Dirección: Raoul Walsh.
Guión: Ivan Goff, Ben Roberts y Æneas MacKenzie (Novela: C.S. Forester).
Música: Robert Farnon.
Fotografía: Guy Green.
Reparto: Gregory Peck, Virginia Mayo, Robert Beatty, James Robertson Justice, Terence Morgan, Moultrie Kelsall, Stanley Baker, Richard Johnson, Denis O´Dea, James Kenney, Alec Mango, Christopher Lee.
En 1807, durante la guerra de Gran Bretaña contra la Francia de Napoleón y su aliada España, el capitán Horacio Hornblower (Gregory Peck) tiene como misión entregar un cargamento de armas y municiones a un aliado, autodenominado el Supremo (Alec Mango), que pretende sembrar el caos en Centroamérica. Sin embargo, nada más llegar a su destino, el capitán Hornblower conoce la noticia de que ahora España es aliada de los británicos.
El hidalgo de los mares (1951) es una aventura a la vieja usanza, es decir, sin dobleces; todo épica, valor y romance en una mezcla casi perfecta.
La película tiene dos partes más o menos diferenciadas: por un lado, la de las batallas navales, que es sin duda la más dinámica y donde podemos disfrutar de la grandiosa puesta en escena de Raoul Walsh. La recreación de la vida a bordo de los barcos de guerra así como la maestría a la hora de orquestar los combates hacen de esta película un espectáculo muy logrado. Casi podemos sentir el polvo y los escombros de los cañonazos como si estuviéramos en medio de la lucha.
La otra parte es la destinada al romance entre Horacio y Lady Barbara (Virginia Mayo). Lógicamente, la película pierde intensidad en estos momentos, pues se trata de un episodio mucho menos sorprendente y más previsible. De todos modos, el romance está tratado con mucho acierto, en especial cuando Lady Barbara contrae las fiebres y, sobre todo, cuando Horacio le informa que está casado. Hay que reconocer que esa escena está tan perfectamente tratada que logra transmitir toda la pasión y la frustración de los enamorados. Más adelante, sin embargo, la resolución del conflicto que separa a los enamorados sí que peca de escasa originalidad. En realidad, la parte del final resulta un tanto precipitada en su conjunto y no es el broche perfecto para la historia.
Es verdad que, vista hoy en día, la figura del capitán Hornblower parece demasiado tópica y perfecta. Es un marino astuto, hábil, sabe mantener la disciplina sin resultar inhumano, guarda siempre la calma, ocultando sus verdaderas preocupaciones para transmitir serenidad y confianza a sus hombres. Pero además, es compasivo, justo y humanitario. Tal acumulación de virtudes parece excesiva. Sin embargo, en la época en que se filmó la película, esta era la norma y el propósito precisamente de este tipo de argumentos era ensalzar las mejores cualidades que debía tener un héroe. Pero incluso su mujer, o su enamorada, también servían de ejemplo a los espectadores de las cualidades más idóneas. En este caso, el sacrificio, el servicio a los demás, a pesar de la alta posición social de Lady Barbara, y la comprensión.
Son películas que, además de entretener, instruían y ejercían de ejemplo y modelos. Sin embargo, tiene el contrapunto de falta de equilibrio y así los enemigos son retratados de manera un tanto gruesa, a veces como desalmados o necios y, en el caso del Supremo, rozando la caricatura más tosca.
Técnicamente, a pesar de estar rodada en 1951, El hidalgo de los mares es un prodigio de perfección técnica. Los combates navales están coreografiados perfectamente y los efectos de los cañonazos gozan de un realismo envidiable.
En el reparto, genial Gregory Peck en un papel que le va como anillo al dedo, pues es un actor elegante y que transmite fuerza y honestidad de manera natural. En cuanto a Virginia Mayo, la verdad es que desde que la ví cuando era muy joven en El halcón y la flecha (Jacques Tourneur, 1950) me quedé prendado de ella. No es que sea una gran belleza, pero tiene algo especial, o eso creo, que la hace casi irresistible.
Con todas las limitaciones y peajes de su concepción, El hidalgo de los mares es una de esas películas que nos devuelven a la infancia, cuando veíamos este tipo de grandes aventuras sin cuestionarlas, con los ojos como platos y una sensación, terminada la cinta, de ser invencibles, como nuestros héroes de la pantalla.
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