años sesenta y setenta del siglo XX.

De la serie original, la película conserva el gusto por el uso de máscaras, de tecnología de vanguardia, las tramas imposibles, la mecha que arde durante los títulos de crédito, la famosa frase del mensaje que se autodestruye en cinco segundos y, especialmente, la maravillosa melodía original de Lalo Schifrin que, aún ahora, resulta cautivadora. Sin embargo, la película también busca su identidad propia y en ese camino comete, para los fans de la serie, un pecado imperdonable: convierte al héroe de la serie televisiva, Jim Phelps, en el villano de turno.

En esta primera entrega, Brian De Palma cuenta con un guión muy sólido, cuya interesante intriga logra mantenernos en suspense a pesar de la debilidad de algunas situaciones o la simplificación total de los personajes. A diferencia de otros relatos, y pienso en particular en las novelas de John Le Carré, también sobre el mundo de los agentes dobles y el espionaje, la historia se orienta aquí más hacia la acción pura y dura, dejando de lado una mayor profundización en la trama que, aún así, está bastante bien planteada como para que no resulte superflua. Con ello, además del espectáculo visual, hay una intriga que nos mantiene en vilo, lo que hace de Misión imposible un film también atractivo desde el punto de vista argumental. Además, para intentar hacer lo más comprensible posible el enredo argumental, De Palma recurre con acierto a las imágenes cuando intenta explicar los pormenores de la intriga, haciendo que ésta resulte más fácil de seguir.

Sin embargo, el punto fuerte de la película son las escenas de acción, donde el director demuestra su dominio del medio manteniendo siempre un ritmo constante y logrando algunos momentos memorables, como la escena del robo de la lista NOC en la sede de la CIA o la lucha en el TGV, con helicóptero incluido. Si bien es verdad que son momentos que rozan la ciencia ficción, la maestría de Brian De Palma a la hora de filmar estas secuencias justifica casi ella sola el visitando del film.

Otro gran acierto es el magnífico reparto de Misión imposible, con Tom Cruise al frente. Con un perfil de héroe de acción diferente al prototipo de tipos super duros, como es el caso de Sylvester Stallone o Arnold Schwarzenegger, Cruise ha sabido aportar su propio estilo al personaje, haciéndolo creíble y atractivo a pesar de ser un actor que no termina de entusiasmarme. Jon Voight está también muy convincente en un papel en el que resulta sencillo encasillarle, puesto que su fisonomía se presta perfectamente a ello. Una pena la escasa presencia de Kristin Scott Thomas, por ejemplo, mientras que Emmanuelle Béart y Jean Reno, algo toscos en general, aportan el toque francés al film.

Un film, en definitiva, que no busca complicaciones, sino que va directo a lo que interesa: emoción y acción en un envoltorio millonario y que funcione como un reloj de precisión. Y hemos de reconocer que le film cumple con lo que promete y se nos pasa en un suspiro.

El éxito económico de Misión imposible, con recaudaciones millonarias, abriría las puertas a la primera secuela, a la que seguirían varias más en un proceso que, a día de hoy, parece que aún no se ha agotado.