El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

domingo, 20 de junio de 2010

Vive como quieras



Dirección: Frank Capra.
Guión: Robert Riskin (Obra: George S. Kaufman & Moss Hart).
Música: Dimitri Tiomkin.
Fotografía: Joseph Walker (B&W).
Reparto: James Stewart, Jean Arthur, Lionel Barrymore, Edward Arnold, Mischa Auer, Ann Miller, Spring Byington, Samuel S. Hinds, Donald Meek, H.B. Warner.

Vive como quieras (1938) es una más de esas entrañables fábulas de Frank Capra que cuando terminas de verlas lo haces con el corazón rebosando felicidad. Sin embargo, en esta ocasión, Capra aparca un poco el discurso político y hace una comedia un tanto excéntrica, en la línea por la seguirá luego con Arsénico por compasión (1944).

Alice Sycamore trabaja como secretaria del joven Tony Kirby, hijo de un acaudalado y ambicioso banquero (Edward Arnold) que, precisamente, intenta comprar la casa del abuelo de Alice, novia de Tony. Ella concierta una cita en la que ambas familias deben conocerse, pero Tony decide adelantar dicha velada para que sus padres vean a la familia de Alice tal y como son realmente: un grupo de personas extravagantes que se dedican a hacer aquello que les gusta más, libres de formalismos y convenciones sociales. La rigidez de los padres de Tony chocará frontalmente con la espontaneidad de la familia de Alice y las cosas se tuercen aún más con la irrupción por sorpresa de la policía.

Vive como quieras es una película hermosa, tan hermosa como seria y tan seria como divertida. Ese es el talento de Capra, aunar de manera casi mágica la reflexión y la comedia sin que nada chirríe ni desentone. El mensaje es claro: la gente debería intentar ser feliz en esta vida haciendo lo que verdaderamente desea. Por el contrario, aquellos cuya ambición y el deseo de éxito y dinero son los motores de su vida corren el riesgo de perder lo que en verdad importa: el cariño y la amistad de cuantos los rodean. Y si bien la manera en que Capra nos cuenta este hermoso cuento no deja de ser un tanto ingenua y simple, lo hace con tal maestría y tan sinceramente que no puede dejar de resultar conmovedor.

Para ello cuenta con un reparto impresionante, con el genial Lionel Barrymore y Edward Arnold (villano también en Caballero sin espada y Juan Nadie) al frente, secundados por el maravilloso James Stewart, un fijo para Capra, y una encantadora Jean Arthur junto a un elenco de secundarios que componen un maravilloso grupo de seres alegres y entrañables de los que desearíamos poder formar parte.

Además Capra domina los resortes de la narración como nadie y sabe tocar la fibra sensible en los momentos claves a base de pequeños detalles, como el cuadro de "Hogar dulce hogar", aparentemente inofensivo pero que al final cobra un protagonismo sencillo y muy eficaz. La parte seria de la película contiene también escenas muy hermosas, como la conversación de Barrymore con su nieta en la que le habla de su abuela, realmente emotiva, o aquella en que vemos la soledad de Edward Arnold, sumido en un mar de dudas y con el pequeño detalle de una armónica que juega un papel también bastante importante como instrumento para que sigamos el hilo de sus pensamientos. Sin embargo, Vive como quieras no deja de ser, esencialmente, una comedia y aquí vemos el talento de Capra para desarrollar las situaciones cómicas de manera brillante y siempre encajando perfectamente en la historia. Algunas secuencias están realmente logradas, como la visita de los padres de Tony a la casa de Alice y en especial aquellas escenas en las que interviene el personaje del ruso Kolenkhov, interpretado de manera genial por Mischa Auer, que aporta alguno de los mejores momentos cómicos de la película.

En definitiva, Vive como quieras es una grandísima película, de esas que te hacen ver el mundo de manera más amable, que abren una ventana a la esperanza, un film optimista y alegre que nos sacude un poco la conciencia recordándonos algunas cosas que de tan elementales solemos olvidar fácilmente, hasta que a veces es demasiado tarde.

El film ganó el Oscar a la mejor película y al mejor director.

sábado, 19 de junio de 2010

Master and Commander: Al otro lado del mundo



Napoleón domina Europa. Solamente Inglaterra resiste y su fuerza reside en el dominio del mar. En el océano Atlántico, el navío de guerra "Surprise", capitaneado por "Lucky" Jack Aubrey (Russell Crowe), es atacado por un buque francés muy superior, el "Acheron". A pesar de los daños recibidos, el capitán Aubrey decide plantarle cara al barco enemigo.

Master and Commander: Al otro lado del mundo (Peter Weir, 2003) es uno de los mejores films de aventuras que he visto en mi vida. En parte, si recordamos algunos de los films de Weir, como Único testigo (1985) o El club de los poetas muertos (1989), podemos entenderlo mejor.

Alejándose de la tendencia tan manoseada de hacer de este tipo de películas un espectáculo casi circense y completamente alejado de lo verosímil y lo posible, Weir se dedica a hacer lo más sensato: procurar realizar un film creíble a base de una perfecta ambientación, una puesta en escena realista pero eficaz y espectacular y ponerlo todo al servicio de un argumento bien elaborado y cargado de emociones y acciones heroicas. Se parte de una buena base, como son las novelas de Patrick O'Brian, a partir de dos de las cuales el propio Weir y John Collee firman el guión de la película. En este sentido, el realismo con el que se nos muestra la vida en el barco, que hasta puede recordarnos por momentos un documental, es una de las claves para que la película llegue a implicarnos y disfrutemos tanto con ella. Y en verdad que nos creemos uno más de la tripulación por momentos y sentimos el balanceo del barco y el viento y la sal, tal es la maestría del director para filmar las espectaculares escenas de acción y para recrear el día a día de la vida a bordo.

Junto a esta cuidada y soberbia puesta en escena, otro de los puntos fuertes de la película es el detalle con que se van describiendo y definiendo los múltiples personajes del film. En especial, naturalmente, la figura del capitán, riguroso en el cumplimiento del deber y un tanto obsesivo en su lucha con el enemigo, y la de su amigo Stephen Maturin (Paul Bettany), el cirujano, con su hermosa y a veces tensa relación de amistad. Pero el resto de la tripulación también aparece bastante bien definida, con sus roles, sus miedos, sus miserias y sus supersticiones. No hay otra manera de hacer una historia profunda e interesante sino es cuidando especialmente a los personajes y Weir lo hace admirablemente.

Junto a todos estos aciertos, Weir no descuida la parte de acción, eje central de la película. El director sabe dosificar la tensión y mantener el ritmo con bastante buen pulso. Es cierto que la excesiva duración de la película, 139 minutos, da lugar a pequeñas caídas en la intensidad del argumento, pero son mínimas. En su conjunto, la película tiene un gran nivel y engancha con facilidad y el enfrentamiento desigual entre los dos barcos, el duelo de estratagemas, la amenaza constante, el riesgo siempre presente con el miedo de la tripulación, está tratado de manera sobresaliente. Ya el arranque de la película, con el "Acheron" saliendo de la niebla y el espectacular combate que sigue, filmado a la perfección y logrando Peter Weir trasmitir toda la tensión y dramatismo de un combate naval, nos pone en guardia acerca de lo que nos espera.

Cuidadoso del mínimo detalle, también la música es otro acierto más, con un trabajo sobresaliente de Christopher Gordon e Iva Davis.

No debemos olvidar el excelente trabajo de todo el reparto. Russell Crowe es un actor que siempre me ha convencido y vuelve a tener un papel destacado, dando vida al capitán Aubrey de manera totalmente convincente. A su lado, Bettany está también perfecto. Y luego, un reparto de secundarios sorprendente, en especial los niños, con Max Benitz a la cabeza, que consiguen que los veamos en todo momento como verdaderos marinos.

Una película, por tanto, que merece ser vista y que alcanza unos niveles de calidad que yo no he visto en el género de aventuras más que en muy contadas ocasiones. Merecidamente nominada en diez apartados, Master and Commander: Al otro lado del mundo solamente se llevó dos Oscars: a la mejor fotografía y edición de sonido.

viernes, 18 de junio de 2010

Cara de ángel



Dirección: Otto Preminger.
Guión: Frank Nugent y Oscar Millard (Argumentos: Chester Erskine).
Música: Dimitri Tiomkin.
Fotografía: Harry Stradling (B&N).
Reparto: Robert Mitchum, Jean Simmons, Mona Freeman, Herbert Marshall, Leon Ames, Barbara O'Neil.

Frank Jessup (Robert Mitchum) trabaja como conductor de ambulancias y una noche tiene que salir a atender a una mujer que, según parece, ha intentado suicidarse. Allí conoce a la hijastra de la mujer, Diane (Jean Simmons), que decide ir tras él. Al poco tiempo, Frank entra a trabajar como chófer de la familia de Diana.

Cara de ángel (Otto Preminger, 1952) es un inquietante film de cine negro que tiene muchos elementos en común con lo habitual en el género, como es la presencia de una mujer fatal y de un destino terrible que parece cernirse sobre los personajes sin que nada pueda evitarlo. Pero al tiempo resulta un film novedoso e inquietante por la personalidad del personaje interpretado por Jean Simmons, que no termina de definirse y no se corresponde con el arquetipo de mujer fatal clásica, y del que Preminger nos permite entrever cosas, pero siempre dejándonos a nosotros la última palabra acerca de cómo es ella realmente. Tal vez aquí resida el gran acierto de la película, recogiendo aquella costumbre de las películas clásicas de insinuar más que mostrar; y esas sugerencias siempre son mucho más enriquecedoras.

Cara de ángel es, ante todo, el magnífico retrato de Diane, una muchacha que aún no ha cumplido veinte años y, sin embargo, su dulzura, su belleza y sus modales no logran ocultar del todo una personalidad compleja y retorcida. A pesar de ello, Frank sucumbirá a su belleza, tal vez cegado en parte por su ambición. Sin embargo, Preminger evita llevar el relato al terreno más previsible del enamorado que no puede librarse de la nefasta influencia de su amada. Frank adivinará el juego de Diane, al igual que lo intuye perfectamente su novia Mary (Mona Freeman), e intentará escapar de sus maquinaciones. Con ello se plantea que Diane no es capaz de engañar realmente a los que la conocen un poco. No es más que una chica caprichosa y mimada. O eso parece, porque la maldad a la que es capaz de llegar, sin motivo aparente, pues en la película se demuestra que el odio hacia su madrastra no está verdaderamente justificado por nada concreto, es tremenda e imprevisible. Y el acierto de la película es que no sabemos nada en concreto de ella, de su pasado. Solamente tenemos sus miradas perdidas, sus silencios o sus solos al piano, momentos realmente fascinantes, llenos de tensión (recordemos por ejemplo cuando ella arroja al vacío una cajetilla de tabaco) y en donde vamos adivinando algo más sobre ella, intuiciones, presunciones y terribles premoniciones. Esta es la fuerza y la belleza de Cara de ángel. Lo que nos lleva a hablar de la soberbia interpretación de Jean Simmons, sin la cuál el relato no podría convencernos ni cautivarnos como lo hace. Robert Mitchum está en su papel más o menos conocido: tipo duro y algo despistado por momentos, pero convincente. El resto del reparto está correcto, pero sin mucho brillo, lo que quizá perjudica un poco la película, que pierde algo de fuerza cuando no se centra en Jean Simmons o Robert Mitchum.

También merece la pena destacar la maravillosa música de Dimitri Tiomkin, excelente y muy sugestiva, uno de los puntos fuertes de la película.

Sin ser una obra maestra, Cara de ángel resulta una muy buena película, inquietante, siempre con una dosis de incertidumbre (no tanto sobre lo que puede pasar, sino en cómo va a suceder) y, por encima de todo, con una apuesta realmente interesante y acertada por ahondar en el perfil psicológico de la protagonista, eje central de la película.

miércoles, 16 de junio de 2010

Una noche en la ópera



Dirección: Sam Wood.
Guion:George S. Kaurman & Morrie Rysking.
Música: Herbert Stothart.
Fotografía: Merrit B. Gerstad (B&W).
Reparto: Groucho Marx, Harpo Marx, Chico Marx, Margaret Dumont, Kitty Carlisle, Allan Jones, Sig Ruman, Walter Woolf King, Edward Keane, Robert Emmet O'Connor, Lorraine Bridges.

Una noche en la ópera (Sam Wood, 1935) sigue siendo hoy en día una gran película cómica. Para muchos la mejor de los Hermanos Marx. Es indudable que está dentro de las más celebradas y que posee momentos únicos. A mí me costaría decidirme por una sola como la mejor. Me sucede a menudo que ese puesto de honor pasa a ocuparlo la última película de los Marx que acabo de ver.

En el cine de los Hermanos Marx el argumento es un simple detalle sin demasiada importancia, un marco que suele contener muchos elementos comunes en toda su obra, como la historia de amor entre una pareja que debe vencer diversos obstáculos para poder disfrutar plenamente de su amor y, a menudo, se complementa con el cortejo de Groucho a la habitual y simpática Margaret Dumont. En Una noche en la ópera, la pareja de enamorados, Rosa Cristaldi (Kitty Carlisle), reconocida soprano, y Riccardo Baroni (Allan Jones), a pesar de su talento un oscuro miembro del coro, lucha por que el talento de Riccardo sea reconocido al fin, mientras ella resiste los galanteos del engreído tenor Lasparri (Walter Woolf King). Otis B. Driftwood (Groucho), un caradura sin oficio claro, por su parte, se dedica a un extraño y poco eficaz galanteo con una adinerada viuda, la señora Claypool (Margaret Dumont), que intenta entrar en sociedad.

Se trata de la primera película de los Marx para la Metro, tras finalizar su etapa con la Paramount y donde por primera vez no aparece Zeppo, el hermano serio de la familia y que decide dedicarse a otra cosa. Una de las preocupaciones del nuevo estudio era elaborar más el guión de la película. Por ello, colaboran en su construcción James Kevin McGuinness, George S. Kaufman e incluso Buster Keaton. La Metro quería historias más sólidas y poner algo de orden en las alocadas comedias de estos cómicos.

Pero lo fuerte de los Hermanos Marx eran ellos mismos, por encima de argumentos más o menos rigurosos, que pueden, como en este caso, complementar de maravilla el caudal de bromas y chistes de los Marx, que atacan sin piedad la avaricia, el intento de lograr prestigio a base de dinero, la burocracia, la fama y el mundo empresarial, entre otras muchas cosas.

Algunas escenas son ya míticas y han sido homenajeadas e imitadas posteriormente en bastantes películas. Todos recordarán el absurdo diálogo de Groucho y Chico mientras destripan el contrato de Riccardo para la ópera de Nueva York o la absurda y genial escena del camarote, que ya figura por méritos propios en la iconografía del siglo XX. Pero en esta película también brillan con luz propia los números musicales, presentes en casi toda la filmografía de los Marx, pero aquí quizá más logrados que nunca, con canciones preciosas como "Alone" o "Cosí, cosá"; la primera con el mérito de situarse como la canción del año y cuya música es de Nacio Herb Brown, autor años después de la genial "Singin'in the rain". Y además, también podemos escuchar hermosos fragmentos de óperas como "Il Trovatore" y de "I Plagliacci".

Pero por encima de todo, la película es grande por la inteligente sátira que los Marx hacen de cualquier convención, de cualquier cosa que intente parecer seria o lógica. Groucho dispara sus frases con una acidez sorprendente y de él son las mejores ocurrencias de la película. Harpo, en su línea, es un tanto bobalicón y con un apetito atroz y Chico intenta ganarse el pan trabajando lo menos posible y gorroneando allí donde se presenta la ocasión. En realidad, nada nuevo, pero siempre sorprendentes a base de un humor absurdo e irreverente que aún hoy en día sigue siendo inimitable.

lunes, 14 de junio de 2010

El golpe



Dirección: George Roy Hill.
Guión: David S. Ward.
Música: Marvin Hamlisch.
Fotografía: Robert Surtees.
Reparto: Robert Redford, Paul Newman, Robert Shaw, Charles Durning, Ray Walston, Eileen Brennan, Harold Gould, Dana Elcar, John Heffernan, Charles Dierkop, Dimitra Arliss, Robert Earl Jones.

Tras el éxito de Dos hombres y un destino (1969), en el que gran parte del mérito fue de Paul Newman y Robert Redford, la pareja protagonista, Geoge Roy Hill vuelve a reunirlos para esta película, donde de nuevo recurre a la fórmula de un tratamiento ligero, con abundantes toques de comedia, que tan buen resultado le había dado en Dos hombres y un destino.

Pero aquí no hay drama final, El golpe (1973) es un film más amable. El único drama es el que da origen a la estafa en que se centra el argumento. Johnny Hooker (Robert Redfor) es un timador de poca monta que, por error, estafa con su socio Luther Coleman (Robert Earl Jones) a un correo de un peligroso ganster, Doyle Lonnegan (Robert Shaw). Lonnegan, implacable, localiza a Luther y lo mata. Hooker quiere vengarse y para ello entra en contacto con otro estafador medio retirado, Henry Gondorff (Paul Newman), que planea una complicada y arriesgada operación contra Lonnegan.

Sin duda, El golpe basa su éxito en una serie de detalles pulidos y cuidados al máximo por su director, conocedor de las claves del éxito. Reúne a dos atractivos actores en la cima de su carrera y que ofrecen una interpretación sobresaliente, en especial Paul Newman, y en ellos se apoya un guión colosal, donde la historia está perfectamente hilvanada en su más mínimos detalles, controlando el ritmo, la alternancia de momentos relajados con otros mucho más intensos y guiando hábilmente la trama hacia un final portentoso donde todo termina de encajar como la maquinaria de un reloj. Y lo adorna además con dos elementos que resultan claves: el precioso ragtime  de Scott Joplin y una brillante ambientación en el Chicago de los años treinta, con un vestuario y una fotografía muy logrados. Otro elemento clave es el reparto de secundarios de la película, unos treinta, con un genial Robert Shaw a la cabeza, impresionante en su papel de malvado, donde todos cumplen con sus papeles de manera envidiable.

La película tiene una duración nada menos que de 129 minutos y sin embargo, se pasan a una velocidad de vértigo, mérito indiscutible de un guión soberbio escrito por David S. Ward, inspirado en hechos reales narrados en la novela "The Big Con: The Story of the Confidence Man" (1940) de David W. Maurer. El film tuvo un enorme éxito y cualquiera que lo vea por primera vez se quedará maravillado por lo bien que funciona. Nominada en diez apartados, la película ganó siete Oscars: mejor película, director, guión, dirección artística, vestuario, montaje y banda sonora. Aunque nominado, Robert Redford se quedó sin premio.

Conspiración en la sombra



Dirección: George Pan Cosmatos.
Guión: Adi Hasak y Ric Gibbs.
Música: Bruce Broughton.
Fotografía: Buzz Feitshans IV.
Reparto: Charlie Sheen, Donald Sutherland, Linda Hamilton, Ben Gazzara, Stephen Lang, Nicholas Turturro, Gore Vidal.

Robert Bishop (Charlie Sheen), asistente especial del presidente, descubre una conspiración al más alto nivel en la Casa Blanca. Lo que no sabe es quienes están detrás ni lo que pretenden y, mientras intenta averiguar algo más, tendrá que escapar de un asesino que pretende acabar con su vida.

El comienzo de Conspiración en la sombra (George Pan Cosmatos, 1997) nos recuerda inevitablemente a Los tres días del Condor (Sydney Pollack, 1975), con el asesinato de los científicos y la presencia de un asesino implacable en pos de su víctima. Sin embargo, ahí terminan las similitudes y mientras el de Sydney Pollack es un film brillante, esta película es un cúmulo de despropósitos que van a más hasta una desenlace que roza el ridículo.

Para empezar, Cosmatos parece contentarse con hacer un producto resultón, pero sin nervio y sin estrujarse demasiado la cabeza. Así, recurre sin más a todos los tópicos posibles y los adereza con unos diálogos banales, torpones y sin pizca de ingenio. Tampoco el reparto ayuda lo más mínimo y hasta el habitualmente eficaz Donald Sutherland está bastante ramplón. Los protagonistas, Charlie Sheen y Linda Hamilton, resultan tremendamente limitados en su interpretación. Pero lo peor de todo es que con un material como el que tenían entre manos, que es cierto que no derrocha originalidad, pero al menos bien llevado asegura un film inquietante y con cierta intriga, se han dedicado a filmar sin muchas ideas una serie de huidas, disparos y conspiraciones que al final no tienen el mínimo nervio.

Al comienzo, mientras todo son posibilidades abiertas, la película parece prometer bastante, pero desgraciadamente cuanto más avanza se va volviendo más vulgar y previsible. Incluso me sucedió algo curioso: desde el comienzo se van sembrando ciertas insinuaciones que parecen señalar como culpables bien a Donald Sutherland o a Ben Gazzara. Intuimos que alguno de ellos puede ser el cerebro en la sombra de la conspiración, pero sospechamos a su vez que puede que el guión esté simplemente jugando al despiste para sorprendernos al final con un as en la manga. Pues no, los guionistas se complicaron tan poco la vida que resulta que ambos sospechosos, con un tercero en discordia más, resultarán ser los malos de la historia.

Y si todo el film resultó bastante pobre, el desenlace, con el avión teledirigido, resulta ya el colmo del absurdo.

Una película, por tanto, para olvidar y que ejemplifica ese cine meramente comercial hecho a base de tópicos que afortunadamente se olvida con bastante facilidad.

domingo, 13 de junio de 2010

Easy Rider (Buscando mi destino)



Easy Rider (Buscando mi destino) (Dennis Hopper, 1969) es un film que no ha envejecido demasiado bien. Apegado a su momento y a una cultura ya desaparecidas, el film vale más por su significado cultural y su incidencia en el momento de su estreno que como obra de arte, que no lo es.

El argumento es bastante sencillo. Dos amigos, Wyatt, al que llaman Capitán América (Peter Fonda) y Billy (Dennis Hopper), ganan bastante dinero con unas drogas y deciden cumplir un antiguo sueño, visitar Nueva Orleans durante el Mardi Gras, lo que les lleva a recorrer el país a lomos de sus choppers. En su camino encuentran a diferentes personajes curiosos, como un granjero y su familia, los miembros de una comuna hippie, o un abogado (Jack Nicholson) cuando son encarcelados en un pequeño pueblo.

El film, como apuntaba antes, debe su fama por plasmar el modo de vida y las ideas de la generación hippie de los sesenta y su nueva visión del mundo, en contraposición a los valores tradicionales en boga. Easy Rider es una obra hecha por jóvenes de esa generación, el guión (nominado al Oscar) es obra de Hopper, Peter Fonda y Terry Southern, novelista de la llamada generación beat, que no hace sin mostrar sus ideales de vida, ejemplificados en ese viaje a lomos de las motos, ejemplo máximo de libertad. Hay en el film, en este sentido, un homenaje al viejo Oeste y a la vida libre de los vaqueros. De hecho, Billy y el Capitán América son una especie de cowboys modernos que cambiaron los caballos por sus relucientes motos y sus nombres nos remiten inevitablemente a Wyatt Earp y Billy el Niño.

En la película, y en el equipo del rodaje, se consumen abundantes drogas y la escena del cementerio vendría a ser el ejemplo de como se percibiría la realidad estando colocados. También posee una maravillosa banda sonora, encabezada por el magnético "Born to be wild" de Steppenwolf, con temas de Dylan, The Byrds o Jimi Hendrix y además cuenta con una muy buena fotografía de László Kovács.

Sin embargo, de este film de escaso presupuesto y reparto de actores jóvenes y no muy conocidos, es el primer trabajo de cierto peso de Nicholson (que le valió una nominación al Oscar), no debemos esperar más de lo que hay: un intento de mostrar una manera de pensar y de vivir alternativa y que hizo de este trabajo un film mítico, por romper moldes y por ser fuente de inspiración para la juventud de la época, identificada con esa oposición al mundo de sus mayores, a la familia tradicional, la sociedad de consumo y su defensa del amor libre, la vida sencilla y la evasión de la realidad; intento meritorio pero sin una gran calidad en su conjunto.

Al final, estos sueños de libertad y de amor se verán truncados, al igual que el viaje de los dos protagonistas en un final muy amargo, a manos de una sociedad anclada en viejas normas y que no veía con buenos ojos ni comprendía las nuevas propuestas de esos jóvenes que ponían en jaque los valores de toda la vida.