El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Enamorarse



Dirección: Ulu Grosbard.
Guión: Michael Cristofer.
Música: David Grusin.
Fotografía: Peter Suschitzky.
Reparto: Robert De Niro, Meryl Streep, Harvey Keitel, Jane Kaczmarek, Dianne Wiest, David Clennon, George Martin, Victor Argo.

Molly (Meryl Streep) y Frank (Robert De Niro) no se conocen, aunque cogen el mismo tren para ir a la ciudad. Haciendo las compras de Navidad, la casualidad hace que se tropiecen y, por error, intercambien dos libros, lo que será el comienzo de una serie de encuentros en los que, casi sin darse cuenta, ambos comenzarán a sentirse atraídos mútuamente.

Con el reclamo de dos de los mejores actores de las últimas décadas, Ulu Grosbard , director de origen belga no muy prolífico, nos presenta una sencilla historia de amor entre dos personas casadas, adultas, que, sin embargo, se sienten irremediablemente atraídas por un amor sincero y profundo, lo que les lleva a plantearse seriamente su futuro. No se trata de una película escabrosa. En realidad, no es un film sobre infidelidades, sino más bien sobre el amor, como fuerza redentora, como un sentimiento que, cuando te llega, eres incapaz de domesticar. Ni Molly ni Frank desean hacer daño a sus respectivas parejas, tampoco se sienten a gusto con el sentimiento que ha surgido entre ambos, que les llena de remordimientos, pero no pueden hacer nada por remediarlo. Solo les queda aceptarlo y tomar la decisión que crean más justa, pero que, en todo caso, acarreará dolor, tanto a sus familias como a ellos mismos.

Sin embargo, a pesar de lo interesante del tema y de contar con dos actores excepcionales, Enamorarse (1984) es una película mediocre. Es verdad que Meryl Streep y Robert De Niro hacen un trabajo remarcable, en especial por la naturalidad y autenticidad de sus interpretaciones. Pero su sola presencia no es suficiente para enmendar un film que hace aguas casi por todas partes.

Por un lado, el director no consigue darle a la historia un ritmo interesante. Así, el comienzo de la película se hace un tanto lento, con algunas escenas que parecen no aportar demasiado y hasta da la impresión que algunas son casi de mero relleno. Si a eso le añadimos unos diálogos bastante planos, tenemos una película demasiado fría, inexpresiva.

Y ni siquiera en los momentos más intensos, cuando la pasión de los enamorados debería llenar la pantalla, Grosbard es capaz de trasmitir emoción, tensión, drama. Puede que sea una elección consciente, de querer presentar una historia de amor del modo más natural posible, desprovista de artificios o sentimientos desbordados. No lo sé. En todo caso, el resultado es un film sin demasiado nervio, sin alma, algo que lastra en exceso la intensidad con la que debería vivirse una historia semejante.

Estéticamente, tampoco Grosbard consigue dar en el clavo, con una fotografía del montón, una puesta en escena sin grandes aciertos y una música un tanto machacona, muy deudora de los gustos del momento y que denota lo mal que ha envejecido la cinta en este apartado.

Pienso en Breve encuentro (David Lean, 1945), pues Enamorarse recuerda inevitablemente a esa película, tanto por la situación de sus protagonistas como por los encuentros en la estación de tren, y es evidente la distancia que separa ambas películas, tratándose además de propuestas bastante similares en cuanto a planteamiento y sencillez de la historia. Es la diferencia entre un guión y una dirección geniales y un film mediocre que no logra captar ni trasmitir la esencia de lo que pretende contarnos.

En definitiva, una película cuya bonita historia merecía una puesta en escena mucho mejor. Al final me quedo con el reparto, lo mejor sin duda de un film que no consigue emocionarnos.

martes, 7 de marzo de 2017

El beso del asesino



Dirección: Stanley Kubrick.
Guión: Stanley Kubrick.
Música: Gerald Fried.
Fotografía: Stanley Kubrick.
Reparto: Frank Silvera, Irene Kane, Jamie Smith, Ruth Sobotka, Jerry Jarret, Mike Dana, Felice Orlandi, Ralph Roberts.

Davey (Jamie Smith), boxeador en la cuesta abajo de su carrera, acude en ayuda de Gloria (Irene Kane), su vecina, acosada por su jefe (Frank Silvera), un mafioso que dirige un club de baile y que se ha encaprichado de ella. Davey no tarda en enamorarse de Gloria, que decide acompañarlo cuando le propone que abandonen la ciudad.

El beso del asesino (1955) es la segunda película de Kubrick, un joven cineasta que daba sus primeros y dubitativos pasos en el mundo del cine. Es un film de muy bajo presupuesto donde el director se encarga prácticamente de todo: escribe el guión, se ocupa de la fotografía (recordemos que Kubrick destacó también como fotógrafo), del montaje,  es también el productor y, naturalmente, el director.  El resultado, un fracaso, como su primera película. Sin embargo, el director estaba sentando las bases de su carrera.

La verdad es que la película, que pretende ser un film de cine negro, hace aguas por todos lados. Para empezar, el guión es demasiado básico, planteando una trama muy elemental y cuya puesta en imágenes también peca de poco consistente, con un recurso constante a la voz en off para completar un relato que el director parece que no puede mostrar, tal vez por lo limitado de los recursos. Pero incluso los diálogos tampoco están a un buen nivel, quizá porque el escribir guiones no fuera el punto más fuerte de Kubrick que, a partir de esta película, utilizará adaptaciones de sólidas novelas como base de sus películas.

Fruto de esta debilidad argumental, contamos también con unos personajes sin peso específico, muy elementales en cuanto a sus rasgos característicos, cuando no algo confusos, como en el caso de Gloria, un ensayo de mujer fatal que se mueve entre cierta dulzura y una crueldad asombrosa. Tampoco los actores ayudan mucho al director, pues se trata de artistas de muy limitado talento.

En cambio, ya podemos vislumbrar algunos detalles positivos en la faceta de director que anticipan las ambiciones de Kubrick y que están entre lo poco que se puede salvar de esta película. Por ejemplo, algunos movimientos de cámara y encuadres revelan a un director que busca constantemente expresarse a través de las imágenes, dejando de lado la rutina y buscando puntos de vista expresivos.  La fotografía también me resultó muy convincente, así como la habilidad para crear unos ambientes tristes, claustrofóbicos, que expresan la precaria situación de Davey y de Gloria; al tiempo que algún detalle suelto, como el primer plano de la muñeca en la habitación de Gloria, aporta una nota muy fuerte de nostalgia y ternura. Son recursos expresivos que demuestran el deseo de Kubrick de buscar un lenguaje personal, su intento de crear un universo visual fuerte.

El beso del asesino no deja de ser, por lo tanto, un film fallido del director, que se queda más que nada como una curiosidad para los fans de Kubrick, una curiosidad para conocer sus comienzos, pero que está a mucha distancia de lo que será su obra posterior, en la que ya se aprecia un gran salto de calidad, muy palpable ya en su siguiente película, Atraco perfecto (1956).


domingo, 5 de marzo de 2017

Entre líneas



Dirección: David Hare.
Guión: David Hare.
Música:
Fotografía: Martin Ruhe.
Reparto: Bill Nighy, Rachel Weisz, Ralph Fiennes, Michael Gambon, Felicity Jones, Judy Davis, Tom Hughes, Rakhee Thakrar, Saskia Reeves, Ewen Bremmer, Marthe Keller.

Johnny Worricker (Bill Nighy), un veterano oficial del MI5, recibe un informe secreto de su superior que compromete nada menos que al primer ministro, pero también tendrá importantes repercusiones para su propio futuro en el cuerpo.

Las películas de espías siempre me han fascinado. Es un tema inquietante, oscuro y rodeado de mentiras y engaños que además suele dar lugar a tramas complicadas donde cualquier giro argumental suele encajar bastante bien en los turbulentos ambientes del mundo del espionaje. En resumen, si hay un guión inteligente, es un género que puede dar lugar a historias apasionantes. Sin embargo, a menudo se confunde complicación con enredo y el resultado no es más que un quiero y no puedo que nos puede dejar un gusto muy amargo.

Entre líneas (2011) tiene algunos elementos muy interesantes, como es el tema de la corrupción política, los asuntos turbios del poder, capaz de mentir a sus propios conciudadanos. Nos muestra un mundo donde nada es realmente lo que parece, donde todo se puede comprar o corromper, donde el enemigo está sentado a tu lado y habla tu propio idioma y es más temible que los de fuera.

También tiene esa elegancia propia del buen cine británico, con un relato directo, sobrio, que no se deja llevar por las turbulencias y guarda siempre las formas, exquisitas. Entre líneas tiene el empaque del buen cine, con una puesta en escena cuidada, unos diálogos inteligentes y la sensación de que es un producto que se toma en serio a sí mismo y al espectador. No esperes persecuciones, violencia desatada, ni sexo. No hay mujeres hermosas puestas como decorado ni tampoco una trama sencilla, apta para todos los públicos, digerible y bien intencionada. Es un film complejo, sin concesiones a la taquilla. Y por aquí le vienen también sus defectos.

Y es que Entre líneas resulta, en general, un film demasiado frío. El argumento tiene una intriga tan soterrada que no lo parece, que hasta casi el final no descubrimos qué demonios está pasando, con lo que más de la mitad de la película la pasamos entre tinieblas, buscando sentido a conversaciones un tanto oscuras, propias de los círculos de espías y políticos, pero que no nos llegan de un modo claro, que nos permita ser cómplices de las intrigas. Al contrario, la mayor parte del metraje lo pasaremos esperando a que llegue alguna revelación, algo que nos ponga sobre la pista definitivamente; y eso llega, sí, pero casi al final de la historia. Un poco tarde.

En Entre líneas hay romance, pero no lo parece, porque desconfiamos de todo, de todos, de cada palabra, porque así lo quiere el guionista, pero ello implica que no conocemos a los protagonistas hasta el final. De nuevo un poco tarde. Y hay drama personal, familiar; y soledad, mucha soledad. Pero todo eso no nos llega de manera eficaz. Queda, otra vez, escondido en medio de la confusión que parece envolverlo todo, un juego de engaños, de no desvelar las cartas que provoca momentos de confusión, despiste, de espera excesiva que le resta fuerza e interés al argumento. Y es triste que así sea, porque nos priva de poder disfrutar mejor de la trama que, en realidad, bien mirada, tampoco es deslumbrante. Quizá por ello que el director se recree en el juego de sombras, única manera de mantener cierta tensión, por la intriga, por descubrir un juego que se oculta durante muchos y largos minutos.

Y aún así, a pesar de los defectos, Entre líneas es un film interesante, por ser diferente, por apostar por la seriedad en medio de un cine actual que se mueve más por lo efectista, por la rentabilidad. No es un film redondo, pero tiene el mérito de intentarlo.

domingo, 26 de febrero de 2017

Rebeca



Dirección: Alfred Hitchcock.
Guión: Robert E. Sherwood y Joan Harrison (Novela: Daphne du Maurier).
Música: Franz Waxman.
Fotografía: George Barnes.
Reparto: Laurence Olivier, Joan Fontaine, George Sanders, Judith Anderson, Nigel Bruce, Cecil Aubrey, Reginald Denny, Gladys Cooper.

Durante una estancia en Montecarlo, el aristócrata inglés Max de Winter (Laurence Olivier) se enamora de una joven humilde (Joan Fontaine) que trabaja como dama de compañía. Tras casarse con ella, la lleva a vivir a Manderley, su mansión inglesa, donde aún pervive con fuerza el recuerdo de la anterior señora de Winter: Rebeca.

Rebeca (1940) fue la primera película norteamericana de Alfred Hitchcock, si bien por la temática y los intérpretes parece un film típicamente británico. La verdad es que es una película curiosa, alejada de la temática habitual del director, que tuvo que rodar la película por imposiciones contractuales. El propio Hitchcock no se mostraba muy contento con esta historia un tanto anticuada, tanto por la temática como por el tono, lamentando la falta de humor en el relato. Sin embargo, el productor David O'Selznick no admitía que se cambiara el espíritu y la letra de la novela en que está basado el film, temiendo que el público no aceptase ninguna alteración.

Sea com fuere, es cierto que, vista hoy en día, la película resulta demasiado seria, demasiado dramática y acartonada, tanto en la hechura como en el tono. Incluso algunas imágenes, en especial la presencia casi sobrenatural de Judith Anderson, pueden resultar casi cómicas hoy en día, por el exceso de aparatosidad o teatralidad, que a veces nos remite a una estética y un tono más próximos al cine mudo. Incluso el desenlace, algo precipitado y con la impresión de ser un tanto forzado, resulta más cercano a una tragedia de folletín que a una historia cercana. Y es que Rebeca es una historia un tanto irreal, afectada e incluso algo tramposa. Para el director, se parecía más a un cuento que a otra cosa y en parte es así.

Sin embargo, hay que reconocer los méritos de un film que, de alguna manera, ha quedado como un clásico de cine psicológico, donde un personaje que ha muerto, como es el caso de Rebeca, es capaz de ejercer un poder terrible sobre la nueva señora de Winter, como un fantasma que aún impone su domino sobre las personas que estuvieron a su lado e incluso en la mansión de Manderley, que es, también, otro personaje más, casi con vida propia.

Pero junto a esa presencia constante de Rebeca, no podemos olvidar al personaje de la señora Danvers, una de las malas legendarias del cine por méritos propios, con una presencia aterradora, sigilosa y totalmente malvada, atemorizando a la nueva señora de la casa, hasta límites insoportables. Un personaje cuya pasión por otra mala persona, como lo fuera Rebeca, puede dar pie a un sin fin de interpretaciones psicológicas o sentimentales.

Otro de los puntos fuertes de la película es el excelente reparto, esta vez sí, con el que pudo contar el director, empezando por un genial Laurence Olivier y una conmovedora Joan Fontaine, impecable dando vida a la tímida y frágil señora de Winter (nótese que nunca se llega a decir su nombre), atormentada tanto por sus miedos como por la terrible presencia de Rebeca. Completa el reparto un maravilloso villano: George Sanders, con ese porte y ese aire de cierta superioridad tan personales.

Rebeca, dejando a un lado su envejecimiento o algunos elementos del guión un tanto peliculeros, es cine de calidad, una de esas películas densas, complejas, bien hechas, con ese poso del cine clásico inconfundible e irrepetible. Puede que, sin formar parte del género tan característico del director, sea de las películas más completas y redondas de Hitchcock.

Con once nominaciones, Rebeca se hizo con el Oscar a la mejor película y al mejor fotografía.

 

lunes, 20 de febrero de 2017

The Imitation Game (Descifrando Enigma)



Dirección: Morten Tyldum.
Guión: Graham Moore (Libro: Andrew Hodges).
Música: Alexandre Desplat.
Fotografía: Óscar Faura.
Reparto: Benedict Cumberbatch, Keira Knightley, Mark Strong, Charles Dance, Matthew Goode, Matthew Beard, Allen Leech, Tuppence Middleton, Rory Kinnear.

Durante la Segunda Guerra Mundial, los servicios secretos británicos, que han conseguido una máquina de cifrado alemana, Enigma, reclutan a los cerebros más notables del país con el fin de intentar descifrar las claves alemanas y poder ganar la guerra.

Llevar al cine una biografía suele parecerme, de entrada, una tarea un tanto ingrata. No es sencillo intentar aunar la lógica fidelidad debida al protagonista con la necesidad de darle al producto un toque seductor. Se puede pecar de aburrido si uno intenta resultar lo más fiel posible, o pasarse de frenada y crear algo poco convincente y decididamente ajeno a la verdad. The Imitation Game (2014) parece ser que no sigue al pie de la letra las peripecias de Alan Turing, aportando algunos detalles más dramáticos a su vida. Licencias poéticas, sin duda, que me parece que no alteran en esencia la personalidad y el trabajo de este matemático tan decisivo en nuestra historia reciente. Porque estamos, ante todo, ante una obra de ficción que busca entretener y la película creo que logra su propósito de manera más que notable. Además, no es un retrato plano de unos hechos históricos, sino que el personaje de Turing resulta complejo, profundo y muy interesante.

The Imitation Game destaca, a primera vista, por su cuidada forma, con aire de cine muy británico que le aporta elegancia y aplomo a partes iguales. Nunca pierde las formas, con un gusto por las cosas bien hechas y bien contadas. Es ese toque británico tan característico y que en films de época, o históricos, parece que funciona de maravilla. Es un film sobrio, sin demasiadas estridencias, algo distante a veces y, sin embargo, cuando llegan los momentos decisivos, Tyldum sabe aportar también la dosis correcta de emoción sin cargar tampoco las tintas.

Además, el guión es lo bastante hábil para aportar a la historia una buena dosis de intriga, totalmente coherente, que consigue mantener la atención y el interés por el argumento, a pesar de que la mayoría conocemos ya el desenlace. Sin embargo, es en los detalles, en el juego de espías y recelos, en la propia personalidad de Turing, especialmente, donde el director logra sacar todo lo bueno que hay en el relato histórico.

Y además, contamos con la presencia de Benedict Cumberbatch, con un trabajo prodigioso que consigue dotar a su personaje de unos registros intensos y complejos sin caer nunca en el exceso. Sin duda, todo un regalo.

Sin duda, un film interesante, de una factura implacable y que sabe conjugar la historia de un descubrimiento crucial con la introspección en la naturaleza humana y los problemas de gente excepcional, que debían intentar sobrevivir en medio de una sociedad muy estricta, donde el solo hecho de ser homosexual acarreaba terribles consecuencias, de las que ni el genio de Turing estuvo a salvo.

La película recibió ocho nominaciones aunque al final solo ganó el Oscar al mejor guión adaptado.

sábado, 11 de febrero de 2017

Sidney



Dirección: Paul Thomas Anderson.
Guión: Paul Thomas Anderson.
Música: Michael Penn y Jon Brion.
Fotografía: Robert Elswit.
Reparto: Philip Baker Hall, John C. Reilly, Gwyneth Paltrow, Samuel L. Jackson, Philip Seymour Hoffman, F. William Parker.

Sydney (Philip Baker Hall), un viejo solitario que parece conocer los trucos para ganar dinero en los casinos encuentra un día a John (John C. Reilly), un hombre deprimido que necesita urgentemente seis mil dólares. Sydney decide ayudarlo y, a partir de entonces, se convierten en inseparables.

Sidney (1996) es el debut como director de Paul Thomas Anderson, autor también del guión de este film negro que representa una personal incursión en un género clásico. Tal vez por ello, por no volver a los lugares comunes del género, o al menos no de la manera tradicional, Anderson le da una nueva visión a la historia, un estilo muy personal que es el gran atractivo de la película.

Lo primero que destaca en Sidney es su ritmo lento. Anderson escapa del vértigo y de la acción para centrarse más en las pausas, los detalles, los gestos, apoyándose en una cámara con un punto de vista no muy habitual, que a veces se detiene en los objetos, otras en fragmentos de una escena, con cierta obstinación, dejándonos en una larga espera hasta abrir finalmente el plano. Con ello, el director consigue un punto de vista personal, un sello de marca que distingue a Sidney y le da una de sus señas de identidad.

Otro de los elementos diferenciadores es que la película, de entrada, no parece un film de cine negro. En un primer momento, parece más un film dramático sobre seres solitarios, necesitados de comprensión y ayuda. Y es que el director comienza la historia sin darnos ninguna pista sobre los personajes: no conocemos nada en absoluto del pasado de Sydney ni del de John; desconocemos, por ejemplo, por qué el primero intenta ayudar a un completo desconocido, algo que el guión se cuida de no desvelar hasta el final. No es un juego de engaños, es más una opción personal más, como la del ritmo. Y lo curioso es que Anderson consigue que la historia funcione sin necesidad de entrar a fondo en los protagonistas. Los personajes del film aparecen de repente, sin que se explique en ningún momento, con detalle, nada de sus vidas. Es parte del misterio, del juego al que nos invita el director. Será cada uno de nosotros, desde su butaca, el que complete un relato a su gusto, llenando todo aquello que no se cuenta, tanto del pasado como del incierto futuro de los protagonistas.

Aparecen, es cierto, los personajes tradicionales del cine negro, como el asesino, el perdedor o la mujer fatal, pero con un enfoque personal, sin el glamour de las películas clásicas del género. Son personajes más grises, más tristes, inmaduros incluso, que inspiran compasión. En todo caso, perdedores, dentro pues de los principios más clásicos del cine negro.

Anderson consigue además un reparto que funciona de maravilla. Cada uno de los actores resuelve su papel con una naturalidad asombrosa, con un trabajo cercano, intenso a veces, pero muy real. Incluso los personajes más extravagantes, como los de Samuel L. Jackson o Philip Seymour Hoffman resultan perfectos.

Sin duda, un debut de lo más prometedor para un director no muy prolífico, pero que ha sabido hacer un film muy personal que ofrece una nueva visión de un género muy definido, al que el director sabe lavar la cara convenientemente.

domingo, 5 de febrero de 2017

Misión de audaces



Dirección: John Ford.
Guión: John Lee Mahin y Martin Rackin (Novela: Harold Sinclair).
Música: David Buttolph.
Fotografía: William H. Clothier.
Reparto: John Wayne, William Holden, Constance Towers, Althea Gibson, Hoot Gibson, Russell Simpson, Anna Lee, Willis Bouchey, JudsonPratt.

Durante la Guerra de Secesión, el coronel de La Unión John Marlowe (John Wayne) recibe la arriesgada misión de adentrarse en territorio sudista para destruir un nudo ferroviario, clave para poder poder tomar Vicksburg, asediada sin éxito por el ejército del norte.

Misión de audaces (1959) es considerada por muchos como una obra menor de John Ford, por lo que no es un film que aparezca entre sus obras maestras. Además, en el momento de su estreno fue un fracaso, lo que venía a anunciar, en cierto modo, la crisis del western, que estaba llegando al fin de sus días de gloria, quedando desde los años sesenta como un género moribundo.

Sin embargo, a pesar de que personalmente no la situaría al nivel a La diligencia (1939) o Centauros del desierto (1956), citando solo películas del director del mismo género, Misión de audaces no es en absoluto un film menor de Ford, si bien es cierto que puede que no sea tan perfecto como otras de sus grandes creaciones. Quizá le falte una unidad de ritmo más constante o un guión no tan predecible en algunos aspectos, pero, visto en su conjunto, es un film muy denso, con muchas lecturas más allá de la acción militar que vertebra el argumento, basada en hechos reales, pues la toma de Vicksburg fue la primera gran victoria del norte en la Guerra de Secesión.

Pero, como decía, la película es mucho más que un relato de esa acción militar. La incursión del coronel Marlowe en territorio confederado es solamente el pretexto para que Ford plantee unos cuantos conflictos centrados, cómo no, en el ser humano, elemento clave para entender y disfrutar del cine de este director.

Misión de audaces es, antes de nada, un alegato contra la guerra, contra su brutalidad y contra el dolor que acarrea. De hecho, Marlowe intenta por todos los medios evitar el enfrentamiento directo con el enemigo, oponiéndose a los consejos de sus oficiales. Y cuando, al fin, no tiene más remedio que enfrentarse a los confederados, terminará bebiendo furioso para ahogar el dolor y el asco que le producen las muertes absurdas que genera la guerra. Incluso llegará a retirarse con sus soldados para evitar tener que disparar contra unos cadetes, niños en su mayoría, que avanzan contra ellos en un acto tan suicida como absurdo.

Frente a la honorabilidad de los militares, capaces incluso de conservar la amistad aún estando en bandos opuestos, Ford no escatima críticas hacia la clase política, encarnada en el oficial, político en su vida civil, que en todo momento manifiesta su intención de utilizar esa misión en beneficio de su carrera política, destacando además como el menos noble de todos los militares.

Otro de los temas que aborda Ford son los conflictos que toda persona lleva dentro, en este caso el coronel Marlowe y sus prejuicios contra los médicos, que provocaron la muerte de su esposa en el pasado. De ahí su hostilidad desde el primer momento hacia el doctor Kendall (William Holden), que debe acompañarlo como médico de su destacamento. Y es que, una vez más, como sucediera por ejemplo en la citada Centauros del desierto, los héroes de Ford son personajes complejos, llenos de sombras, atormentados, rencorosos y duros. Marlowe no es el típico héroe ejemplarizante, lleno de virtudes, sino que es un hombre amargado, difícil y con un pasado que lo persigue, aunque no lo sepamos hasta bien avanzada la película. Como es habitual en los films de Ford, éstos nunca nos cuentan una historia ceñida estrictamente a su duración, sino que sus personajes y las historias desbordan el metraje por ambos extremos, como sucede aquí también con el final, completamente abierto a nuestras especulaciones.

Y otro elemento más que no podía faltar en el cine de John Ford es el papel de las mujeres, que lejos de ser meras espectadoras o la recompensa del guerrero, son mujeres valientes, comprometidas, activas. Es el caso de las mujeres del sur que no dudan en lanzar piedras y tierra a los soldados que invaden su pueblo, o también el de la protagonista, que espía a los soldados enemigos para poder ayudar a su causa.

Y tampoco se olvida Ford de los detalles de humor, siempre presentes en sus películas, aunque menos numerosos en esta ocasión y que sirven de contrapunto al tono dramático de la historia, bastante acusado en este caso, con un tono muy pesimista; porque la guerra no tiene nada de noble, de heroico ni de ejemplarizante en esta ocasión. Solamente cierta cortesía entre los enemigos, o la amistad por encima de los bandos, arroja algo de luz en una guerra entre hermanos que se presenta como algo muy poco glorioso.

Misión de audaces es, en definitiva, un gran western, un film de la última época del director y del final edad de oro del género; mucho más rico que una simple historia militar y con el talento de un director que supo crear historias basadas en el ser humano.