Dirección: Sam Wood.
Guión: Jo Swerling y Herman J. Mankiewicz (Historia: Paul Gallico).
Música: Leigh Harline.
Fotografía: Rudolph Maté (B&W).
Reparto: Gary Cooper, Teresa Wright, Babe Ruth, Walter Brennan, Dan Duryea, Elsa Janssen, Ludwig Stössel, Virginia Gilmore, Bill Dickey, Ernie Adams, Pierre Watkin.
A pesar de los deseos de su madre (Elsa Janssen) de que su hijo Lou (Gary Cooper) estudie ingeniería, éste ha demostrado una gran afición por el béisbol desde niño y además resulta que tiene un talento natural para ese deporte.
El orgullo de los Yanquis (1942) es la biografía de uno de los mejores jugadores de béisbol de la historia y además se filmó el año después del fallecimiento de este jugador, a los treinta y siete años, debido a una rara enfermedad que precipitó su retirada.
La película es más que una simple biografía y está enfocada a glorificar la figura de Lou Gehrig hasta límites insospechados. Lou es presentado como un hijo excelente, un jugador excepcional, una persona de una bondad absoluta y un marido enamorado hasta la médula de su esposa Eleanor (Teresa Wright). Todo ello parecería abocarnos a un film insufrible sino fuera por un guión realmente inspirado que hace no solo que admiremos la personalidad de Lou, sino que además consigue crear un puñado de momentos realmente conmovedores capaces de ablandar hasta las piedras sin caer nunca en la cursilería.
La primera mitad de la película, hasta el momento en que contrae matrimonio, es sencillamente perfecta, con un tono de comedia que hace que el film transcurra con una maravillosa agilidad. Disfrutamos viendo los comienzos de Lou en el béisbol y cómo logra ir venciendo la oposición de su madre. Pero los mejores momentos son con la aparición de Teresa Wright, una actriz realmente encantadora y que desprende una dulzura genuina. Su romance con Lou, breve pero entrañable, nos aporta los mejores momentos de la película.
Sin embargo, hemos de admitir que la segunda mitad resulta muy inferior a la primera. Ya no tenemos el motor de la progresión profesional de Lou ni su romance con Eleanor y el relato se encalla en una sucesión de secuencias sin mucho interés. Lástima que el director no hubiera recortado minutos en esta parte, pues perjudica mucho la buena impresión que habíamos tenido hasta entonces.
Lógicamente, los minutos finales vuelven a cobrar intensidad con la enfermedad de Lou. Y de nuevo es gracias a Teresa Wright que la historia nos emociona una vez más. Su trabajo es excelente y además su papel resulta verdaderamente conmovedor. De nuevo tenemos que aclarar que estamos ante una visión sin duda idealizada de la realidad, donde los personajes principales son tan perfectos que votaríamos sin reservas para su canonización. Por ello, más que una biografía habría que enfocar la cinta casi como un cuento cargado de buenas intenciones que intenta retratar el prototipo de deportista ejemplar, dentro y fuera de los estadios.
Si somos capaces de enfocar la película desde esta perspectiva, creo que disfrutaremos sin ninguna cortapisa de un film que brilla por la sensibilidad de su guión y esos personajes entrañables y bondadosos que nos dejan una agradable sensación de fe en el género humano, aunque sepamos que no es verdad.
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