El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

martes, 20 de diciembre de 2022

Transsiberian



Dirección: Brad Anderson.

Guión: Brad Anderson y Will Conroy.

Música: Alfonso de Vilallonga.

Fotografía: Xavi Giménez.

Reparto: Woody Harrelson, Emily Mortimer, Kate Mara, Eduardo Noriega, Ben Kingsley, Thomas Kretschmann, Etienne Chicot, Mac McDonald.

Roy (Woody Harrelson) y su esposa Jessie (Emily Mortimer) deciden coger el Transiberiano en su viaje de Pekín a Moscú. En el viaje conocen a Carlos (Eduardo Noriega) y Abby (Kate Mara), su novia. 

La base argumental de Transsiberian (2008) no es demasiado original, por no decir que se ha visto en numerosas ocasiones: un encuentro fortuito de los protagonistas con personas que bajo una apariencia amable ocultan una personalidad peligrosa. Sin embargo, la novedad radica en que Jessie, que parece una víctima propicia para Carlos, acaba resultando mucho más peligrosa de lo que podríamos pensar. Sin duda, es el giro más original e interesante de Transsibeiran.

Otro punto a su favor es el clima de tensión e incertidumbre que recorre toda la historia, de manera que Brad Anderson consigue mantener nuestra atención a lo largo de toda la duración del thriller, que se desarrolla con bastante fluidez y no llega a cansar. Sin embargo, hemos de hacer dos pequeñas salvedades a este hecho: el comienzo del film, la parte en que Roy y Jessie conocen a Carlos y Abby se hace un poco insulsa, pues dura quizá demasiado sin alcanzar la tensión necesaria, con algunas conversaciones que en realidad no aportan gran cosa. Y en segundo lugar el desenlace, que vuelve a ser, como en muchas películas de este corte, la parte menos sólida, cuando debería ser el climax que corone la intriga. No es un mal desenlace, que conste, solamente que no tiene la fuerza que me hubiera gustado, en especial con esa tendencia a aclarar cada detalle, con cierta obsesión a no dejar un cabo suelto, y que no me terminó de convencer.

También es verdad que muchos acontecimientos se pueden anticipar con cierta facilidad, como el hecho de que Carlos vaya a ocultar la droga en la maleta de Jessie y es que, como apuntaba antes, la trama está muy vista, con lo que no es capaz de sorprendernos, salvo el detalle de Jessie y Carlos en las ruinas de la Iglesia, que sí que nos pilla por sorpresa, aún resultando un poco increíble.

También me gustó el clima de incertidumbre que se crea apoyándose en la brutalidad de las policías china y rusa, lo que crea una sensación de indefensión para los protagonistas que está presente a lo largo de la historia y suma enteros a la hora de "amueblar" la historia y añadir otro elemento de riesgo al viaje.

En lo que también acertó la producción fue con la elección del reparto. Woody Harrelson es un actor que siempre me gustó mucho y una vez más no defrauda en absoluto. Emily Mortimer también hace un gran trabajo, resultando totalmente convincente en las múltiples emociones a la que se ve sometido su personaje. Y la guinda la pone Ben Kingsley, un actor soberbio que siempre impone su presencia y que en papeles de malvado resulta especialmente aterrador. Eduardo Noriega, un tanto encasillado en un papel que ya le hemos visto, tampoco desentona y encaja perfectamente con su personaje.

En definitiva, un film muy bien elaborado en sus líneas principales que logra mantener nuestro interés a lo largo de casi todo el metraje. No es perfecto, algunos detalles tanto argumentales como de desarrollo podrían mejorarse, pero cumple como thriller y se disfruta fácilmente.

sábado, 17 de diciembre de 2022

El cuarto protocolo



Dirección: John Mackenzie.

Guión: Frederick Forsyth, George Axelrod y Richard Burridge (Novela: Frederick Forsyth).

Música: Lalo Schifrin.

Fotografía: Phil Meheux.

Reparto: Michael Caine, Pierce Brosnan, Ned Beatty, Joanna Cassidy, Julian Glover, Michael Gough, Ray McAnally, Ian Richardson, Anton Rodgers, Caroline Blakiston. 

Un general soviético pone en marcha un plan para destruir la OTAN haciendo estallar una bomba atómica en Inglaterra y que parezca que los Estados Unidos son los culpables.

No he leído la novela homónima en que se basa El cuarto protocolo (1987) pero es evidente que se trata de una obra densa con una trama compleja, por lo que no parece sencilla su adaptación al cine, pues entre nombres extranjeros y giros en el desarrollo uno puede perderse fácilmente. Sin embargo, el guión adaptado, en el colaboró el propio Frederick Forsyth, logra sortear más o menos hábilmente ese escollo; es cierto que algunos nombres a veces se me escapaban, pero el hilo principal queda bastante claro en todo momento, lo que es fundamental para que podamos seguir la intriga sin lagunas importantes.

Sin embargo, en lo que se queda algo coja la película es a la hora de transmitir emoción al espectador. La intriga es muy interesante y está planteada con visos de verosimilitud, a pesar de lo rebuscada que resulta. Pero el enfoque es un tanto frío. Sinceramente, seguí la historia con interés y curiosidad, esperando el desenlace con expectación, lo que es ya muy importante, pero en ningún momento sentí realmente emoción o sensación de peligro; los protagonistas, tanto el bueno como el malo, me resultaban en cierta medida indiferentes y ese es un gran problema, pues resulta imprescindible que nos identifiquemos con el héroe y temamos al villano para lograr que vivamos con intensidad la trama.

Tal vez, el hecho de abordar un argumento complejo motivase que el director se centrase más en los acontecimientos, pero resulta evidente que descuidó la parte más emotiva de la historia. También es verdad que en general el planteamiento se enfoca más hacia las sorpresas, lo que tampoco ayuda a favorecer la complicidad del espectador. Decía Hitchcock que él prefería crear tensión haciendo que el espectador se anticipase a los acontecimientos, de manera que participaba de la tensión en todo momento, en lugar de provocarle sorpresas que durasen solo un segundo. Esto se comprueba perfectamente en El cuarto protocolo, donde algunas muertes nos cogen por sorpresa pero, más allá del impacto del instante, se pierde todo el proceso de ser partícipes de lo que va a suceder, con la tensión correspondiente.

También la falta de empatía con los protagonistas viene motivada por que no se profundiza demasiado en sus personalidades. Valeri Petrofsky (Pierce Brosnan) es presentado casi como un autómata, lo que añade fuerza a su personaje, pero le quita toda profundidad. Brosnan, que venía de la comedia con la serie Remington Steele, demuestra su capacidad para interpretar un papel completamente opuesto y su trabajo es absolutamente convincente. Por su parte, John Preston (Michael Caine) está algo mejor dibujado, pero tampoco me sentí realmente vinculado con sus problemas ni sentí miedo por su suerte. El trabajo de Caine, por descontado, también resulta muy logrado.

Por tanto, si el argumento es intrigante y los actores cumplen con solvencia, achaco el resultado al trabajo de John Mackenzie, que no ha sabido insuflarle emoción a la atractiva intriga. Además, en las escasas escenas de acción, Mackenzie tampoco se muestra muy acertado y las resuelve con confusión y poca brillantez. Tal vez, en manos de otro director el resultado hubiera sido menos frío.

El desenlace también podría haberse resuelto algo mejor; en esencia, el final me ha gustado, a pesar de jugar de nuevo con la sorpresa, pero resultando convincente y ciertamente original. Lo único es que se resuelve de manera un tanto precipitada y con el futuro de Preston en el aire, aunque la última secuencia parece contradecir esa sensación, dejándome con la duda de cuál será realmente su futuro. Incluso podría pensarse, en base al último plano, que se impone un final feliz de manera forzada.

A pesar de todo, en comparación con la serie de James Bond, por ejemplo, estamos ante un film de espionaje con un guión coherente e ingenioso, capaz de mantener la intriga sin desfallecimientos por lo que es un film muy recomendable para los amantes de este tipo de propuestas. Queda la impresión, sin embargo, de que podría haberse resuelto todo mucho mejor con más medios y otro director.

martes, 13 de diciembre de 2022

Espíritu de conquista



Dirección: Fritz Lang. 

Guión: Robert Carson (Novela: Zane Grey).

Música: David Buttolph.

Fotografía: Edward Cronjager y Allen M. Davey.

Reparto: Robert Young, Randolph Scott, Dean Jagger, Virginia Gilmore, John Carradine, Slim Summerville, Chill Wills, Barton MacLane, Russell Hicks, Victor Kilian.

Vance Shaw (Randolph Scott), un forajido que huye de la justicia, ayuda a Edward Creighton (Dean Jagger), ingeniero de la Western Union, al que encuentra herido. Poco después, Edward lo contrata como vaquero en el tendido de la línea telegráfica entre Omaha y Salt Lake City. 

Segundo western de los tres dirigidos por Fritz Lang, Espíritu de conquista (1941) es un más que notable film por desgracia no demasiado conocido.

Con el telón de fondo de un hecho histórico, el tendido del telégrafo por tierras del Oeste americano, Lang construye un sólido drama centrado sobre todo en el personaje de Vance, un hombre de oscuro pasado del que solamente conocemos indicios, que gracias al trabajo que se le ofrece en la Western Union y su enamoramiento de Sue (Virginia Gilmore), la hermana de su jefe, busca la manera de redimirse y dejar atrás su pasado. 

El acierto del guión reside en la perfecta unión entre la parte histórica del tendido del telégrafo, los toques de humor, muy presentes a lo largo de toda la cinta, aunque a veces algo infantiles, y el retrato íntimo de Vance, sumido en un mar de dudas y el peso de su pasado. Vance enfrenta viejas lealtades, lazos muy íntimos, que se desvelan al final, y sus propias convicciones a su deber como empleado de la Western Union, su deseo de regeneración y su amor por Sue. Una lucha en la que parece no encontrar salida digna.

La inteligencia del guión nos oculta hasta el final el importante detalle de que el jefe de esa banda es en realidad Jack (Barton MacLane), el hermano de Vance. La revelación repentina de este hecho confiere de pronto a la historia un punto de dramatismo extra que refuerza todo el discurso anterior sobre el comportamiento de Vance al tiempo que añade un punto más de tensión al impresionante final.

De nuevo comprobamos como el partir de un guión bien trabajado es la clave para construir un film poderoso. Si además añadimos el buen hacer de Fritz Lang, con un uso muy hermoso y expresivo de primeros planos y un acierto evidente en las escenas de acción, con especial atención al incendio en el campamento de la Western Union y el magnífico duelo final, tenemos como resultado un western clásico de gran altura.

Randolph Scott, además, está impresionante en su papel. Con una estimable economía de gestos, Scott sabe transmitir las dudas de su personaje y cómo está atormentado por un pasado, que querría poder borrar para emprender una vida nueva al lado de Sue, al tiempo que ofrece una imagen pétrea de tipo duro perfecta.

Un buen western de su etapa clásica, muy recomendable no solamente para amantes del género, sino para todos aquellos enamorados del cine americano de su etapa dorada, cuando las películas eran como tenían que ser.

jueves, 8 de diciembre de 2022

Criaturas feroces



Dirección: Robert Young y Fred Schepisi. 

Guión: John Cleese, Iain Johnstone y William Goldman.

Música: Jerry Goldsmith.

Fotografía: Adrian Biddle e Ian Baker. 

Reparto: John Cleese, Jamie Lee Curtis, Kevin Kline, Michael Palin, Ronnie Corbett, Carey Lowell, Robert Lindsay, Bille Brown, Derek Griffiths, Cynthia Cleese, Richard Ridings, Maria Aitken.

Un magnate de las finanzas (Kevin Kline) compra un paquete de empresas entre las que se encuentra un zoo. Al frente coloca a Rollo Lee (John Cleese) con la misión de incrementar un 20% sus beneficios.

Gran parte del equipo de Criaturas feroces (1997), entre ellos muchos de los componentes de los míticos Monty Python, había sido responsable de la magnífica Un pez llamado Wanda (Charles Crichton, 1988), sin embargo, esta vez la magia de la antecesora no aparece.

Es evidente que era muy difícil repetir el éxito de Un pez llamado Wanda, una de las mejores comedias de finales del siglo XX gracias a un guión impecable que es precisamente por donde más cojea Criaturas feroces, pues éste carece de chispa y se limita a desarrollar un humor un tanto burdo que no proporciona ningún momento memorable.

Para empezar, los personajes carecen de verdadera entidad, limitándose a brochazos superficiales de manera que no resultan realmente ni entrañables ni cercanos, con lo que la comedia queda reducida a lo básico, pero sin alcanzar la emotividad que tenía en Un pez llamado Wanda cuya clave, además de un guión muy inteligente, era la profundidad de los protagonistas, que nos conmovían y nos divertían por igual.

Una buena comedia no puede ser solamente una sucesión de bromas, pero si además éstas no resultan especialmente inspiradas, el resultado es un montaje simpático pero plano. Y eso que el arranque del film no estaba tan mal, si bien se adivinaba cierta inclinación por un humor poco refinado. Lamentablemente, con el desarrollo de la historia se va ahondando en ese estilo basado en la brocha gorda y las situaciones cómicas comienzan a caer en el exceso sin demasiada gracia.

Además, la sombra de Un pez llamado Wanda parece pesar demasiado en el guión y se vuelve a repetir el romance fracasado entre Kevin Kline y Jamie Lee Curtis que termina enamorándose de John Cleese. Evidentemente, quienes no hayan disfrutado de Un pez llamado Wanda escapan de estas similitudes, pero encuentro que la influencia del film de Charles Crichton se hace evidente, lo que no beneficia a la película.

Criaturas feroces termina siendo un agradable pasatiempo sin demasiada inspiración y la demostración de que un buen guión tiene que ser siempre la base de una buena película.

martes, 6 de diciembre de 2022

The Artist



Dirección: Michel Hazanavicius.

Guión: Michel Hazanavicius.

Música: Ludovic Bource.

Fotografía: Guillaume Schiffman (B&W).

Reparto: Jean Dujardin, Bérénice Bejo, James Cromwell, Penelope Ann Miller, Malcom McDowell, Missi Pyle, Beth Grant, Ed Lauter, Joel Murray, Ken Davitian, John Goodman. 

1927, George Valentin (Jean Dujardin), una estrella del cine mudo, ayudará a la joven Peppy Miller (Bérénice Bejo) en sus comienzos como actriz. Con la llegada del sonoro, Valentin ve como declina su fama mientras Peppy va ascendiendo de manera imparable.

Con cinco Oscars (mejor película, director, actor para Jean Dujardin, banda sonora y vestuario) como carta de presentación y un aluvión de críticas elogiosas, The Artist (2011) parecía una de esas citas casi obligatorias. Una vez vista, me muevo entre la perplejidad y la desilusión.

Lo que provoca perplejidad son varias cosas. En primer lugar, la razón de que sea una película muda. Nada parece justificar dicha elección, más que una especie de esnobismo o un ardiente deseo de llamar la atención. Es más, hasta pienso que la historia hubiera ganado habiéndose filmado con sonido. La referencia de Cantando bajo la lluvia (Stanley Donen y Gene Kelly, 1952), de argumento parecido, podría haberle dado pistas a Hazanavivius sobre cómo afrontar la idea correctamente. Respetando la elección del director, no termino de entenderla.

Otro aspecto sorprendente es que argumentalmente es una película sin interés. La historia es simplona, predecible y sin garra. Hasta parece que se desperdician algunas de las escasas posibilidades que ofrecía, sin lograr un drama convincente y profundo ni plantear una historia de amor conmovedora. Al final, la relación entre George y Peppy se queda en una simple admiración desde la distancia, hasta el momento del desenlace, que no aporta demasiado al conjunto y la caída de George se vive con cierto distanciamiento, como si la ausencia de sonido y esa música repetitiva le dieran un aire irreal, sin verdadera profundidad.

Además, el ritmo se resiente en numerosas ocasiones, como cuando se repiten las tomas durante un rodaje, por ejemplo, de manera que el film, sin una duración excesiva, termina por hacerse demasiado largo. Tampoco los alardes de Hazanavicius con la cámara ni la omnipresente música, que llega a saturar, alivian la sensación de cansancio una vez alcanzada la mitad de la cinta y hasta el desenlace, que me pareció demasiado previsible y corona una historia sin la más mínima nota original.

Con una puesta en escena muy cuidada, donde destaca la fotografía preciosista y algo pretenciosa de Guillaume Schiffman, The Artist destaca casi exclusivamente por la pareja protagonista. Jean Dujardin me sorprendió por lo bien que encaja en el papel, con un rostro que nos remite sin duda a los actores de la etapa muda del cine y comienzos del sonoro. Pero además, su trabajo es sobrio y eficaz. Sin embargo, la gran sorpresa para mí fue Bérénice Bejo, especialmente al comienzo, con una gracia y una frescura que hipnotizaban. Realmente maravillosa. 

Por eso mi perplejidad ante tantos halagos y premios. La explicación que le encuentro me recuerda el dicho de "En el país de los ciegos el tuerto es el rey". Ante la banalidad del cine actual, plagado de cintas para adolescentes o refritos cuya única justificación es el negocio puro y duro, puede entenderse que una cinta en blanco y negro y muda, que desafía las normas comerciales, se convierta en un punto de interés inmediato; pero de ahí a confundir un film normalito con la última maravilla cinematográfica me resulta aterrador. 

Planteada, según su director, como un homenaje al cine y en concreto a Alfred Hitchcock, Fritz Lang, Ernst Lubitsch, John  Ford, Murnau o Billy Wilder, se queda tan lejos de esos maestros que no llego a entender en qué se basó para pretender construir homenaje alguno con tan poca cosa.

Al final, desilusión.

lunes, 5 de diciembre de 2022

El irlandés



Dirección: John Michael McDonagh.

Guión: John Michael McDonagh.

Música: Calexico.

Fotografía: Larry Smith.

Reparto: Brendan Gleeson, Don Cheadle, Mark Strong, Liam Cunningham, Fionnula Flanagan, David Wilmot, Katarina Cas, Rory Keenan, Dominique McElligott, Sarah Greene, Pat Shortt, Laurence Kinlan, Owen Sharpe, Gary Lydon, Darren Healy, Míchaél Óg Lane. 

Gerry Boyle (Brendan Gleeson), un sargento de policía irlandés muy peculiar, tendrá que colaborar con el agente del FBI Wendell Everett (Don Cheadle), que se desplaza a Irlanda siguiendo la pista de unos narcotraficantes.

Ópera prima del director donde demuestra su originalidad a la hora de escribir un guión irreverente y ácido. Sin duda, un descubrimiento.

El acierto del guión de El irlandés (2011) es saber dar un toque diferente a un esquema muy visto: dos policías totalmente diferentes obligados a entenderse en medio de una operación de drogas. Quizá el problema sea el desequilibrio en el dibujo de los dos protagonistas; mientras el personaje de Boyle es todo un acierto (policía de pueblo putero, bebedor, racista y de vuelta de todo), su compañero Everett se queda en un mero boceto, sin llegar a cobrar verdadera identidad.

Sin embargo, ello no impide que estemos ante una comedia negra muy interesante, donde algunas secuencias y la mayoría de los diálogos alcanzan cotas muy altas. Lógicamente, es muy complicado mantener ese nivel a lo largo de todo el film y algunos momentos, como la parte de Boyle con su madre enferma, no terminan de cuajar al mismo nivel, lo que provoca que el fluir de la historia tenga ligeros bajones.

Brendan Gleeson, eso sí, borda su papel y compone un personaje extraño, excesivo y con un punto desagradable que, sin embargo, nunca cae en lo vulgar o lo grotesco, a pesar de jugar con ciertos límites que nunca sobrepasa. Tal vez un ejemplo de humor irreverente pero sin perder elegancia y mesura, algo de lo que podría tomar nota Santiago Segura y el cine español en general. Culturas distintas, sin duda, pero el mal gusto no tiene porqué convertirse en norma.

Otra virtud de El irlandés es la magnífica coreografía de secundarios que completan este universo tan peculiar en que nos introduce John M. McDonagh, que no solamente arropan la trama principal, sino que aportan también su dosis de comicidad, incluso cuando algunos de estos personajes tan solo aparecen durante muy breves instantes, lo que habla muy bien de un guión que no ha dejado nada al azar.

Sin duda, una grata sorpresa dentro del cine actual. Le faltan algunos detalles para convertirse en una gran película pero, aún con sus límites, El irlandés es una experiencia muy gratificante.

viernes, 2 de diciembre de 2022

Los traductores



Dirección: Régis Roinsard.

Guión: Régis Roinsard, Daniel Presley y Romain Compingt.

Música: Jun Miyake.

Fotografía: Guillaume Schiffman.

Reparto: Lambert Wilson, Olga Kurylenko, Alex Lawther, Riccardo Scamarcio, Sidse Babett Knudsen, Eduardo Noriega, Anna Maria Sturm, Frédéric Chau, Maria Leite, Manolis Mavromatakis, Sara Giraudeau.

Con el fin de publicar el tercer y último libro de un best seller mundial simultáneamente en varios países, el editor (Lambert Wilson) reúne a nueve traductores de diferentes países en un búnker aislados del mundo.

Los traductores (2019) es una prueba más de esa tendencia a crear tramas imposibles, plagadas de giros tramposos donde la verosimilitud y la lógica son aparcadas sin remordimiento alguno en busca del espectáculo, cueste lo que cueste.

Si nos detenemos a analizar con un mínimo de lógica el argumento de Los traductores nos toparemos con un guión rocambolesco construido con pinzas donde la lógica no tiene cabida. La idea de encerrar a los traductores para salvaguardar el secreto del argumento del libro a traducir y lograr que su publicación se convierta en un acontecimiento que reporte millonarios beneficios a la editorial podría resultar aceptable sino fuera porque desde el principio los traductores parecen entrar en un campo de concentración y no en su lugar de trabajo. El comienzo resulta ya, por lo tanto, grotesco. 

Pero si pensábamos que las sorpresas terminaban ahí, el desarrollo de la cinta nos irá sacando de dudas a golpe de giros encadenados, especialmente en el último tercio, donde parece que los guionistas se creyeron autorizados a un más difícil todavía sin respeto ni al espectador ni al sentido común. El problema es que ha habido tantos films que han pecado del mismo defecto, donde el juego del engaño ha alcanzado cotas inusuales, que el espectador un poco avezado en estas lides ya no se sorprende fácilmente con estos juegos. Es más, uno acaba esperando lo inesperado y de este modo lo que debía ser el truco de magia definitivo que nos dejara boquiabiertos es, al menos para mí, una nueva prueba de talento desperdiciado por un afán de espectáculo a toda costa, sacrificando todo lo sacrificable en busca del desenfrenado desenlace.

Los personajes son, en su mayoría, de cartón piedra; no interesa profundizar en ellos, salvo unas pinceladas sobre la traductora danesa, en el único momento de la película con algo de sentimiento, por lo que tampoco nos implicaremos demasiado en sus problemas.

El relato se convierte en una especie de puzzle donde el director juega con el desarrollo, avanzando y retrocediendo en el tiempo a su antojo, creando un nuevo artificio que adorne aún más su juego de engaños, pues tal vez sea consciente de que el relato lineal desvelaría la simplicidad argumental del entramado. En todo caso, Los traductores es un juego donde la meta no es elaborar una trama coherente, sino una sorprendente, de manera que lo que se busca, la clave que los guionistas piensan que dará prestigio a su trabajo, es el despiste, el juego de las pistas falsas para concluir con un final lo más sorprendente posible.

Desde luego, casi lo consiguen, aunque el engaño no tiene en realidad mucho mérito, pues los autores juegan con cartas marcadas.

El reparto es una especie de Torre de Babel: tal vez para intentar dar credibilidad a la historia, se reúnen actores de la misma nacionalidad de los países que representan. Su trabajo resulta correcto, aunque tampoco asistimos a nada espectacular, solo a un trabajo que no pasa de rutinario.

Los traductores, desprovista de un guión profundo y de personajes con los que empatizar, se reduce a un pasatiempo tramposo donde solamente el descubrir quién y por qué es el malo de turno puede justificar su visionado, que aún con ese misterio en el horizonte resulta cansino y pesado.