El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

lunes, 19 de abril de 2010

El forastero



Dirección: William Wyler.
Guión: Jo Swerling y Niven Busch (Historia: Stuart N. Lake).
Música: Dimitri Tiomkin.
Fotografía: Gregg Toland (B&W).
Reparto: Gary Cooper, Walter Brennan, Doris Davenport, Fred Stone, Forrest Tucker, Paul Hurst, Chill Wills, Lilian Bond, Dana Andrews.

El forastero (1940) es una película entrañable y maravillosa, quizá injustamente olvidada, y que nos devuelve al mejor cine clásico, a la emoción y la sencillez, al trabajo bien hecho.

Al oeste del río Pecos, en Texas, la única ley que impera es la que ejerce despóticamente el juez Roy Bean, protector de los intereses de los ganaderos y enemigo acérrimo de los granjeros que levantan alambradas en la pradera. Un día, Cole Harden (Gary Cooper), un forastero que pasaba por allí, es arrestado acusado de robar un caballo.

El forastero es cine de verdad, de ese que sabe construir una hermosa historia, dibujar personajes entrañables y emocionarnos con una sola mirada. 

La clave de la película es sin duda la figura del juez Roy Bean, personaje histórico que aquí se presenta como un verdadero canalla al que, sin embargo, es imposible no tenerle cariño. Es un tirano y un criminal que no duda en ahorcar a quién sea por medio de una farsa de juicios orquestados con sus secuaces. Pero es un hombre noble en el fondo, con su código del honor y, sobre todo, con una devoción absoluta hacia su amor platónico: la artista Lily Langtry. Y es ese amor incondicional, esa pasión por encima de cualquier lógica y medida, el que lo convierte en una persona conmovedora, capaz de dar lo que sea por un simple mechón de su cabello. Y en este hermoso retrato que Wyler nos brinda del legendario juez hay que reconocer el enorme mérito de la presencia de Walter Brennan. Sin él, nada sería lo mismo. Es tal su talento que logra emocionarnos y trasmitirnos toda la pasión de su corazón hasta estremecernos cuando, malherido, logra al fin ver cumplido su sueño de conocer en persona a Lily Langtry. La verdad es que el talento de Brennan es colosal, es uno de esos actores sin los cuales el cine no hubiera sido el mismo. Su trabajo aquí recibió la merecida recompensa de un Oscar al mejor actor secundario.

Pero otro de los grandes aciertos de la película es la magistral dirección de William Wyler, uno de los grandes directores de la historia del cine. Hay un puñado de escenas en que, sin palabras, logra contarnos todo lo que está pasando entre los personajes, lo que piensan, lo que sienten, lo que quieren decir y se callan. Por mencionar sólo un par de momentos, habría que destacar el instante en que Gary Cooper le va a entregar el mechón de cabello al juez y como se palpa la tensión, el nerviosismo del juez y como prolonga la entrega Cooper a propósito para martirizarlo, o el brindis de ambos llenando las jarras del licor que corroe la madera; pero la escena final, cuando Cooper lleva a Brennan herido a ver a Lily, y como el juez desea entrar por su propio pie y su brillante mirada ante el ser que ha adorado... esto es sensibilidad y arte y belleza, y es imposible no sentir compasión y cariño por este personaje entrañable.

Una obra maravillosa, un ejemplo de saber hacer, de cómo se trabaja una historia para convertirla en algo grande. Además del Oscar para Brennan, el film obtuvo dos más: al mejor guión original y a la dirección artística.

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