El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

martes, 8 de enero de 2013

El reino de los cielos



Dirección: Ridley Scott.
Guión:William Monahan.
Música: Harry Gregson-Williams.
Fotografía: John Mathieson.
Reparto: Orlando Bloom, Eva Green, Jeremy Irons, Liam Neeson, David Thewlis, Brendan Gleeson, Edward Norton, Michael Sheen, Marton Csokas, Ghassan Massoud, Giannina Facio, Iain Glen, Ulrich Thomsen, Kevin Mckidd, Alexander Siddig, Nikolaj Coster-Waldau.

Siglo XII. Godofredo de Ibelin (Liam Neeson), caballero al servicio del rey de Jerusalén y comprometido con el mantenimiento de la paz en Tierra Santa, emprende la búsqueda de su hijo ilegítimo Balian (Orlando Bloom), joven herrero francés que llora la pérdida de su mujer y su hijo. Godofredo le pide a Balian que lo acompañe a Jerusalén y aunque Balian rechaza el ofrecimiento en primera instancia, decide seguir a su padre cuando, en un arranque de ira, mata al sacerdote de su aldea por robar una cruz al cadáver de su esposa.

Con El reino de los cielos (2005) volvemos a presenciar la versión más taquillera y ostentosa de Ridley Scott, en la línea de Gladiator (2000). Y es que bien mirada, esta película sigue con bastante exactitud la fórmula del peplum en busca, evidentemente, del mismo éxito de taquilla. Sin embargo, empiezo a estar cansado de este tipo de superproducciones tan ambiciosas como vacías. No basta con una puesta en escena cuidada y un derroche asombroso de efectos especiales para hacer una buena película. Es más, precisamente es ese despliegue deslumbrante de medios lo que me resulta especialmente repulsivo, como si nos intentasen comprar, a los espectadores, a base de baratijas deslumbrantes que pudiésemos confundir con diamantes.

Muchas son las cosas que no me han gustado de El reino de los cielos. Y es que si la analizamos con cierto rigor, la película está repleta de defectos. Es un quiero y no puedo en muchos aspectos y en otros resulta tan pretenciosa y tan vacía que incomoda, sencillamente.

Para empezar, Scott vuelve a caer en la tentación de querer hacer un film histórico pero con los valores, las ideas y los planteamientos de nuestra época. Así que nuestro héroe Balian no tiene de herrero del siglo XII nada más que la vestimenta. Su mentalidad, su conciencia, su gran sabiduría...todo ello resulta tan artificial que uno no puede tomarlo en serio. No es un personaje creíble, es una encarnación de una serie de clichés bastante manidos y que no le pegan ni con cola. Y ya cuando proclama que su misión en Jerusalén es la libertad de sus habitantes... se percibe un tufillo un tanto extraño que ya hemos notado en tantas películas de similar calado que a uno le entran ganas de levantarse del sofá y a otra cosa.

Y en la misma línea de buscar trascender con un mensaje edificante, tenemos una simplicación casi ridícula de la mayor parte de los personajes. Los malos no lo pueden ser más, hasta el extremo de comenter actos absolutamente vergonzosos e innobles que no tiene la mínima justificación. Salvo, claro está, dejar bien claro el bando que el espectador debe abrazar porque, eso sí, los buenos son seres tan extraordinarios que solo les falta un halo alrededor de sus cabezas. Estamos ante un maniqueismo absoluto, ridículo e impropio de un film medianamente decente.

Sin embargo, todo lo que se simplifica en cuanto a personajes se convierte en derroche en cuanto a efectos especiales y a querer hacer de esta historia un espectáculo grandioso. El problema es que un film es grande cuando la forma y el contenido coinciden. Que Ridley Scott se gaste un dineral en efectos especiales, vestuarios, ambientación, etc, etc, no hace de esta película una gran película. Solamente la dota de una gran apariencia, pero debajo de ella no hay casi nada. Es más, incluso los aspectos más logrados de la película terminan por resultar un tanto artificiales al no tener una buena historia detrás. Tanto derroche técnico sin mesura y sin buen gusto hace que tengamos siempre la sensación que estamos asistiendo a una aparatosa puesta en escena, es decir, en ningún momento llegamos a pensar que lo que vemos pueda haber sido así; siempre tenemos presente que es una cuidada y aparatosa recreación.

Otro recurso bastante habitual en este tipo de films, como pudimos ver en Gladiator en su momento, es el esmero que pone el director en las escenas de acción. Abundante sangre, detalles un tanto macabros, el recurso a la cámara lenta para enfatizar determinados momentos, una gran confusión en las batallas mediante el uso de primeros planos y movimientos nerviosos de cámara y, para rematarlo todo, una hermosa música para dramatizar como es debido el instante. Sinceramente, es insufrible tanta pretensión, tanto amaneramiento.

El reparto, sin embargo, consigue una buena nota en general. Quizá la excepción sea precisamente el protagonista, pues Orlando Bloom no terminó de convencerme. En ningún momento me transmitió intensidad, fuerza, genio. Al contrario, en algunas escenas resultaba bastante inexpresivo. Sin embargo, tanto Eva Green, como Sibylla, y Ghassan Massoud, como Saladino, están especialmente bien. Ella, por su mirada cargada de fuerza y misterio, él porque compone un Saladino genial, duro, seco, temible.

La ambición de Ridley Scott le lleva también a crear un film excesivamente largo que no termina de funcionar del todo en cuanto a continuidad narrativa. Parece ser que la versión para los cines sufrió algunos cortes que explicarían la falta de unidad de la historia y que algunos personajes o relaciones entre ellos se queden en casi nada. Sin embargo, tampoco creo que lo que se cuenta justifique tener que obligarnos a pasar varias horas delante de la pantalla. Porque volvemos a lo de antes: la historia en sí está cargada de tópicos, los personajes carecen de peso, pues están reducidos a meros clichés que dudo mucho se corresponden con la supuesta mentalidad de la Edad Media. Así que no por alargar más el metraje tendremos una mejor historia, pues le falta autenticidad y le sobra pretensión, manipulación y superficialidad.

Si ya con Gladiator Ridley Scott nos había dejado con cierto sabor agridulce en los labios, con El reino de los cielos el mal sabor de boca final es casi absoluto. Se podría decir que coge todo lo malo de la primera, la despoja de sus pequeñas virtudes y se recrea en hacer un film taquillero pero vacío. Se salva la buena presentación, pero lamentablemente con eso solo no llega. Y además, este director es capaz de mucho más. Lástima que se conforme con tan poca cosa.

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